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jueves, 7 de febrero de 2013

Poema automático



Este poema lo escribí con una técnica llamada escritura automática. La usaban los surrealistas y consiste en escribir todo lo primero que se le venga a la mente al poeta, sin corregir (censurar) lo escrito. Únicamente lo puntué y lo dividí, aunque no tiene la coherencia de un escrito serio. Resultó algo muy raro. Confieso que me asustó. La parte que se suprime es porque estaba escribiendo con los ojos cerrados y ni yo mismo le entendí a mi letra.

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Poema automático

Todo es tan triste mientras lo recuerdo. Estos cambios que han transcurrido en mi cuerpo y en mi mente me hacen tanto daño. Quisiera poder detener el paso de los daños. Unos muchachos reían en el patio. Supe que nunca fui como ellos. Que en mis días de infancia yo no solía reír como hacían ellos, que siempre estaba solo vagando en el patio y aburriéndome mortalmente.

Una vez, en uno de aquellos recesos eternos consagrados al aburrimiento, vi una bata volar por el aire y a unas muchachas juguetear con ella. Yo no había traído mi bata de laboratorio, y el pensar en esto me puso de tan preocupado humor, que resolví pedirles prestada una bata. Pero era tal mi pudor de pedir cosas a los demás, que preferí no hacerlo. Pero no hubo clase de química.

Me resolví a abandonarme un poco a mis propios pensamientos

Aquí, sin poder lograr una soledad amena y sin poder recuperar mis teorías que debieron ser como hace tanto tiempo.

No soy tan bueno como antes, y evito mirar lo que escribo. También evito mirar tras mis pasos, para no ver al niño que he dejado atrás, muerto, a la vera del camino, y que ahora cubre una pátina grisácea , cubierto, tal vez, de seda de araña, que igualmente pertenecen al pasado.

Sólo se aprende a escribir escribiendo.  Parece que yo ya no me he entregado a esta tarea con tanta devoción como en mi adolescencia. Parece que las fuerzas me faltan y un caballo pide a gritos un poco de agua, jamelgo rancio al borde del abismo en donde los cadáveres están encimados bajo los fusiles. Una hembra de grandes pechos me mira desde el fondo y de ellos emerge una galaxia de pesadillas, potros de tortura, niños abortados de un solo ojo que no se atreverían a nombrar mi nombre si no es porque esa mujer se los incita.

Estoy viendo colapsarse una torre inmensa y los hombres caen bajo el peso del rayo. No es Babel, es una torre de vidrio. Estoy tan agotado de perder el tiempo en las salas de espera de los hospitales, donde siempre se añejan los adefesios incurables que esperan una cura. La medicina es, quizá, un cuento que nos venden, una de tantas ilusiones. No podemos remediarlo. Ellos sólo parcharán la realidad y no podrán hacer que mi mente fuera lo que pudo ser. No me devolverán esos ratos en que jugaba con los muchachos a la pelota. No me devolverán los aviones de unicel. No se sentará ni me recordará el tiempo absurdo cuando me bese la frente con su boca púrpura y negra, arrachera al sol una semana, muégano reseco.

En las mercaderías yo vagaba buscando la mejor fruta. Es como elegir a la mujer amada. Este melón me lo llevo y este no. Todo es una elección que conlleva una transformación. Ella no me eligió porque yo no tengo esa dulzura de kiwi bajo la lengua ni ese trino de ruiseñor impostor. Lo he olvidado. He olvidado al ruiseñor en su rama. Su canto me es desconocido. Estoy imaginando tan sólo lo que pudo significar el poder haberlo escuchado. Las escopetas suenan y ponen fin al sueño.

Niño muerto a la vera del camino. Una canción con sus corcheas masticadas. Cuchillo doble sobrevuela. Siento una navaja detrás de la espalda: el dedo de la amada. Risa de los unicornios cuando se rompen las patas. Culebra roza el tronco con su efigie. Cadenas charalean en el pavimento. La amada está con su uña lisa apuntando el ojo. En su pupila terráqueo globo gira y podemos ver un coro de niños que cantan de espaldas y se van alejando.

Una barca cede al peso de sus ligeras voces y va hundiéndose tranquilamente. Navega fuera de sus órbitas y allí cantan los niños de nuevo, en sus mejillas de fiebre. Llegan a sus labios contraídos y se está allí, quieta, en un pianísimo triste.

Una abeja liba en su boca y se queda pegada, y agita las patas y perece. La pelusa de las palomillas vuela en torno.

Nada de esto sus ojos.

Las basuritas del aire flotan sin tocarla, pero las gotas de ácido corroen el cobre. Los transeúntes, apresurados, no miran el hervor de la carne. Me quedo yo sólo contemplando a la niña, que se va encorvando como un ser añejo ante la decrepitud de la tristeza. Se queda allí, pequeñita, refugiada tras su propia mano, y no la toca un rayo de sol. Un caracol pasa y la remoja con su baba. Ella resbala y cae a un laberinto del que tal vez ya no pueda ser liberada. Un minotauro se ha cansado de esperarla. Esta allí, dormido, y cuando ella llega no siente la misma emoción que imaginó en sus sueños.
 Están frente a frente. Él podría aplastarla con la pezuña. Pero es tan insignificante. Pero va creciendo un poco y se transforma en alacrán y hace la danza de las pinzas e invoca a los cinco soles que no miraron, esta vez, mi alumbramiento, sino que les dieron esta tarea a los doctores de falsa piedad.

Un cordero de barbacoa en tu mirada. Incluso el pedazo de maguey que me comí para no ofender a los anfitriones. Cuando te conocí, romántica la cosa, había un borracho orinando en alguna esquina del mundo, y yo ni siquiera pensé en ello, si no es en este preciso momento. Estabas allí, sentada en un pedazo de piedra milenaria. Y (cuánto apesta la atmósfera cuajada de smog) estabas preciosa con esa curva de tu sonrisa. (Y pensar que he vomitado tanto y no he tenido momentos tan abundantes como este). Total, parecías un muchacho beisbolero que descansa en la banca, que espera a ser llamado para el juego.

 Yo te aventaría la bola, pero tu mirada la evitaría. Vamos a jugar tranquilamente y muéstrame mejor, la herida de tu pierna para que la cosa con mi hilo. Pero no traje mi dedal. Tendrán que verme pichar tal vez el dedo. Pero lo perdonarás. Pero estás tan inflamada. Te rasparon rudo. Vamos por el curita. Mira que esa piernecita necesita un masaje. Estira, mi amor, la pata que “no se debe tocar ni con el  pétalo de una rosa” y dame a oler tu pie chiquito de lecha y savia.
¿Sabes que algún lugar del mundo una barrica de vino se está apolillando, mientras nosotros estamos aquí, tibios y cansados, con humo en los ojos y los cuerpos lánguidos? Las frutas maduran en sus periódicos. Las peras se pudren sin que nadie las coma. Así lo quiere el capital, que antes prefiere derrochar un bien que regalarlo a las masas. Estamos bajo su lógica perversa, y no podemos ignorar ni bailar bajo otro son.

Pero tápate los oídos, amor, y no escuches a los perros con voz de Elizalde cantar en las letrinas, emborrachados. Oye mi voz en sus graves de contralto. Complétala con tu voz de soprano y finjamos que somos una sola. Cuando tú caigas yo te recogeré en la base de mis graves y te impulsaré a tus trinos de campana. Seremos trapecistas siameses saltando con virtuosismo.

Te paso la estafeta. Brinca, mi amor, paloma de cristal, tinta de oro. Cae de nuevo y te recojo cansada de tocar con la lengua el do6. Llenaré lo demás en amplitud.

 Vámonos, vámonos, nos persiguen los potros. Demostrémosles que tú eres la reina al lomo del caballo y puedes realizar cualquier movimiento. Juntos somos más que el rey: él yace en una esquina del tablero, asediado por tristes peones que no podrá evadir. Nosotros viajamos incluso fuera, pues se han extasiado las piezas ante nuestros vuelos, que hemos muerto , que hemos abandonado el tablero, vamos por el mundo como por los acantilados se suicidan los borregos sin morir. Sólo caen en el agua y van navegando como viejos barcos de papel, sin rumbo conocido. Al final los espera el trasquilador, que se apiada de sus algodones risueños y las deja intocadas. Porque no quiere verlas llorar de pudor ante los ojos del mundo, ni quiere que los niños avienten con el popote una bola de sebo para mofarse de su belleza, aunque ellos la nieguen, pero por el mismo hecho se sientan tan atraídos.

En un festín con un perro con gorra y gafas. Niño en su andadera que soy yo en una foto. Una niña pegando en la puerta. Fotos de la prima eran en una pared. También caballos y un pastel. Los caballos flacos y los muñecos de plástico como el tren y las calientes aceitunas y el sombreo y el carro de bomberos. Hay un escarabajo, vengan a matarlo. La tía enfurecida. El mármol y sus pisadas del amor romántico y los luzbeles en escritura automática de un artículo de internet pero parece ser que Bretón la usó ¡bigotes! No, no, Farinelli no tenía bigotes en la pintura donde sale con sus amigos. Cantaban con voces de soprano natural. Más potente que un niño y con más que una mujer virtuosismo pechos una foto de pintura de una enamorada, las cartas de amor y un contratenor contándonos historias.  

No aprietes el paso. Come albóngidas, sueños pagodas, repollos. Come hasta saciar las primaveras,  los alcanfores. Un muchacho grande, rubio, guapo que le mando beso. Digo que no pero me da pena ante mis compañeros y una dice que no hay pedo. Pero los tacos que me compré afuera de la escuela…  allí estaba, luego lo miraba. Llegaron los niños. Me les quedé mirando.  Colibríes no pelones, las greñas rojas,  los mechones un niño de coro. Mándale un canto hermoso.  Baja a hacer trabajo de campo e investiga sobre sus prejuicios y su subconsciente oscuro, que tú no intentas reprimir. 

Parecía un gallo, estaba en la esquina con los brazos cruzados.  No me miraba. Lloré y me quería aventar al autobús. Me dijeron cállate. Me caí con mi mochila tonta, un acierto, una boleta aprobatoria, unos sueños boletines de diarios,  compañías petroleras que en crisis están por la falta de transparencia, por lo que Calderón ya va a dejar la presidencia a un pelele hijoeputa que yo no recomiendo y no vote. Me equivoqué en la boleta y la deposite en un lugar incorrecto. 

Estaba un muchacho en una piedra esperando como desmallándose. El pasto. Me esperan en el auto.  Los correcaminos tontos de las caricatura sueñan en volar como una chatarra impávida ante los trinos y las pociones de las brujas en los cráneos de niños deformes lenguas en las tablas de picar lechugas y niños gorditos ardiendo en cacerolas. Falta la zanahoria no hay pollo. La verdura muerta en la tienda y yo que camino tanto por ella y un chocolate en la banqueta. Furiosos corredores de bolsa quiebran la economía. Chulos mimos de feria me besan los muslos, me abren el cierre. No tengo nada para ofrecerles. 

Un pan de azúcar con ajonjolí y un pedazo de pizza del otro día. Está muy cara, pero ni modo, es la inflación y el superávit que no llega. Me canso. 

Se desangra la pata de conejo y mi labio muge como una cabra en la jaula de la abuelita y me cosen la cara con sus tridentes de casaderas muchachas que hilan al borde los pañuelos de sus amantes ingratos.  

Ríos al costado que veo en un auto. 

Recuerdo las avenidas infestadas de grillos mochuelos con sus boquitas pintadas en la ventana, las gotas cayendo en las repisas, las madres serias con su pupila honda y enigmática regañen a ese loco. Péguenle con el cinturón. Dénle vueltas por el patio. Las bicicletas rechonchas de la consagración de la primavera. Sus notas y Nijinsky rompiéndose (era gay y su vestimenta la usó no sé qué superhéroe)  

Culminan las hordas con Gengs Khan en los pasillos pidiendo dinero. Paja para los dinosaurios del cretácico y sus pollitos en la arena. El más estúpido, el más paternal. Yo los veía en revistas, en las caricaturas y sus monos de feria con voces de falsetto de estudio, y los hombres con su gran papada fenomenal. Aguántate el concierto y las gaviotas mochas con sus patas traseras que cuecen las ”amilañas” 

Era una vez de una cuenta larga con caperucita y el lobo. Yo le aplaudía lo suficiente.  Le echaba porras. El cráneo de un vetusto animal no me besaba el vientre ni me lamía los párpados con su lengua de crines rasposas, cerdas de chelo y coros de maricones. No los vi conservar las latas en las repisas, comentando las infalibilidades contentas de los mitómanos eruditos comiendo, comenzando en calles a vender ajorcas con sus canales.
Empuñaduras opiáceas librepensadoras acarameladas. Cochambres. 

Estoy en la caverna,  suicidio,  suicidio de María Callas cantando.  Lo veo a menudo. Quiero ser como ella. Que mi mamá se burle y mi padre no le guste en la bicicleta.  Roncha en la nuca.  La Callas dándole duro y se me antoja un pan con mermelada. Tenía pechos bonitos.  Mojada su camiseta blanca.  Veía su torso casi desnudo.  La deseaba.  Se aventaba al agua.  Nadie más me gustaba.  La quería y a Stephanie también, a Omar, a todas las criaturas cocodrilos, fauna; que me abracen hasta la muerte. Tuyo. La consideración de una vida mejor. Yo no lo quiero pensar así, pero me extravío en constantes mareas al caminar en la misma escritura automática. Me imagino a un profesor opinando que son puras pendejadas.  Los plátanos machos malolientes domando el sol. No aprietes los canales de nuevo.  Son una combinación de fábulas condenadas al fracaso.

 Un cielo raso me mira con un carisma simpático, como si tratara de besar al sol con su lengua de aceite compungida.  Corazón bandido al borde de la carretera de un viejo camionero que sube a las chavas y las revienta y las deja tiradas en no sé qué sito. No soy nadie para asegurar que el mundo gira como un escuálido cerumen a la diestra y siniestra. Yeeben me gustaba, creo, lo miraba de reojo. Bah, patrañas, me confundo, pero pesco arañas. Se me antojan las sardinas como en un vericueto de telarañas. Clavecines que no me compraron.  Yo no quería una sudadera para mi cumpleaños.  No soy bueno para la música.  Estoy agotado de repasar las mismas notas.  Una trompeta como un elefante y el tío que la toca que vive en el parque de los tecajetes.  Yo iba a ver los pescados y las matracas mexicanas, con comida de pez.  Una perra corriendo me amó las manos y la cintura, me avienta al agua y me posee con su lengua penetrante. Los cuervos filman esto para el cine ¡no te vayas a suicidar, me dicen! Y apelotonan sus glúteos en mi rostro. 

Revientan las pagodas con sus embrujos. Escarabajos y Cleopatra mirando por una rendija. Las abejas me miran con sus dientes opacos y me clavan su colmillo de fauno en el centro del cráneo, chupan mi leche y las embarazadas parafernalias pedantes de la cerámica china.  Las orondas bailaoras de flamenco que me sacan a bailar. No me dejo porque rompí el disco de la tía. Debo pagarlo. Se quemó bajo el sol de agosto con relámpagos muertos como plañideras suaves a quienes sobaron los cuellos con aceites de Cristo riéndose por las morras de la escuela. 
Querubines iletrados saltando como buches de rana un día de primavera, sueño de una noche de las martas cibelinas, cachorras de amor al precipicio tiradas. Suicidio, suicidio. Mierda polonesa de la virgen en las lanzas como una hembra de esquinas esperando la clientela.  Oponen policías sus cachas en torno a poleas. Me duele tanto.  Ya no aguanto este revoltijo de impiedad, esta falta de orden que se reinventa para desordenarse siempre.  Tengo tantas ganas de huir como los fantasmas de la mañana en tus labios, estar con las deidades que trotan y son claves de sol armoniosas.  

Ya creció y se puso bien bonito. Quisiera abrazarlo pero no se dejaría. Me gusta su cuerpo tan hermoso, (…) quisiera besarle su boca como imaginé al rubio que me obsesiona y no me acuerdo.  Sus bucles en la noche.  Pienso en él todo el tiempo.  Sueño.  Me lo encuentro en la calle.  No me mira.  Me siento loco. Su cigarrillo. Con cigarrillo me estarán mirando. Niños sin pantalones, mentando madres a los microbuseros y jodiendo a la novia enfrente mío, como un lucero que se pierde en la espesura de un bosque de humos.  

Silencios, escrotos que te golpean la espalda con un canino que te sacaron del paladar. Tienes cita pronto con tu dentista y no has entregado el trabajo de estructuralismo. Mancilla se pondrá difícil como los demás deportados de la aduana estuvieron reclamando su pasaporte de uvas con pasas en mis días de felicidad como nadie me quiere me como una pastilla que es mi compañera epiléptica y Cristos de plastilina reventando.  

Mi amigo David, que ya no le veo, como que ya no está en la jauría de comensales, en mis faunas exóticas, en raya de tigre, sabroso como una portería.  Oscilan en matar el escozor de la comezón de mis intestinos. Quiero escribirte.  Lejos estás.  Me condeno a una vida de escarabajo con los murciélagos endemoniados que besan el pavimento al son de los panderos,  guitarrones y mariachis de bigote. Cafarello y Senesino no tenían bigote. Con patas de pavorreal, vientre de vaca, rostro de mono, travestido y con síndrome de Down en un poema escrito en una facultad sombría, del que ya no recuerdo. 

Demasiado orden y sugestión que me ensaña el cuerpo.  He notado que casi no presiono la z. En mecanografía, Stephanie con su rostro de alucinación de Greco,  como Sanzio y sus óleos boleados como una fruta reposada en mi firmamento.  Roto crepúsculo de infames alegorías en mis caderas polutas de mendigos.  Seres de ultratumba cadavéricos contándome cuentos de horror con sus cráneos depilados con cera barata que suelo vender en los tianguis de la colonia.

No sé cruzar la calle. Me atoro en las lavanderías. No lo recuerdo.  Quiero mencionarlo, pero no es mi fuente como un chorro de luz.  Esperma corre por las avenidas e irrita a los filósofos del estructuralismo como para hacer llorar. Los judíos y sus heces fecales que venden en los peseros a precios populares.  Heridas de la materia con un ser que devora la escritura que no se siente a divagar en un sueño en el que veo esta reclinado en una cobija amarga y están molestando las casas sin techo estoy atorado en una vida de cuento y fantasmas que acechan en locos penumbras. Muladares del ser comidos. Golas de tigre y camarones al aceite el Nilo. Sus cocodrilos me invitan a la feria de los pescados fritos y lar religiones que en engañan únicamente al mundo, en giros-caleidoscopio que me compraron. Binoculares que les pedía los reyes y no me trajeron, como para irritar a las conciencias del mal y hacer creer al animal que llevo  que tiene que comparar en las casa de empeño.  

Frenético danzo al ritmo de los trolebuses que atropellan al peatón. Avenidas, vendedores ambulantes.  Comienza la aurora la jornada.  Periódicos muertos con su aniversario de Revolución.  Guerras de medio oriente que no comprendo. En la Franja de Gaza estoy.  Me violan los soldados y me aviento del precipicio. Las tortugas pueden volar, pero son como para ser comidas.

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