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viernes, 15 de noviembre de 2013

Mis sueños son mi refugio


Soñé con un espejo igual a mí mismo. En este espejo veía a un gorrión cantar en una armadura de samurái las antiguas glorias guerreras. El sueño de nuevo pretende raptarme. Me han dicho muchas personas que soy un aburrido o un maricón incorregible. Río de estas palabras. Al aburrimiento lo conozco pero a lo maricón y a lo incorregible son cosas que me parecen absurdas.

Debo confesar, ante ustedes, ante el mundo, que he amado a las personas sin mirar entre sus piernas, y sí en  lo que sienten y piensan. Ayer tuve una pequeña muerte en que me enterraban en una profunda caverna de estalactitas de corcho, en una habitación de murciélagos sordos de melancolía, de sueño y aire denso. Frío, frío en los huesos. Cobalto en las venas. Mis huesos de apio vibraban al compás del chelo. Las frondas respiraban su exhalación de helio y me adormecían con su canción de cuna. Soñé estar en el centro de la tierra, lejano a la publicidad nauseabunda, al ruido, a las alucinaciones sociales y a la contaminación del fanatismo y la religiosidad, que siempre he considerado una banalidad (no intento convencer de ello a nadie, como los religiosos intentan convencer de la tontería de la santidad) Yo me refugio en mi reino de una sola hoja. En mi único reino legítimo de mi cuerpo y mi mente para armonizar un concierto para una sola voz y un solo espectador. Ayer en la noche, en la soledad del cielo rasgado, de las montañas vívidas en su esplendor negruzco azulado, respiré todo el cielo en una bocanada. Todavía tengo en mis labios ese sabor de pureza que me asfixia al recordarlo.

Mis sueños son mi refugio. Anoche soñé que estaba entre niños de lenguaje adulto. Sentado a la derecha del poeta estaba un niño chino que hablaba un perfecto español. Era pequeño como un pedazo de pan, de piel traslúcida y amarillenta, de gran belleza. Supe que era un pequeño Buda filósofo que reclinaba su cabeza sobre mí. No paré de soñar con vericuetos creados por mi propia memoria, de colegios pequeños donde asistían muchachos invisibles a la mirada.

Ahora yo soy invisible a las miradas. Ansiaba este lecho de muerte arcaica en que sus palabras y su odio no pueden tocarme. Soy un pajarito que pía igual que el tío muerto del poeta. Y pío junto a mis cenizas. Las cenizas me abrazan y pulen mis huesos con su saliva reseca. ¿Estaré presentable para cuando la tierra me reclame?

Hoy, en la batalla de las Termópilas, todos se fueron contra mí y tuve que resistir el embate de muchos necios que no se atreven a atacar uno por uno. Me aventaron dardos de muchas categorías, guijarros insignificantes indignos de ser tomados en cuenta frente al edificio de la razón y la duda humana. Ellos no tienen dudas acerca de sus posturas. Yo sí. Por eso batallé contra la muchedumbre necia, yo y mi Amazona de aljabas de oro. Amazona de luces mil vestida que deseaba como único tesoro una vida lejos de la vanidad humana. Era tal la confusión que las propias flechas de los bárbaros rompían contra ellos mismos. Blasfemaban los versos de sus profetas. Esos escritores en los que nunca confie pero los suponen depositarios de una palabra de Dios.

Con la fe bastarda y el crimen beatificado iban las criaturas insultando el espíritu humano. No me vencieron por la fuerza de sus argumentos, sino por que no puedo contender contra la infinita estupidez humana y la sinrazón que es un mar incluso para mi insaciable sed de evaporarla. Me retiro como una tortuga se retira al desierto. A meditar dentro de la tierra fría. Ahí me verán, con mis ojitos cerrados, soñar que voy labio a labio con la muerte.

Sin embargo, es tan noble la música. Ella todo lo sana, todo lo abraza, aún más que la lluvia. Llueve sobre los hombres. Llueve sobre mí su llanto interminable de acelgas y conejos blandos, de sapos croando, de niños llorando en fotos muy viejas.

Sé que libros excelentes deben estar apolillándose en las estanterías mientras toda la mediocridad del mundo es un mar de langostas que devoran mis esperanzas. Soy el chico negro de un film añejo que intenta espantar las ráfagas de insectos y termina fulminado. Casi siento los buitres posados sobre mi hombro derecho. Me musitan algunas palabras burlonas.

Quiero que todo esto termine y pueda reposar en la muerte robada  a un réquiem.

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