Follow by Email

Google+ Followers

miércoles, 2 de octubre de 2013

Las 120 miradas

En estos día en que el absurdo es tan cotidiano, el sueño tan atronador, las carnes tan deshechas en sí mismas, las bibliotecas en la humedad de polillas roen como un conejo al mundo de las ideas. 

Yo soy una marioneta muy graciosa en uno de los pasillos de la sangre y el crimen. En un panfleto revolucionario que está en contra de las privatizaciones inscribo mi lengua para nutrir con los gérmenes de mi locura a una gaviota infame de alas mochas, síntoma de la campamocha rodada al dando el dado de las dos dentritas.

Rojo al amanecer, con mis muslos reventados por los látigos de los patinetos sonámbulos, muchachos al son de la marimba. Cruasanes en un abrir y cerrar de los aceites nítidos. Hambruna en la cárcel. Perro mugriento y azul al fondo de un desfiladero rocoso. Un cardúmen atorado en el ojo de una aguja.

Cuando los indios me molestan con sus pichas filosas, cuando me clavaban sus ariscas uñas en la greña turbada, rompo a llorar como un mendigo roto en la avenida tambaleante. Cállense todos los monigotes. Abran paso a las marmotas y a los cerros desgajándose. Si lo que quieren es cuajar en el cielo atiborrado y barroco, les sugiero disparar contra los remolinos de langostas y chupar sus jugos gástricos para santiguar la vena sagrada de Cristo en incesto con la Virgen. Y Dios con morbo mira el asunto. Seguramente Satanás hará un coro en el mismo infierno con las sandungas y los bailarines calvos de mi juventud. 

Soy un desquiciado al que le gusta lamer las patas del conejo. Soy el padre de las vírgenes vendidas en las esquinas de la roca madre, de la piedra enorme y pulida, rozada por el aceite de las valerianas nauseabundas que inducen al sueño y al tambaleo. Chupetones de rata en la boquita.

Mi niño, aquí está tu lechita de roedor y el cuerpecito de Cristo. Se buen niño y mete la hostia en tu culito. Me decían las monjas mientras me recostaba entre los andenes y robaba el pan a los niños mendigos. ¡Ratas, ratas! Lúbricas medusas que no tienen fin. Yo he visto sus caireles monótonos danzar eternamente sobre las olas rancias de mi propio pulso. 

Las monjas eran mujeres muy cálidas. Creo que no eran monjas: en mi imaginación poética las disfrazo de rameras de Cristo. Eran las hermanas del Kindergarten. Una me arrastró por el patio alguna vez. Es un recuerdo mocho, taciturno. Pulverizando mis enfermos intestinos en una tos al cielo non grata, fablé lenguas de non fiada procedencia. Albaricoques de suave tacto... Sí. Los pedernales sosegaban mi pudor.

Un día las monjas me colocaron castigado enmedio del hospicio por haberme orinado. Me tuvieron desnudo entre las camas de los niños. Ellos reían cada uno con un demonio de peluche. La Castra Diva me pintó con parsimonia. Desfilé en ridículo festín sobre el galgo esponjoso haciendo acrobacias más propias de un caballo sobre una res hinchada y hedionda. Moscas rompieron a volar, tremendas, sobre mi tímpano: escozor podrido. Me flagelaban las miradas. Yo lo disfrutaba. 

El señorito sadismo, Ralph, un niño de una novela que leí en mi adolescencia tendió una red de dientes de piraña sobre mí. Un espejo se quebró en alguna de las salas. Llovía en cla calle. Vi un cuadro impresionista de una madre con su hija. Recuerdo a un caballo: el Juez que castigaría mi sinvergüenza y mi modestia cabrona. El señorito palpó mis muslos y cató mis labios. Cerré los ojos con esfuerzo inútil ante el brillar de un sol imberbe y poroso, una cascada turbia de lenguas de fogata. Dijo que no me venderían como esclavo, que no estaba listo para la faena. Los niños hicieron una ronda. Movian sus cabezas infernales de un lado a otro mientras danzaban una fuga macabra. Poco a poco se iban desprendiendo de agujas, trozos de terciopelo, dinosaurios extraños, polillas muertas y saltamontes incompletos. Todo esto iba formando una pequeña montaña en torno a mí. Oía sus risas atronadoras, sus guijarros lanzados a fuerza de resorterazos, sus balidos de idiotas romper la bóveda de mármol y los oropeles fatuos de la imaginación perversa. 

El cineasta, a todo esto, dirigía a la gran masa como el capitalista dirige a los obreros: a fuerza de mentiras y escoria intelectual. Todos los muchachos estaban drogados y obedecían ciegamente el guión. Yo lo supe hasta que el director interrumpió esta obscena grabación con su típico ¡Corte! Mas pareció salir de sus manos aquella orgia.

Todos los niños ahora me llevaban en andas a comulgar con el becerro de oro de las parafernalias. Me montaron sobre el ídolo y me dieron vítores. Babeaba como un César ante un manjar de glorias. El señorito sadismo ordeno a los muchachos: "Hay que dividirnos sus ropas. El que llegue primero a la boca del infierno gana. El último es vieja" Todos llegaron a la boca del infierno, a la boca del capitalismo, donde me ofertaron ante las medusas y los cíclopes. 

El señorito tuvo algunas delicadezas conmigo. Me dijo: "Mañana vendrá la abuela de Eréndira para enseñarte los gajes del oficio". No entendí. Entonces vinieron las monjitas. Curaron mis llagas, me bañaron el leche de burra y llenaron mi cama con mirtos y cempasúchiles. Me levantaron las cinco, dos de las manos, dos de los pies, una de la cintura. Me hice el dormido. Ralph me untó un ungüento de alcanfores por todo el cuerpo, disfrutando de todo el acto, castigándome dulcemente con sus besos ahogados de formol sobre las antiguas cicatrices. Absorbí las sustancias analgésicas. Me llevaron arrastrando por un piso cubierto de rosas, como el cadáver de Ofelia en el río. 

Iba como un Narciso deformado por la amargura, riendo con los labios y con los ojos muertos. Cada niño me daba una palmada en la espalda o en los muslos. Algunos me rasguñaban el escroto con ternura infinita. Yo no lloraba, pues soy muy hombrecito. Sólo derramaba, muy de vez en cuando, una lágrima de dicha. 

Las mareas me causan cierto agotamiento. Cuando sumergo las piernas en la arena mojada siento que me tragarán las ninfas para abusarme y regarme con su leche ácida para dejarme ciego. Giro en el pasto para olvidarlo todo, como el la guardería giraba para sentir el sol y el pasto acariciante. Lo arrancaba en la palma de la mano y lo olisqueaba. 

No sé que haré cuando el mercado reclame mi carne mallugada. Yo estaba sólo con mi lanza ante un tropel impío que decía llamarse tiempo de la vida. Estoy muy cansado y quiero dormir.

"Ya descansarás cuando te mueras" Me decía la madre superiora. Yo asentí esbozando una sonrisa.

 ¡Bruto animal, bruto animal, pedazo de suadero masticado por un tropel de putas! Decía la Locura en el jardín cambiando manzanas por huesos de durazno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario