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lunes, 21 de octubre de 2013

El niño del Insurgentes

Yo no sé si contarte un cuento o dejarte dormir como un niño. Sé que tu rostro seguirá riendo como ese día afuera de la tienda de muebles. Se descompuso el microbús y yo contaba los tres pesos. Pero como tienes tantas ganas de que te cuente una historia… Había una vez un muchacho que era yo que tomó tres pesos para pagar su pasaje y se subió al pesero que decía CU. Todo transcurría con normalidad. Cuando llegó a Insurgentes, el microbús comenzó a echar humo y el conductor nos bajó a todos porque el pesero no podía seguir la ruta. Yo me fastidié un poco, pues llevaba algo de retraso y llegaría tarde a la clase de biología. Fue entonces cuando pasaste tú, niño, como una ráfaga de palomas silvestres, como el llanto de la naturaleza, como la criatura más amada de los dioses, con tu rostro de agua y tus ojos silvestres y juguetones, tu risa a todas luces infantil. Y mi infinito pudor por ver en ti una felicidad de la que yo no soy socio, y de la que sólo tú me haces partícipe con tu sonrisa que más bien me sabe a una burla macabra del destino, que se ríe de mi a través de quien tanto amo. 

Llevo como un daguerrotipo antiguo cosido dentro del iris, con tu imagen que todo lo abarca y por la cual veo desde hoy la existencia. 

Hubieras sido mi hijo. Sonreías con la intensidad de mi llanto. Tenías los mismos ojos, pero alegres. Los mismos labios, mas sonrientes, no rotos por la marca de la infamia. Yo era hecho a tu semejanza, pero con el barro carcomido de las largas miserias de las que ni Satanás se apiada.

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