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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Sueño con los jarrones


Sueño con los jarrones rompiéndose en la ola perfecta de Hokusai. Rebosantes de miel, de fuego muy quedo. Los hombres rezan en profundas lágrimas que bogan para completar la ola. Yo me angustio por no saber el rumbo de mis ideas.  Voy tras mis palabras que fueron dardos rotos en escudos de indiferencia.

Bramo y corro. Soy liebre que trina en un glacial y rompe las patas sobre la cabeza del monte Fuji. Que vomita después de haber llorado hasta la náusea un humo gris y denso, lechoso y verde al ombligo del mundo.

Me he sentado a esperar. A veces  pienso que cada ola tiene su náufrago consigo, y uno a uno se irá depositando en mi tristeza. Uno a uno, como ladrillos diminutos de la arena, irán conformando el castillo vasto de mi melancolía, que será barrido por el ala del tiempo, por su trascurrir necio.

Temo no agradar al ruiseñor que sembró las patas sobre el lomo del colibrí que se ancló a las patas en una rosa fría de mármol después del horno gemidor. Ronco como las cebras y aúllan los cenzontles en sus jaulas buscando la salida. Cenzontles con dientes afilados roen las jaulas en desesperación lunática y mueren a los pies de las hermanas. Todos lloramos su pérdida, todos lamentamos que los encajes se incendien al ritmo de mi morir lento y profundo.

¿Acaso alguien lo ignora? Alguien puede decirse, con propiedad, ignorante de la araña que todo lo trepa. Hubo una vez, debo confesarlo que estuve tendido de espaldas en la escalera de mi edificio. Nadie pasaba. Sentía el aire refrescándome. Demasiado aire fresco. Mis ojos entrecerrados. No me importaba. Si alguien pasaba… Una maceta húmeda. Un silencio eterno. No había compañía. Jamás la hubo.
Las sonrisas ocurren, a menudo, a destiempo. Uno no llega a construir el castillo de arena, se derrumba por el oleaje y mis ojos ciegos no miran el camino, ni a las personas que debieron cruzarse en él.

Caí al mundo desde una clepsidra a una dictadura de la materia que no consigo entender.

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