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jueves, 7 de febrero de 2013

Toda poesía es brutal





En la penumbra del sol y un viento que nos quema a ratos con su elevación de atmósferas y un perro soberbio al final de la calle negra lamiendo un zapato sin bolear. Caemos en el trance o al menos estamos en proceso. El sueño carcome los nervios con su expresión rutilante. La Venus del cuello largo con su cabeza rota y volteada. Nos sonríe con la boca sangrante. Tenemos miedo del final. Estamos aquí plenamente a oscuras yo y el infinito en el tacto.

No me gusta arder tras los acantilados enfurecidos y la crisis monetaria que nos hará pedazos la vida futura, nos condenará a vagar errantes en pos de un sueño llamado capital. El no pensamiento, la conciencia muerta y otra vez los parajes esfumados y las mortíferas alimañas de cierzo. Dante perplejo en un cuadro.
  
Un cubo enorme que nos mira y un párpado fantasmagórico rodando por las escaleras. Mujer cabeza de cerillo al aceite de sardinas rusas entonando himnos a la maravilla de la envidia.

Soles, amor y vida consideran una misma relativa armonía al final de la condición humana, siempre anómala y asediada por los milanos que desgarran los cuerpos y trozan las tibias con sus picos de gracia. Parten las alegrías como judíos en masa al paredón.

Mis ojos cansados de no verte corren tras ti y corren sin hallarte. Te sientas en una repisa como un pisapapeles.  Te veo sonreír como un duende misterioso.

Olas de sol o sangre cuajadas de sal y recuerdos de la playa vasta y su extensión de besos. Gruñen las mareas y lloran mis ojos, mi cuerpo tumbado frente las olas y su extensión de aceite, ceniza y muerte.

El llanto eterno de los sentidos y mi nostalgia inacabable. Un neumático sobre mi espalda horadada de luciérnagas tibias con fruta de los días de lluvia y una mandarina aplastada entre los labios. Sus huesos de mamey triste al tacto. Mis pies sorteando vericuetos. Ex devota amada de los dedos de araña y labios de expiración y luto de muy dentro. Pulmones  no respiran, miembros sin sangre, adoloridos. Falanges rastreras,  piedras inamovibles, comentarios del vulgo y la mujer barbuda que tejió su bufanda con las siete maravillas del mundo. La que vendió nuestros sueños de niño cantando en las avenidas sucias, la que se prostituyo a los viandantes orientales, a los samuráis que treparon la loma para envenenar a los camaradas. Un poco de sal y mentes amantes son misma cartografía inmensa de cutis blancos. Geishas rotas y desnudas en la inmensidad del alfiler y la clemencia de los atardeceres.

Orín canino coronando las obras de los grandes genios. Botellas de rabia. Cristos perfumados en el Gólgota del placer. Un  centurión pidiendo frío para sus brazos. Alzan la copa los amantes y se les rompe el vaso del tiempo al que consagraron sus años más preciosos. Se rompe mi vida, añicos, hecha al par de miedo y  ruido procedente de la calle: rubor de infiernos. Atmósfera de luz y teporochos chingaos por la crisis. Un bello malviviente tirando la jeringa.

Creo que es difícil que el capitalismo salga de estas crisis sin afrontar primer o las causas de su propia corrupción. Pero miren esa ardilla en el camino, como  pide pan y no le dan.  Le dan un hueso, se le atora en el pescuezo, los maderos vienen, van, con la crisis de que les dan, y las deudas, los impuestos, el recorte en sanidad. Tibias armas enfundadas sin razón para salvar el provecho de la patria, grasienta hembra luchona, hembra paridora de patrioteros que se sacrifican como enjambre. 

Fuimos unos niños muy ingenuos al creer en la realidad y sus sombras. Al fin y al cabo las Meninas no ríen en sus cabales. No miramos aquella rama donde se marchita la madre al lado de Cristo negro derruido. Mira mi cuerpo: se consuela con la maraca del alacrán sombrío de amor y veneno, cuerpo de senectud amiga, solaz de los desaparecidos amigos de antes del diluvio. Menguan las fuerzas, turbia alma empatada con el dolor y sus cumbres orgásmicas de sueño, sopor agitado, pesadilla de duendes suicidas que me comen los pies con sus lenguas de cabra. 

Siempre tuve miedo de las alimañas: todo su silencio lo llena; de los enanos en las esquinas pidiendo limosna. Guardan un bebé monstruoso en el regazo, un niño que nos da terror, un niño- cerdo  espantoso, luz del corazón.  Vernos en él…
Muramos pronto. 

Lágrimas no ceden. Un niño muerto en los brazos: es tuyo, eres tú mismo muerto entre tus brazos, acuchillado por la propia madre, tu más cercana amada, la de los áureos dedos y el tacto de arcángel voluble. Tu cuerpo en llamas corre en la avenida sola tras el mar salado donde ahoga su desesperanza sublime y no logra hundir su cuerpo debido a lo espeso de la tiniebla marina. Pero los ballenatos de sal y sebo esperan en el fondo tu resurrección para devorar tus intestinos con sus ansias macabras.  Terror añejo alimentado por la miseria, por las cochinillas del hospital que te perforan el labio, las que te lo cosen con un hilo invisible. 

Son muchos los que observan el circo de criaturas deformes. Aplauden al pasar. Corren en redondel los caballos cojos y tuertos.  Abortan frente al público fetos asquerosos. Las hembras menstrúan en plena función. Vómito y escarcha malolientes. Pescado pudriéndose al sol de mayo. Fieras enmascaradas. 

El refrigerador disonando en la madrugas cerca el oído y escucha su rumor.  Cuando la abuela murió… cuando ella murió… Jugaba en la sala, con las cortinas, y casi me ahorco con la cuerda de las cortinas.  Mi abuela me enjuagó la encía sangrante y lloré frente a una cubeta de agua. Los gatos de la azotea son perseguidos. Siento la nostalgia de la bicicleta en el pasillo, su óxido y su herrumbre bendita.
Te quiero muchachito, amigo. Ven a mi cama. Ven a la casa de la abuela donde tanto amé. Seamos los dos en este cuarto. Riámonos de Cristo en las sábanas y lloremos por el día que no termina. La máscara veneciana de la pared y su sonrisa siniestra. Nos mira Mozart al fondo (Mozart más grande que Jesucristo) y un pony hipocampiano en la puerta nos mira besarnos, muchacho amado.
Los cuadros de la exposición de un niño al borde de la locura.

La camisa de fuerza de Rimbaud en mis labios y la esencia de las amistades.
Las llaves amarradas en torno a sí mismas y la cocina desolada y amarilla cono un retablo.
No estás en la casa, lo lamento. 

La pileta de agua sucia y un charal muerto flotando. La víbora lo ataca. La tierra mojada en mis manos. Alcanfores, menta, limón, hiedra, vidrio roto, molcajete, manos de niña y hierba triturada. Palma y ladrillo. Araña y pelusa corre tras el patio. Tu triciclo de resentimiento apunta hacia el cielo y su estrella más cautiva de celos. Mi hermana de estrellas como un cielo enjuto y sin amamantar. 

Los pechos de las ninfas derraman leche en las gasolineras, embarran los labios de los profetas y sus barbas milenarias como los sueños del hombre. Sucia ventana, sucia ventana. Mendigo que nos pide limosna y se enfada como un energúmeno. Golpea los barrotes y se exhibe desnudo en la ventana y amenaza con violarnos con sus miembro horrible.  Perros al fondo y un castrado entonando arias acompañado de un clavecín macabro. Un castrato terrible, sin extremidades, canta al lado del zaguán. Nos mira con su sonrisa de cretinismo y su vientre desparramado en el suelo, sus dientes machacados y afilados por una lima, su mueca de satán y sus ojos de zopilote ávido. 

Estoy atado al poste y vienen enanos a tocarme con sus manos callosas. Afilan la cuchilla y cercenan mi glande con sus instrumentos. Ponen soga al cuello y preparan la soga. Mi mano está desapareciendo.  Los extraterrestres  que contrató Maussán se la llevaron, los ET que coronaron la casa y a los que les tenía pánico. 

Pedro infante poseyó a la tía metamorfoseado en cisne, y Cástor y Pólux fueron abortados en el excusado; pero esto nadie lo sabe, sino el espejo que guardó el secreto. Gorriones que trinan un despertar y mi dolor inconmensurable de escuchar la música del infierno en mis oídos violados una y otra vez. ¡Di que te gusta, perra! Pero no me gusta. Pajizas charolas de cobre y semen de petróleo al margen del mismo llanto de toda la vida. Mercurio en las venas. Me pierdo en la inmensidad del cuarto de mi propia sangre; y Texcatlipoca blasona sus armas como un cirio de luz enfurecido en la quietud amarga de un amante cálido. Mujer de lana, cochambre y azúcar morena. 

Una hora de amor, un cieno limpio en el habla y un resoplar de inviernos no sospechados. .
Mengua mi fuerza. Se atierra la paciencia de los calamares de sombra parecida al minotauro. Calla de amor y muere de una vez.

Lunas rodando lejos del alcance de mis ojos en cuévanos trocados. Cirios de luz, gemido de las uvas al ser vino. Viñedos inmensos en putrefacción. Barricas reventando de gozo. Luciérnagas de noche frecuentando cantinas, besando borrachos. Condecoraciones de valor a los capitanes estadounidenses y su hazañas sobreestimadas. Vaqueros yanquis sobre las monturas. Películas agrias y repetitivas. Un día fui yo un héroe y herraba mujeres con mis propios dientes. Una mujer de ésas saltó sobre la grupa y no la vi cuando cayó del corcel para perderse en los elementos de la tierra. 

Los deformes esperan el sus cuevas a que llegue El Topo y los salve de eructar sapos que ofenden la noche silenciosa y sus criterios estéticos. Dedico mi sangre a correr manando injurias. Cambiamos de sol constantemente y mordemos el anzuelo de la gloria. Responso de tristeza y mar en calma. Cielo naranja errante, desmesurado y sin vastedad, corto en apariencia, pobre en vientos. Escuelas rotas y sin presupuesto. Columnillas de la nariz son como relámpagos de aceite, chabacanos. 

Consideración final de la langosta. Alacrán que asemeja un calamar o un cocodrilo columpiándose en mis cabellos de mimbre hechos. Nilos de locura berrean en los manicomios. Corren por los patios con sus lenguas de fuera y sus cuerpos mugrientos, sus cabezas calvas y su contento infame. Mirtos coronan sus fauces de chacal y olivos en sus sexos de amor. 

Niños en redondel cantan a la sol enorme y bella. El luna sus almas corrompe. Frecuenta en las noches sus sueños para tocarles la entrepierna con sus manos de agua y sus plumas blancas de te quiero rasgar. Duermen los niños y los toca el luna mientras duermen, duermen y les horada el prepucio la luna con un hilo invisible los une a todos con el hilo. Al despertar son uno solo en una falsa apariencia de unidad. El gallo no reclama nada. El agua bulle en torno a los cuerpos de los niños y los baña con su rumor. Las heridas no sanan y la tierra rasga el pecho al haber descubierto el incesto de la luna con los niños. Los niños son castigados, puestos contra la pared, y en sus nalgas se escriben versos rúnicos para injuriar a las generaciones por venir. Sus sexos están malditos de por vida y engendrarán 
monstruos decrépitos por los siglos de los siglos. Amén. 

Se bañarán las estrellas con su sangre.

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