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lunes, 28 de octubre de 2013

La vampiresa

La vampiresa, primer avance

La obra se trata de un niño que vive hasta su adolescencia en un orfanato administrado por monjas. En el orfanato hay una madre superiora que es una mujer vampiro encubierta (hasta donde hemos avanzado) La madre, en complicidad con las otras hermanas, abusa emocionalmente de los niños que tiene a su tutela. Esta mujer es muy rica y sólo tiene el orfanato para deducir impuestos y de paso tener niños a los cuales utilizar para sus fines. Los niños suelen hacer los quehaceres bajo la supervisión de las madres. Estas viven una vida de privilegios, son como las damas de compañía de la madre superiora, dispuestas a obedecer en todo.

Las madres arman un coro de niños. En este coro se destaca en especial uno (pueden sugerir un nombre) La madre superiora, que hasta ese momento no hacía sino salir por las noches a buscar sangre, se enamora de este muchacho, y desde ese día lo sigue y lo espía. Una mañana, después de los ensayos de coro, la madre le pide que vaya con él a la dirección, una especie de casa dentro del orfanato. Ella le dice que si no se quiere bañar, que le caería bien. Él pasa a la bañera. Se le ve muy tranquilo. La monja se transforma en murciélago y entra por la ventana del baño. Se vuelve a transformar en mujer. A todo esto el niño entra en un estado de shock. Ella lo tranquiliza diciendo que es algo normal, que ella le tiene mucho cariño. Acto seguido lo toma de la cabeza y le empieza a platicar. El niño está muy asustado y se tapa. Pero ella le quita las manos y le dice que no tiene por qué ocultar su belleza. Es entonces que lo besa y lo empieza a tocar. Le dice que lo quiere mucho...

El niño, a todo esto, tiene reacciones contradictorias. Por un lado odia que le hagan eso, pero por otro siente remordimientos. La madres son las únicas madres (valga la redundancia) que ha conocido. Esta situación dura algún tiempo. No es sino hasta que un día el niño, en la casa de la madre superiora, cuando esta dormía una siesta, agotada de sus aventuras sexuales, toma unas llaves de la pared y abre la puerta de la calle. Al principio no se atreve a salir. Sólo mira el mundo y se da cuenta que la realidad del orfanato no es la totalidad. Deja las llaves en su sitio y se pone a reflexionar acerca de lo que hay allá afuera. Es entonces cuando, después de una noche en que la monja se excitó demasiado y le lastimó el cuello, que decide aventurarse al mundo de afuera.

Sale, en efecto, y vive allí hasta entrado los 24 años. Pero el mundo de afuera le trata igualmente con crudeza. Le ofrecen trabajar en un cabaret gay. Él acepta y no le queda de otra que cantar con una pequeña guitarra y un short como única ropa. En el bar no falta quien lo quiera invitar a salir, pero él siempre los rechaza. Una vez acepta. Esta experiencia lo orillará a vivir algunos encuentros con diversas personas. No lo llenarán. Lo dejarán más vacío. Es entonces cuando piensa regresar con la monja para "vengar" los males que esta le hizo. En el fondo de su ser no busca sino restablecer la relación con la monja, que es de dependencia.

Cuando la monja le ve, después de algún tiempo de no mirarlo, siente de nuevo deseos por él. Hay que agregar que la monja no abusó de ningún otro niño, pues, al igual que el muchacho, ninguno otro le satisfacía. El encuentro fue algo muy perturbador para los dos. La monja le preguntó acerca de su vida y le reprochó: "¿Cómo pudiste abandonarme? Te quería tanto, eran mi nene, mi niño bonito. No te hacía falta nada" A estos reproches él da sus argumentos. Es entonces cuando ella pregunta qué lo hizo regresar. Él dice que al principio pensó que era la pura nostalgia, pero que después sintió deseos de consumar su venganza (Una venganza muy extraña, con tintes "amorosos") Es cuando, ya en pleno uso de su fuerza de hombre, somete a la monja y la abusa sexualmente.
Son algunas ideas que se tienen por el momento y que habría que desarrollar más detenidamente y compaginar con otras para armar la historia. Nada aquí es definitivo. Pueden hacer sus sugerencias sobre el tema.

Algunas otras sugerencias son: El niño tiene ciertos monólogos. En estos se escucha música religiosa de fondo cantada por algún niño. Para la monja, debido a que es un personaje oscuro, sugiero acompañarla con música de órgano, quizá alguna pieza de Bach con tintes oscuros. Y a los demás niños podemos tomarlos como un conjunto aparte.

II

Este es un fragmento del poema que leí la vez pasada y del cual pueden extraerse algunas ideas. En principio tiene diferencias con el concepto anterior, ya que este es más nuevo. En este poema la madre superiora permite y disfruta que los otros chicos lo maltraten y abusen. Luego se discutirá si es conveniente incluir los niños sádicos:

Las monjas eran mujeres muy cálidas. En mi imaginación poética las disfrazo de rameras de Cristo. Eran las hermanas. Una me arrastró por el patio alguna vez. Es un recuerdo mocho, taciturno.

Un día las monjas me colocaron castigado en medio del hospicio por haberme orinado. Me tuvieron desnudo entre las camas de los niños. Ellos reían cada uno con un demonio de peluche. La Madre superiora me pintó con parsimonia. Desfilé en ridículo festín sobre el galgo esponjoso haciendo acrobacias más propias de un caballo sobre una res hinchada y hedionda. Moscas rompieron a volar, tremendas, sobre mi tímpano: escozor podrido. Me flagelaban las miradas. Yo lo disfrutaba.

El señorito sadismo, Ralph, un niño de una novela que leí en mi adolescencia tendió una red de dientes de piraña sobre mí. Un espejo se quebró en alguna de las salas. Llovía en la calle. Vi un cuadro impresionista de una madre con su hija. El señorito palpó mis muslos y cató mis labios. Cerré los ojos con esfuerzo inútil ante el brillar de un sol imberbe y poroso, una cascada turbia de lenguas de fogata. Dijo que no me venderían como esclavo, que no estaba listo para la faena. Los niños hicieron una ronda. Movían sus cabezas infernales de un lado a otro mientras danzaban una fuga macabra. Poco a poco se iban desprendiendo de agujas, trozos de terciopelo, dinosaurios extraños, polillas muertas y saltamontes incompletos. Todo esto iba formando una pequeña montaña en torno a mí. Oía sus risas atronadoras, sus burlas lanzadas a fuerza de resorterazos, sus balidos de idiotas romper la bóveda de mármol y los oropeles fatuos de las habitaciones.

Todos los niños ahora me llevaban en andas a comulgar con el becerro de oro. Me montaron sobre el ídolo y me dieron vítores. Babeaba como un César ante un manjar de glorias. El señorito sadismo ordeno a los muchachos: "Hay que dividirnos sus ropas. El que llegue primero a la boca del infierno gana. El último es vieja" Todos llegaron a la boca del infierno, a la boca del capitalismo, donde me ofertaron ante las medusas y los cíclopes.

El señorito tuvo algunas delicadezas conmigo. Me dijo: "Mañana vendrá la abuela de Eréndira para enseñarte los gajes del oficio". No entendí. Entonces vinieron las monjitas. Curaron mis llagas, me bañaron en leche de burra y llenaron mi cama con mirtos y cempasúchiles. Me levantaron las cinco, dos de las manos, dos de los pies, una de la cintura. Me hice el dormido. Ralph me untó un ungüento de alcanfores por todo el cuerpo, disfrutando de todo el acto, castigándome dulcemente con sus besos ahogados de formol sobre las antiguas cicatrices. Absorbí las sustancias analgésicas. Me llevaron arrastrando por un piso cubierto de rosas, como el cadáver de Ofelia en el río.

Iba como un Narciso deformado por la amargura, riendo con los labios y con los ojos muertos. Cada niño me daba una palmada en la espalda o en los muslos. Algunos me rasguñaban el escroto con ternura infinita. Yo no lloraba, pues soy muy hombrecito. Sólo derramaba, muy de vez en cuando, una lágrima de dicha.

Las mareas me causan cierto agotamiento. Cuando sumerjo las piernas en la arena mojada siento que me tragarán las ninfas para abusarme y regarme con su leche ácida para dejarme ciego. Giro en el pasto para olvidarlo todo, como en la guardería giraba para sentir el sol y el pasto acariciante. Lo arrancaba en la palma de la mano y lo olisqueaba.

Segundo avance de la historia

Este es otro anticipo de la historia de la vampiresa. Hace falta perfeccionar. Son algunas ideas que deben desarrollarse para dar cuerpo a la obra. Algunas proceden de mi experiencia personal y otras son meramente literarias. Les sugiero que hagan aportes, críticas, observaciones, aclaraciones…

Una noche de invierno, mientras cantaba el Salve Regina de Pergolesi en el coro del orfanato, noté ciertas extrañas miradas de la madre superiora. Yo era el primero del coro y supuse que ello se debía a que había fallado alguna nota o algo fuera de lugar había ocurrido. No le tomé mucha importancia por el momento. Cuando bajé del altar junto con los demás niños, supe que algo no andaba bien. La madre superiora parecía algo perturbada, como yo cuando me quedo ensayando hasta tarde los motetes que se han de presentar en la misas de importancia. Eran las únicas ocasiones en que venía gente de fuera a vernos. Nuestro único contacto con el exterior. A mí me halagaban mucho y estaba contento de ello. Yo, en ese tiempo solía ser muy devoto de Jesucristo; le encomendaba de corazón toda la inocencia de mi voz, todo mi ser iba tras él como un lucero va a ras del cielo. Yo no entendía qué mortificaba tanto a la madre superiora. Por el momento.

Extraño aquellos días en que solía jugar con mis compañeros en el orfanato. Desde luego, no todos eran mis amigos. Había uno entre ellos, Ralph, un muchacho rebelde que tuvo serios conflictos con las monjas, que no me agradaba en absoluto. A veces sí. Creo que si hubiese conocido las desgracias que acarrearía mi falta de carácter, mi apariencia dócil y, según las palabras de algunos, mi hermosura, que yo no la escogí si es tal, nada de esto habría ocurrido. Preferiría ser un animal. He rogado largamente al Señor que me convierta en un árbol, para no sentir más esta opresión de me va desgranando por dentro, esta infamia que corre por mis venas y se derrama como un líquido grasiento y vergonzante, como si contara a todos mis secretos, como si contara que, a pesar de todo, yo disfrutaba ese horror.

Yo era muy niño cuando ingresé al orfanato. Creo que mi mamá se llamaba Dolores o algo así. Era una actriz de cine. Dicen que murió de una sobredosis. No sé qué creer. Me contaron que cuando me llevaron con la tía Aurora, esta no me quiso recibir porque tenía muchas bocas que alimentar, y era su segundo matrimonio, y quería llevarlo a buen término. Fue así como me llevaron con mi abuela. Apenas la recuerdo. Era una viejita toda arrugada que me quería mucho. A veces deliraba cosas: contaba que Pedro Infante se metía a los cuadros, que la vecina de enfrente, ya fallecida, se le aparecía entre sueños. Comprendo que era su única y mejor amiga. Desde entonces quedó muy sola y aferrada a ese recuerdo. Me acuerdo bien el día de su muerte. Fue una semana después de que nuestros periquitos australianos murieran. Primero se murió la hembra, que era la amarilla. El macho murió casi al día siguiente. La abuela, a la que ya le fallaba la memoria, había olvidado meterlos dentro de la casa. Esa noche había lloviznado. No sé, pero cuando esos animalitos murieron, algo se heló dentro de la abuela.

Teníamos un piano viejo en casa. Allí aprendí, a los tres años, a tocar de oído algunas piezas de Cri-Cri, claro que tanteándole al teclado. A las coristas de las canciones yo las imaginaba como mi tía Ana. Tenían voces similares a cuando ella cantaba. Fue a los Estados Unidos a buscar fortuna. Solía escribirnos. Cuando escuchaba la canción del ropero inmediatamente me situaba en el cuarto de la abuela. Era pequeño pero confortable. Solía dormir con ella. Los dos nos quedábamos dormidos mientras ella miraba la tele en uno de esos canales de noticias. Son unos de mis pocos recuerdos de ella. Yo pensaba que su periódico era un cuento, y se lo pasaba a su sillón en donde estaba su lupa de mesa. Solamente así lo leía bien. Recuerdo que el día de mi cumpleaños, del único que me acuerdo haber celebrado, me dio un gato de cuerda con un tambor. Era yo muy feliz. También es cierto que una vez me regañó por no comerme las limas e ir a tirarlas a la maceta; pero eso no fue culpa mía: estaban muy agrias.

La abuela murió mientras escuchaba unos boleros  de su época. Yo no lo advertí enseguida. A veces se quedaba mucho tiempo dormida. Solía pasar cuando se quedaba de noche a tejer mantitas y yo soñaba. A mí me gustaba jugar con los hilos. Sus preferidas eran las de Nochebuenas. También las mías. A veces, en sueños, la veo en la sala la que la vi por última vez de pie. Ella me da consejos, me dice que me porte bien. Yo la abrazo y le digo que sí, que seré un buen chico. Siento que las monjas me obligaron a traicionar mi promesa, que me ensuciaron de lodo y no estaré presentable a la abuela. De noche sueño que vuelo, muy lejos del orfanato, hasta el techo del cielo, donde no se puede elevar uno más. Me quedo como atorado en el firmamento. Me daría pena que mi abuela supiese todo lo que he hecho. Ojalá algún día pueda perdonarme.

A los tres días de muerta mi abuela, como yo lloraba mucho en el patio, los vecinos acudieron. Todos decían: pobre niño. ¿Qué va a ser de su vida ahora que se quedó sin familia? “No podemos adoptarlo, ya está algo grandecito” decían unos. “Hay que notificar a las autoridades, decían otros” Fue así como a los tres días de muerta la abuela, llegó una trabajadora social a colocarme en una casa hogar. Recabó mis datos, o al menos eso aparentaba, y me trajo, así, sin más, al orfanato del que no volví a salir hasta entrados los quince años. Allí me educaron las monjas. Eran muy estrictas y nos paraban a las siete de la mañana a la misa. Yo, para no estar sentado allí, aburriéndome, decidí que tenía que entrar al coro. Ellos estaban más privilegiados y no los regañaban por no hincarse, no persignarse y esas cosas. Permanecíamos en el altar mayor, junto al órgano, esperando que una de las madres nos indicara los compases. Yo canté el Ave María, Oremus pontefice nostro, algunos credos y padres nuestros. Amaba las arias barrocas, era cuando me lucía y era el único momento en que sentía que todos me respetaban, incluso las madres, que eran tan celosas de su vanidad. En la capilla era un ser privilegiado por sobre los otros.

Afuera, por las muchas envidias que me tenían, era vejado e insultado. Alguna vez me dijeron que era una marica, que cantaba como puto. Un día un niño me dijo que como parecía niña, debía de chuparla bien rico. Yo me enojé y le dije que era un tonto. Me empujó. Caí sobre una banca y me raspé el codo. Grité. La monja, que nos estaba leyendo un poema de Catulo que nos hacía repetir insistentemente: “Amabo, mea dulcis Hipsitila, mea deliciaes…” me sacó de la clase y me dijo que no anduviera dando el mal ejemplo. Yo me fui a llorar al patio junto a la estatua de Sor Juana, la única monja que admiré a lo largo de mi vida. Ella no era una cabrona, tampoco Sor Mercedes, era la única que no les seguía el juego a las demás. Esa estatua era mi única confidente. Un día le canté un aria de amor, de aquellas de los compositores antiguos. Noté ciertas risitas en la ventana de las recámaras de los niños. Uno me señalaba mientras otros más reían. Uno se puso de espaldas y fingió estar besándose con alguien. No terminé mi aria y me fui afuera de la dirección, donde los niños no solían ir si no los llamaban. Allí me dejarían en paz. Grave error.

La Madre Superiora, que parecía estar en todo, me dijo que no les hiciera caso a esos niños, que yo era un chico muy listo y muy hermoso, que ellos eran unos recogidos. Me invitó a entrar a su apartado, al que hasta ese día no había mirado por dentro. Estaba a un lado del orfanato. Recuerdo que tenía un sillón rojo en el pasillo. No lo ocupaba. Parecía estar predestinado para alguien que no había llegado. Me senté en la sala. Me dijo que me metiera a bañar: “Si las heridas no se lavan, se infectan” me dijo al tiempo que me estiraba una toalla verde. Yo fui a la tina. Nunca me había usado una. Le pregunté que cómo se bañaba uno allí y me dijo que abriera la llave, como en la regadera, y cuando estuviera llena, me metiera. Cuando la madre superiora salió, puse seguro a la puerta, me desvestí e hice lo indicado. Una vez estuve sumergido hasta el cuello, me entró cierta somnolencia y cabecee un poco. De pronto sentí cono si mi campo de visión fuese un espejo que ondulaba y hacía un ruido como de crujir de madera. Me sentí algo mareado. Me sentí desorientado. Empecé a ver extraños colores, como rombos rojizos y figuras como de caleidoscopio. En ese momento no supe si se trataba de un sueño, pero escuché claramente el batir de unas alas en la ventanilla. Sentí como si la ventanilla se cimbrara bajo un sismo. De pronto, sin aviso, la Madre Superiora estaba frente a mí. Yo me quedé como congelado. Abrí muy grandes los ojos y me ruboricé. Me tape con las manos. Ella parecía divertirse con todo ello. No comprendí que estaba sucediendo. Ella se acercó a mí. Se sentó al borde de la bañera y empezó a acariciarme el vientre. Yo le dije que me pasara la toalla, que me daba pena, pero ella parecía no escucharme. Dijo que era un “chico especial” que todo ello lo hacía para demostrarme su amor. Yo sentí que me iba a otro sitio. Sentí que me zumbaba la cabeza. Mi ser se negó a seguir escuchando. Era como si ello fuese parte de una de esas películas que luego ponían las madres a escondidas, cuando creían que nosotros estábamos dormidos, como Saló o los 120 días de Sodoma, Las mil y una noches y el Decamerón.
La monja me tocaba ahora, su mano era como una araña que iba y se iba, como en un oleaje que iba creciendo con la marea. De pronto tuvo mis partes en sus manos. Allí se detuvo como se detiene una serpiente a observar la presa. Se hizo un silencio eterno, como el que hay tras los réquiems. Yo empecé a temblar y a chocar los dientes. Ya no trataba de impedir nada. La monja me sacó de la bañera. Caí como un Cristo muerto en los brazos de la Piedad. Comenzó a besarme el rostro, los labios, el vientre, los muslos, como intentando revivirme. “La patita, con canasta y con rebozo de bolita”, cantaba en mi imaginación, como ahuyentando interminables moscas ante el cadáver: yo. Como un niño campesino pretende ahuyentar a las langostas que devoran su cosecha y termina derrotado, caí dentro de mí en una serie de espejos que veía romperse monótonamente. Lloré sin gemidos, sin abrir los ojos. Lágrimas saladas en mi boca. Iban los labios de la monja a recogerlas. Me llevó a su dormitorio y allí jugó conmigo. Me vestía de muñeco, me volteaba y me revisaba. Cuando yo estaba ante ella me decía: muy bien, muy bien. Ya entrada la noche, me besó con más fuerza que de costumbre, pero se contuvo, como si temiese algo.

Esa noche no fui a dormir con los chicos. Ella me tuvo en su cama, abrazado por la espalda, muy fuerte, aprisionándome, como una boa que está por devorar la presa. Me decía que si me gustaba. Yo sabía, por el tono de su voz, que si decía que no, algo grave pasaría. Le dije que más o menos. Me sentía tan desamparado. Cerraba los ojos y dentro de mi mente llamaba a la abuela: “Ven por mí, llévame contigo.” Abría los ojos y allí estaba la fría pared y una mano helada que me acariciaba el cabello. La Madre me dijo que como me estaba portando bien y no me quejaba, que me daría un pedazo de pastel de chocolate, de ese que me gustaba. Di un triste “Si” por respuesta. “No rechaces mi amor, me decía” “Lo que hacemos está bien ante los ojos de Dios” “Tu cuerpo es para que lo disfrutes.  Yo te estoy enseñando.”

Otra tarde, en que estaba solo en clase, durmiendo encima del escritorio, la Madre Superiora pidió a las monjas que se oficiara la misa de cuerpo presente de Don Alberto en el patio rojo. Ese patio de “los calderos”, como lo llamaban los chicos. Se decía que las monjas eran brujas y que conocían mucho de sustancias, tal vez un chisme creado por las mismas para dominarnos con el terror.

Recuerdo que en una de mis pesadillas soñé que estaba en el laboratorio obteniendo una solución de ácido sulfúrico diluido, no sé con qué fin. Llovía mucho. El techo se hinchó como si fuese de aserrín mojado. Se empezó a desmoronar. Se abrió una ventana al cielo. La madre superiora se acercó para regañarme. Pero yo escapé por el orificio y me di a volar al cielo, donde supuestamente podría reclamarle a Dios los malos tratos. Mas mientras volaba, noté que me agotaba demasiado pronto y que lo remontado era poco. Poco a poco comencé a descender como un globo que se queda sin gas. La monja se reía de mi intento, me mostraba sus colmillos y me hacía señas. La monja dio un gran salto. Caía de nuevo en el patio. Maldije mi suerte. Cuando soñaba con todo esto, no paraba de sollozar. Cuando desperté me di cuenta que había estado llorando todo el sueño. Había dejado prendida mi radio en un concierto extraño, inarmónico. Me fui  encerrar al baño y tuve la cabeza contra la pared por espacio de media hora. Un niño me interrumpió gritando desde afuera: ¿Por qué no sales? Lo oí como en un sueño alcohólico. Tardé en comprender. Salí del baño. Me miró de reojo, con sospecha.

Desde lo sucedido tenía constantes pesadillas. A veces veía a la monja recostada en mi cama. Yo quería dormir, mas ella ocupaba mi sitio. Me acostaba en el rincón. Escuchaba a Cristo reírse de mí. Otras, soñaba que los niños estaban cubiertos por un velo. Yo sabía que alguno de ellos era la monja.

Al escapar del orfanato tuve intentos de noviazgo con algunas chicas, si es que se le puede llamar de ese modo. Una vez, en la biblioteca del CCH, cercana al Club donde trabajaba, conocí a una chica: Vanesa. Era rubia, de ojos verdes. Al principio fui muy tímido. Le di una carta breve que remataba con unos versos muy cursis. Me eché a correr a todo lo que daba. Volteó de un lado a otro, desorientada “Espera, espera”, me dijo cuándo me vio correr hacia la salida. También reía. Su amiga estaba sorprendida igualmente. La regañó el bibliotecario con algo que no alcancé a escuchar. Nunca le hablé. Nos mirábamos. Algunas veces ella estaba  muy seria y otras me veía riendo desde la distancia. Nunca pude hacer nada con ella. Me aterraban las mujeres.

En otra ocasión conocí a una muchacha llamada Tania. Ella fue la que me invitó a salir. Yo le dije que estaba feo. “Para nada, me contestó” Tuve dificultades para relacionarme con ella, pero, al final, creí entregarle mi confianza. Nunca le di un beso. Un día ella me dijo que me quería. Yo me quedé con los ojos fijos en la pared blanca, sin contestar. La última vez que estuvimos juntos fue cuando me llevó a su apartamento. Empecé a acariciarla, nunca lo había hecho. Puse mi mano en su entrepierna. Una noche helada rompió encima de mí su llanto delirante, sus coágulos de nieve hirviente. Empecé a temblar y no controlaba mi lengua. Me dio una fiebre de terror. Quite mi mano como de una tiza. Ella me dijo ¿Qué te pasa? con tal tranquilidad que me asustó más. No contesté y temblé en la cama, enredándome en las cobijas, hasta que me quedé dormido... Desperté en la madrugada. La vi en el sillón. Yo, sin hacer ruido, me escabullí de su apartamento sin siquiera despedirme.

Nada me satisfacía. Cada que eyaculaba sentía que me disipaba y no alcanzaba lo prometido por las fiebres. Sentí que ese deseo era sádico en sí mismo. A pesar de lo terrible de la madre, sólo ella pudo hacerme gozar por momentos. En algunos momentos me convencía que ese pudor que sentía cuando me veía y tocaba era en realidad bueno y placentero. Me abría, por así decirlo, las puertas del placer. A lo más que llegó fue a felarme detrás del escritorio. Decía que me haría el amor.

Cuando la vampira me poseía, solía contarme chistes y hacerme cosquillas, como para disipar mi nerviosismo. A veces sí me reía y se me olvidaba todo por un instante. Otras, me hacía preguntas escabrosas ¿De quién es este burrito que no ha comido hierba en la casa de la buena mesa? Otras, simplemente, ponía música y me arrullaba en sus brazos. Siempre supo anticipar mis estados de ánimo para divertirse a mi costa. A veces yo mismo la buscaba. Era tal su talento de manipulación, que luego iba yo solo a que me entretuviera.

El internado era más o menos grande. Un muro exterior lo apartaba. Era una pequeña ciudad prohibida donde la majestad absoluta era la Madre. No había nadie que nos pudiese auxiliar Las monjas tenían todo controlado como un gueto, la prisión de las infancias. La salida constaba de una gran puerta de hierro con dos enormes candados. ¿Qué podría haber hecho ante la mujer vampiro, Papisa de sangre?

También toleré y algunas veces busqué los abusos para tratar de averiguar su vida a través de los documentos de su oficina. Fue allí que me enteré de su alianza con el régimen y sus inversiones en compañías que apenas pagaban impuestos. Amasaba una enorme fortuna, al grado de que había ayudado a alcaldes, senadores y hasta a un gobernador del Estado de México a cambio de favores.

Un día, cuando había hecho tomar a la monja unos tequilas y me le había ofrecido voluntariamente para  hacer que me contara la verdad, esta me mordió en el cuello. Luego se disculpó, y borracha, me contó que descendía del Conde Drácula. Cómo no lo sospeché, si era una rumana sanguinaria. Me confesó que su abuelo Sergei intentó violarla. En la lucha, ella lo rasguñó, y, él, en venganza, la mordió en la mano. Me dijo que ella era vampiresa desde entonces, que sentía una identificación conmigo, pues ella había sido una niña muy sola. Su padre rara vez la veía y su madre se iba de juerga con cuanto hombre conocía. Un día encontró a su madre con un hombre en su cuarto. Ella vio la escena y fue a contarle a su padre. Este, en un arranque de ira, se despachó al amante y sacó, a punta de golpes, a su esposa a la calle. Ella lloraba debajo de la mesa mientras decía: “Por favor, papá, no le pegues”. Me dijo que ella no quiso cometer el error de su madre: el de casarse con un hombre déspota. Que por eso yo era su favorito, que era tan tierno. Supe que tuvo alguna correspondencia con Marcial Maciel, pero no sé sobre el contenido de las mismas.

Los personajes están ante un jurado de lo penal y dan sus declaraciones

La vampiresa Adela Stefania

Yo soy  una persona muy trabajadora. Desde chica me ha gustado invertir en bienes raíces, tomar empresas en quiebra y hacerlas crecer. Mi papá era un noble rumano, latifundista. Estaba en contra de los bolcheviques. Gracias a él y a otros patriotas mi país se libró del comunismo. Él me quería ver a su semejanza: una persona de éxito. Vine a México con mi tío Nicolae porque aquí había grandes oportunidades para los emprendedores. Mi padre vendió algunas de sus tierras para que pudiese comenzar con mis negocios. Tenía gran visión empresarial. Me enseñó que la riqueza no tiene nada de malo, que es un bien que hay que apreciar en su justo valor. Sólo los mediocres se quejan del sistema. Todavía que se les da trabajo alegan que somos injustos. Si no es por nosotros, los inversionistas, no se crearían empleos. Por otra parte, los niños de mi fundación, en su mayoría, no fueron agradecidos conmigo.

Siempre fui muy entregada a mi sociedad muy devota de mis principios cristianos. Me dediqué a invertir en industrias panaderas. Me dediqué a apoyar fundaciones humanitarias como Los Legionarios de Cristo y, últimamente, el Teletón.

Yo tengo la certeza de que mis adversarios indujeron a este hombre desequilibrado, tal vez mediante un pago o coerción, a contar esta historia absurda de que yo lo abusaba y de que era una vampiresa. No creerá vuestra señoría también que soy sobrina del Conde Drácula. Faltaba más. Son ridiculeces que han fabricado mis detractores y los que envidian mi éxito empresarial. Como siempre, me acusan de todo, hasta de lavado de dinero. Pero no hay tales pruebas. Exigen respeto, pero no lo tienen conmigo.

Este hombre, que me acusa de supuestos abusos, siempre tuvo una desmedida fantasía. Pregunte a los testigos. Estamos aquí, no para escuchar historias fantásticas, sino para que se haga justo castigo a este hombre que profanó la casa hogar para violarme descaradamente.

Él era como un hijo para mí. Es cierto que era el primero en el coro. Pero nunca tuvo los pies en la tierra. Se dormía en las clases de teología. Escapaba al patio a jugar con los insectos y sus amigos.
Exijo que cuando se demuestre su culpabilidad, me dé una disculpa pública por dañar mi imagen.

Testimonio de Ralph

Algunas cosas que Leonardo cuenta son ciertas. Confieso que lo maltrataba. En esos años yo era un muchacho muy resentido. Le tenía envidia y a la vez lo deseaba. Cometí muchos errores, pero si no hubiese sido por las monjas, los hubiese rectificado con prontitud. Yo era el más grande del orfanato, al que le tocaba más lavar baños. Cuando consideraban que no lo hacía lo suficientemente bien, me abofeteaban; igual cuando olvidaba otros deberes o la lección de la clase. Yo quería desquitarme de todo ese odio que guardaba, y lo hacía con los otros niños. Las monjas me manipulaban. Me hacían creer que si las imitaba en sadismo conseguiría acceder a su círculo de privilegios, y no me maltratarían más. Confieso que una vez, cuando estábamos en el patio, una de las monjas, todas eran unas reprimidas sexuales, me prometió que si humillaba a Leonardo podría librarme de los baños. No recuerdo bien, pero creo que lo besé en la boca y lo humillé de muchas maneras. Estuvo mal. Era muy cobarde y no supe decir que no.

Un día me rebelé contra ellas. Me negué a hacer los deberes. A esto, me llevaron arrastrando por el patio y quisieron obligarme a disculparme en público ante todos los muchachos. Las llamé perras. Me llevaron al patio de atrás. Me ataron a una encina. Sentí los azotes. “Cristo murió por ti y tú te niegas a obedecer sus mandamientos sirviendo al prójimo” Me decían al compás de los golpes secos de la vara.

Desde entonces me sentí como un perro condicionado para agredir a la orden del amo. Me volví tan sádico que me asustaba a mí mismo.

Cuando las monjas vieron que yo me imponía a los demás niños y los trataba cual súbditos, me concedieron el privilegio de entrar a su círculo de poder. Un día, en el patio rojo, dos niños me preguntaron ¿Por qué hemos de obedecerte? Porque soy el rey, les dije. Les di la espalda y salí del patio con arrogancia. Llegué a extraviarme tanto que le pedí a la madre superiora una capa de terciopelo rojo. Me pavoneaba con ella por todo el orfanato, dando órdenes por aquí y por allá. “Bésame el zapato” “Limpien aquí y acá”. Unos me admiraban, los más me temían, pues a una acusación mía, venían las monjas por ellos y los castigaban. Yo a veces me reía; otras, me sentía francamente mal. Las monjas eran maestras del adoctrinamiento sádico. Me daban libros del marqués. Un día leí la historia de Justine. Decidí que yo sería un maldito, para no sufrir.

Pero en las noches me invadía un terror indecible. Soñaba que los niños me cargaban hasta una pared, y que me apedreaban. Despertaba envuelto en un sudor frío. Miraba a los pequeños. Todos descansaban sin enterarse de nada. Como si supieran que el terreno de la noche no me pertenecía. Era su pequeña venganza. Fue entonces que me arrepentí de mi despotismo. Resolví dejar, a como diese lugar, ese asqueroso lugar que me había corrompido. Comencé a cavar un túnel en el patio trasero de la escuela, al que le decían el Pinacate. Lo comencé en una parte frondosa, las buganvilias espesas me ayudaron a cubrirlo. Tomó tiempo. Mientras, hubo rencillas entre los muchachos, que se veían por fin librados de mi presencia. Jorge ya se autoproclamaba Jefe, e imitaba mis pedantes y autoritarios ademanes.  No hacía caso. Mi único deseo era salir de ese sitio en el que mi orfandad naufragó a la perdición.

Cuando logré escapar me di cuenta de todo lo que me habían hecho perder, todos los momentos que hubiesen podido ser pero fueron masacrados por las terribles hermanas, más bestiales que las brujas de Macbeth, al menos ellas eran honestas.

Testimonio de una monja

Yo trabajé largo rato para la señora. La paga era buena. Yo vengo de una familia católica bastante numerosa que no podía pagarme mis estudios de música. Tuve que trabajar para costearme dichos estudios. Pero no logré conseguir mi título profesional. Cuando era niña prendí a tocar el órgano en la iglesia de mi pueblo, me enseño un padre muy generoso. Yo quería tocar en las misas de alguna catedral importante. Siempre soñé con la música, es algo que comparto con Leonardo.

Un día, mientras iba al mandado, una mujer me extendió un volante: “Se ofrece  trabajar con niños en orfanato. Buena paga. Presentarse en…” Allí me recibió la señora. Una mujer muy seria y grave, que me dio un formulario y me ordenó llenarlo. El silencio era sepulcral. Llenado el formato, se lo entregué. Ella me dio un talón de pago para el examen y me dijo que debía cubrirse antes del sábado, día de la evaluación. Esta se aplicaría en el salón 101ª en un horario de 9:00 a 2:00.

Llegué el día del examen. Me hicieron largas y tediosas pruebas de personalidad. Desde las 9 a las tres  y media me tuvieron contestando cuestionarios, interpretando manchas, contando historias acerca de ciertos dibujos que me presentaban, completando frases. Me dijeron que viniese por los resultados en unas 2 semanas. Tal sucedió en la lista de los aceptados no aparecía mi nombre. Buscaba y rebuscaba y no lo hallaba. Fue hasta que vi una lista general con mi nombre. Lo acompañaba un solitario pero contundente NO. Me sentí defraudada, tantos trámites para nada. Lloré en el camino al microbús e intenté consolarme. Ya encontraría empleo.

Al lunes siguiente, en la mañana, no quería contestar el teléfono. Pero tuve una corazonada y, a pesar de mi mala racha, fui a contestar. Me informaron que siempre sí estaba aceptada, pero que estaba a prueba, que debía seguir al pie de la letra todo cuanto se me ordenara. Yo estaba contenta, por un lado, pero por otro me sentí triste, pues mi amiga Ximena ya me había invitado de tecladista a su salón de fiestas. No era lo que yo soñaba, pero era una verdadera amiga que me hubiese apoyado. Nunca terminaré de arrepentirme.

El orfanato era todo menos cristiano. Esos niños eran los olvidados en los que las monjas vertían su escoria y su hipocresía. Alguna vez llegué a pensar que el examen era para seleccionar a las más manipulables, que yo era una inadaptada a esas condiciones de dominación, que por eso me habían puesto a prueba. Tomé rato en cavilar acerca de todo esto y llegué a la conclusión de que todo estaba orquestado por la señora.

Yo traté, ahora sé que tratando no se consigue nada, de cambiar la vida del orfanato, de hacerle a los niños la vida menos miserable. Me esforzaba por enseñarles cantos, de alegrarles un poco la vida, de hacérselas más humana. Fracasé. Me culpo por ello. No tuve la inteligencia suficiente para sobreponerme a los designios de la señora.

Leonardo era un niño muy aplicado en música. Como veía mucho interés por parte de él, le regalé todos mis discos de Mozart, Haendel, Vivaldi, Pergolesi, Bach, Rameau… Él los guardaba bajo su cama. Yo lo apreciaba mucho. Una vez noté ciertas actitudes raras de la señora hacia él, creo que debí de imaginarme lo que ocurría.

Cuando golpearon a Ralph, llegué al límite de mi tolerancia. Pedí a la señora autorización para salir del orfanato. Sólo ella poseía un juego de llaves. Nos tenía secuestradas en el lugar. Ella me dio la espalda y me cerró la puerta de su oficina. “Quien entra aquí, como en el infierno, no sale si no lo digo” alcancé a escuchar. Un día, entré a la oficina de la madre forzando la cerradura con un alambre. Telefonee a la Procuraduría. Me ponía muy nerviosa, pues no contestaban. Al principio hablaba tan quedito que me pedían que hablara más alto. Dije que no podía. Luego hablé con más calma y expliqué la situación. Me tomaron como una mujer desequilibrada, pero me dijeron que para presentar una denuncia debía ir a la Procuraduría y levantar un oficio. Que así nada se podía hacer. En eso iba a decir que me tenían secuestrada, pues así era, cuando llegó la señora como de la nada y desconectó el cable del teléfono. Me agarró de los cabellos, me abofeteó y me llamó traidora. Amenazó con matarme a mí o a uno de los niños si volvía a intentarlo. En mi mente esa mujer era una personalidad hitleriana que nos tenía a todos en su campo de concentración y nos obligaba a participar de su teatro macabro. Me puso en vergüenza ante las demás madres. No me bajaron de puta.


Esa noche quise suicidarme con la cuerda de las cortinas, pero en eso entró Ralph llorando a mi celda, y no quise montar una escena. Yo lo consolé y le dije que no había culpa en querer desobedecer a las monjas, pero que si no lo hacíamos, él y yo sufriríamos todavía más de su brutalidad. 

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