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jueves, 7 de febrero de 2013

Ensayo de la desesperación



Como en aquellos tiempos de fácil lenguaje en el que fluíamos sin trabajo y dialogábamos frente a frente sin prisas, calmados, lejos del ajetreo y sus distracciones. Estábamos tan tranquilos, sin que nos disturbasen nuestro sosiego, nuestro infinito sueño en que nos hundimos lentamente y nos va poseyendo sin que importen demasiado las voces, que se van disipando y no tienen importancia. Sólo al tacto de las cosas estamos. Tocando el borde del mundo. Sin que nos distraiga el mundo banal y las cosas de mi hermana, entregada a la televisión y sus estupideces que ya no soporto. Fui a mi casa, le serví de comer.  Me desentendí de ella. No quiero saber más de su aparato monstruoso que me perturba con su publicidad enfermiza y sus estupideces a la orden del día. Es tan adicta a ella. Si me encerraran con una televisión sintonizada en Televisa, que no pudiese apagarse ni cambiarse, y un revólver; si me dejasen tres días solo, seguramente me suicidaría.

Ella está echada boca abajo, como un rumiante, mirando cuanta idiotez cruza enfrente, como una araña que espera en el camino su presa, mientras ve pasar los absurdos cotidianos. Yo ya no quiero estar cerca de eso. Me lastima tanto. Reviento de rabia al no poder huir del ruido de la gente y el escándalo de la vecina. Hay días en que sus perros ladran tanto debajo de la puerta, que me he imaginado mordiéndoles el cráneo, reventándoselos con mis muelas,  escupiendo su sangre apestosa para que los escarabajos se encarguen del resto.

Me gustaría que las pulgas de peste eligieran el cráneo de mi vecina para asentar su circo ecuestre. Un circo de pulgas en el que viéramos ejecutar danzas maestras y cosas increíbles. Yo estaría  en el primer asiento, como siempre, viendo a la pulga domar a una hormiga león, que a su vez doma a una garrapata, que a su vez doma al sapo… Todas estas situaciones tan variopintas, risibles, a veces.

No tiene nada de gracioso, pero algunas veces las muchachas se ríen de los sujetos deformes, como si un placer morboso se ocultara debajo de esas risas. Se quedan sentadas en la banqueta. Cuchichean entre ellas. Nada que tenga significado, sólo palabras al aire, saliva gastada, como aquella que me hacen gastar a mí, involuntariamente, las tardes de consultorio con la dentista y su tubo de aire.

A veces siento que me voy a deshidratar. Creo que si estuviera todo el día acostado con ese instrumento, acabaría por deshidratarme por completo. Moriría al día siguiente, de aburrimiento, de impotencia y de sed, pero más de escuchar los llantos de los niños deformes. A uno le dijeron guapo. Prácticamente me desconcerté. Creo que la belleza es un instante. Algo tan escaso que sólo se ve muy raramente en algunas criaturas, y sólo en ciertos momentos.

Creo que por más que lo trato de analizar, no puedo descifrar el secreto de ese momento sublime, el más triste y más alegre de mi vida, en el que él ladeó su cabecita en el asiento de atrás del coche, en insurgentes. Era el muchacho que yo debí ser. Por un momento me fue dado el privilegio de verme reclinando la cabecita en una situación que no era la de mi vida.

Allí estaba yo, riéndome de mí mismo, burlando el Insurgentes obsceno con mi niñez y mi sonrisa. La hermosura más profunda posible. Mi misma piel alegre y rejuvenecida burlándose de la piel vieja de víbora dejada afuera de la tienda de muebles. Paso con mi nueva hermana y te veo y me río de tu cara y tus gestos.
Yo no soy tú, no pretendas que nos asemejamos. Sólo nos une este momento, fallido clon abortado, clon que se derramó de una pipeta y mutó cuando la naturaleza, en un momento de estupidez, pues es falso que la naturaleza sea sabia, estaba distraída o jugando caprichosamente, como un niño poeta que altera el lenguaje de los genes.

Allí estas, hijo, hijo mío que no podré tener. Eras hijo mío y nuestro. De la rubita y yo.
Te envolviéramos en tus cobijas y lloraras por tu leche. Yo te viera entre mis brazos y me miraras con ojos fijos y la boca pequeñísima, como me miran los pequeños sobrinos, pero ellos no me reconocen. Tú me reconocerías y reirías encantado. Y vendría la rubita con el biberón y estaríamos juntos los dos. Si otro fueras este mundo.

Pero esto no es cierto. Pertenece al mundo de la ficción y n o resultará. Finjamos, pues, niño, que volvieses del pasado, subieses a la tarima junto con la mujer amada y ambos fuesen lo que yo elegí para mi vida.
No. Todo esto que me fue dado, como una dictadura obscena y mugrienta. Indignante y vergonzante, pero no tanto, porque este sujeto en el que estoy es sólo un vehículo de no sé qué cosa que es el verdadero ser, y yo sé que podría desecharlo, que no estamos unidos en verdad, que si bien hasta ahora la ciencia no ha podido vencer a la muerte y al destino que se nos impone, yo sé de la posibilidad de dejar estas situaciones.
Que siga pensando esta mente, pues sus pensamientos son robados, son un plagio cotidiano del mundo y sus sensaciones. Sólo sé que veo las cosas desde dentro de esto a lo que llamo cuerpo y mente, que esto es lo que me circunda, y no es precisamente lo que me define ni lo que yo soy. Estas palabras no son mías ni pudieron serlo. Me fueron dadas. Pero quisiera yo transformarlas en otra situación nueva, en otro credo sin dios.

Sólo tenía una remota existencia dentro de mí.

Somos muchos sujetos en uno mismo. Nos irritamos mutuamente. Quisiera, al menos, ser producto de mis pensamientos, y no de las situaciones de herencia y ambiente. Desearía ser, al menos, como mis pensamientos, pues no puedo conocer lo más profundo del ser. Tal vez no pueda conocerse. 
A veces pienso que cada átomo es distinto de los otros átomos por el lugar que ocupa en el espacio. Nunca he tenido la certeza de porque soy lo que soy en cierto cuerpo, cierta época, ciertas situaciones.
Creo que antes de la vida debí ser algo, pero no estoy seguro qué. Siempre he existido, pero es reciente mi vida. Soy la propia materia.

A veces creo que si hubiese una máquina diminuta capaz de tomar de este mismo teclado y esta mesa átomo por  átomo, seleccionando los elementos químicos y armando todo según la composición de un organismo humano igual al mío, este se construiría delante de mis ojos y al terminarse, cuando se estuvieran los pensamientos, que yo creo deben ser materia y pulsiones eléctricas fuesen puestos en su sitio, aquel ser igual a mí no sería yo en absoluto. Sería tan otro como los otros, o incluso más. Sería un sujeto que mira desde fuera. Solamente eso, y no sé si realmente un humano. Creo, también, que si esa misma hipotética máquina me desfragmentara a mí, dejando lo que es esencial en mí para que siga siendo yo, aunque modificara mis ideas, mis creencias, mi morfología, seguiría mirando desde dentro, mas con otro punto de vista. Es lo de menos. Es el ambiente y las herencias los que nos guían por el camino. Pero el caminante sería, al fin y al cabo, el mismo. Pero no tengo certeza de si esa misma máquina imaginaria me destruyera del todo y regara mis pedazos yo pudiese tener algún tipo de existencia como la que tengo en este momento.

El genio es ese instante de silencio y preguntas que a veces tienen respuesta. Pero la mayor parte de las veces no las tienen. Y las teorías y constructos que uno alcanza a dilucidar no sirven para entender la realidad y sus fenómenos. Decía el poeta que cien mil genios andan por ahí desconocidos, o algo así.

Creo que no hay vidas pasadas, hay encarnaciones pasadas de la materia, que una y otra vez van construyendo nuevos seres. Supongo que los átomos que me conforman vinieron, en su mayor parte, de materia orgánica, del aire, el agua y demás.  Y no sé si ella tenga memoria.

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