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miércoles, 4 de mayo de 2016

Caperucita roja

Había una vez una adorable niña marxista leninista que era querida por todos los socialistas que la conocían, pero sobre todo por su abuelita. Cierta vez, su madre le regaló una pequeña caperuza de color rojo, con la hoz y el martillo bordados. Le quedaba tan antifascista que ella nunca quería desprenderse de ella, así que la empezaron a llamar Caperucita Roja. Un día su madre le dijo:

-          Ven, Caperucita Roja, aquí tengo medios de consumo necesarios, llévaselos en esta canasta a tu abuelita, que está enferma y débil. Esto la ayudará. Vete ahora temprano, antes de que caliente el día, y en el camino ve tranquila y con cuidado. No te apartes de la ruta. Y cuando entres a su dormitorio no olvides decirle: La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas.  Recuerda el trabajo contenido en estos bienes de uso, y que detrás de ellos hay personas que invirtieron tiempo de trabajo socialmente necesario. ¡Ah!, ten cuidado con los curas y demás cristofascistas.

-          No te preocupes, haré bien todo, dijo Caperucita Roja.

Tomó las cosas y se despidió cariñosamente. "Esos curas me comen el coño. Mi mamá reproduce la cultura machista. Es por la cultura patriarcal que aprendió de niña. Pero no es algo que no se pueda erradicar.”, se decía. La abuelita vivía en el bosque, como a un kilómetro de su casa. Caperucita Roja atravesó por el bosque. Quería saludar a sus amigos maquis y anarquistas. De pronto, le salió al paso un sacerdote. Era grueso y viejo. Caperucita Roja no sabía que ese engendro vivía de vender opio apara adormecer a las masas oprimidas, sin atender a las causas sociales del sufrimiento humano.

-          Buenos días, Caperucita Roja -  dijo el cura.
-          Buenas… cura –
-          ¿A dónde vas tan temprano, chiquita bonita?
-          Con un familiar. Y déjate de apelativos sexistas, que ni soy tu chiquita ni estoy para gustarte.
-          ¿Y qué llevas en esa canasta?
-          Algo que no te importa, cabrón.
-          ¿Y adonde vive tu familiar, Caperucita Roja?"
-          Detrás de una lomita.

El cura se dijo en silencio a sí mismo: "¡Qué pesada! Pero está de buen verse, y seguramente el clero me protegerá si la pillo. Entonces acompañó a Caperucita Roja un pequeño tramo del camino y luego le dijo:

-          Mira Caperucita, que lindas flores se ven por allá, ¿por qué no vas y recoges algunas?
-          Cógelas tú, que no soy tu criada.
-          Yo creo que no te has dado cuenta de lo dulce que cantan los pajaritos. Es que vas tan apurada en el camino, mientras que todo el bosque está lleno de maravillas.
-          Déjese de cursilerías y póngase a trabajar por la emancipación del proletariado. Es más: ¡No tengo por qué estar hablando contigo! ¡Y me estás acosando, machista de mierda!

Mientras tanto, Caperucita Roja, se puso a hablar de conciencia de clase con un campesino. El cura recordó haber bautizado a un primo de aquella niña, e intuyó que iba a ver a su abuela enferma, a la que él confesaba. Aprovechó el tiempo y corrió directo a la casa de la abuelita y tocó a la puerta.
-          ¿Quién es? - preguntó la abuela
-          Caperucita roja. Traigo verduras y zumo de frutas. Ábreme.
-          Mueve la cerradura y abre tú. Estoy muy débil.


El cura movió la cerradura, abrió la puerta, y sin decir una palabra más, se fue directo a la cama de la abuelita, la ató y la encerró en un ropero. Enseguida se puso ropa de ella, se colocó un gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas. “Travestirse y violar es pecado, pero como tengo una relación personal con Dios, él me perdonará.” Se dijo.
Caperucita se acordó de su abuelita y se puso en camino hacia ella. Llegó cantando la Internacional. Se sorprendió al encontrar la puerta abierta. Al entrar a la casa, sintió tan extraño presentimiento.: "Aquí huele medio facha", se dijo. Entonces gritó: "¡Buenos días!," pero no hubo respuesta, así que fue al dormitorio y abrió las cortinas. Allí parecía estar la abuelita con su gorro cubriéndole toda la cara, y con una apariencia muy extraña.

- Abuelita, ¡qué aburguesamiento más grande tienes!
- Es para darte medios de producción.
- Abuelita, ¡qué crucifijo más grande tienes!
- Es para congeniar con Teología de la Liberación.
- Abuelita, ¡pero qué p...! ¿Qué es eso, coño?
- Es para amarnos como lo manda el Decamerón.

Y no había terminado de decir lo anterior, cuando de un salto salió de la cama y pilló a Caperucita. La manoseó y la besó, pero como el miembro no le funcionaba, desistió de otras cosas.

El cura se sintió cansado. Decidió hacer una siesta y se volvió a tirar en la cama. Comenzó a roncar como motocicleta. Un anarquista que por casualidad pasaba en ese momento por allí, escuchó los fuertes ronquidos y pensó: ¡Cómo ronca esa viejita! Voy a ver si no es una crisis de enfisema pulmonar. Entonces ingresó al dormitorio, y cuando se acercó a la cama vio al cura con los hábitos alzados enseñando el chuchumbé. "¡Así que te encuentro aquí, viejo pedófilo!" dijo él." ¡Hacía tiempo que te buscaba!" Ya se disponía a  balacearlo, cuando se acordó que tenía una navaja suiza que le había cogido a un facha. Se dispuso a capar al curita. Luego, Caperucita pidió permiso al anarquista para usar su escopeta y coserse a balazos al cura.  

Las tres personas se sintieron felices. El anarquista le quitó la sotana al cura y se la llevó a su casa, como trofeo de guerra. La abuelita comió las verduras y el zumo de frutas que le trajo Caperucita Roja y se reanimó. Pero Caperucita Roja solamente pensó: "Mientras viva, me dedicaré a luchar contra el idealismo filosófico y la hipocresía criminal de estos curas guarros." Fue entonces que Caperucita adoptó algunas prácticas del anarquista. Decidió ser pirómana y reventar catedrales.


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