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jueves, 4 de abril de 2013

No me robará el tiempo este amor



Una torre de marfil en donde los unicornios beben el rocío. Siete candelabros rotos en la arena donde fui a buscar una mirada. Marchas interminables en torno a la misma gota que fue mi lágrima en tus manitas. Mi lágrima redonda como una esfera de hierro con texturas de nieve. El lodazal y las ventiscas amarrando al sol con mis suspiros y manos que al sol se estiran como cadenas que son incapaces de atarme. Las domaría el desierto y su arena abrasadora, o un vino derramado por los puentes de piel que no pude ver en tu ausencia de años.

Mirra, mirra por las esquinas y los adoquines bramando injurias a la perra divina. Soy una gran perra divina de ojos tragaluz y mártires rezando en el borde del asiento y los libros de poesía de los poetas salvajes que juré no imitar. Roña, mi perra, rabia en las rabietas de un niño a puños rasgando las ropas y escupiendo a lo estúpido a los coches y rameras. Barro y estiércol, furia y concreto en que rompo mi cráneo sediento de amor y nuevas esperanzas.

Hay una cripta en cada corazón y un cadáver sonriendo como una diva de ópera al final de la función, una sonrisa de saber que nunca más su aria sonará igual. La diva esconde su pena entre la multitud y se hace pequeña frente a los almacenes. Mi niña está sola llorando en la banqueta mientras la insultan los peatones y una anciana le da una torta para consolarla. Mi niña se ve las agujetas y le echa la culpa de su tortura. Sus zapatos sucios llevan el lodo antiguo de las correrías por Egipto, llevan la sangre seca de los moros muertos en la punta de España.

El vino de las profundidades te estaba llamando. Tú reposabas mirando la ciudad de Góndor inundada y a seres deformes rotos frente a tus pies. Me veías muerto a las puertas de la entrada de la ciudad, como un mendigo de etiqueta, profundamente plácido, con cempazúchiles coronando mis arias muertas y ya desafinadas. Roto un violín derramando vino hacia tu cuerpo inmóvil reposando en la playa. Esos gritos que escuchaste en la ribera era yo, esos gritos tímidos y vacilantes junto a las rocas, junto al túnel a plena luz y acantilados en que anidan brumas de oro y sopranos muertas de fibrosis quística. Los monumentos grandiosos las resguardan. Para que no roben sus cadáveres los hijos de los profetas, que timan al mundo con falsos milagros y vírgenes en papayas y en paredes.

Los derviches que giraban fueron rotos en mis propios dedos de espada. Esos que vi por televisión e imitaba en la Facultad. Pensando en ti y en la liberación del yo que soy tu que somos nosotros que hemos olvidado. ¿Por qué estás triste? ¿No me tienes confianza? Y las polillas vuelan en su propio centro. No voltean sus ojos y tapan sus naricitas de talco.

El sol filtra partículas, y en cada una está una imposibilidad. Es que levanto el aire y por más que intento no puedo hacer que me responda. Años de infamia y un renacer a destiempo. Yo hubiese deseado estar ahí en presencia de tu sangre, no requerir las olas del viento ni los vendavales del agua en tus oídos.

Y aunque no lo creas y esto parezca una tontería, esto es un poema de amor que nunca te entregaré.

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