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viernes, 15 de febrero de 2013

El clavecín

Sueño pesado. En sábanas revuelto, viene tu nombre inexacto a perturbarme con un bochorno de otras existencias. La noche pasa con su río de luces parpadeantes sobre los agujeros de la cortina. Rompen tus recuerdos como los dedos torpes de la niña en esa madrugada en que, sometida por un cruel padre sordo, tocaba las teclas con alfiler. Se escuchan al unísono las notas y el quejido.

Antes miraba a tu padre rígido y severo mirarme con fruncido ceño en su película casera. Tú estabas sentada el borde de la cama, con rostro de castigo y susto, con expresión de terror a cometer una falla que pudiera hacer explotar a tu padre. Tus hermanos pasaban frente a ti y tu hermana te abofeteaba a escondidas de los demás. No tenía ningún derecho.

En mis sueños cinematográficos puse tu película: allí te vi en fina estampa expuesta con tu rostro de niña y tu mutismo dilatándose en tus ojos chispeantes de auxilio.  La niña del clavecín que tocaba minuetos de Haendel con una parsimonia melancólica y danzaba al ritmo de las notas, como haciéndose chiquita y meditando ante el teclado. Eras diminuta e invariante como las notas del instrumento, pero al mismo tiempo ágil en tus notas, que variaban como las humedades de tu pupila dilatándose como cuando uno ama.

Parto,
te dejo,
te dejo
amada.

Mas al partir yo siento
un insufrible tormento.
Es tanta mi amargura
que no será mayor que la del morir.

Recuerdo esa aria de Porpora. Te veo extrañamente diluida  Con ojos de ciego pero con tu voz que se hace más grande que tu propio ser. Como si en el cantar se te fuera el alma y no importara nunca más el cuerpo. Cantando con la tesitura que yo tenía de niño. Imitando a un ragazzo que era yo. Muchas veces te imagino cantando el Ideale de Tosti en las escaleras de la escuela. Vestida con un traje. Con tu actitud andrógina retando al mundo de los convencionalismos que dice que el amor tiene reglas de sexo y genitales. A la basura tirara todo aquello. Sólo una mente frente a otra mente el amor. Sólo un ser frente a otro entre la tiniebla de la estupidez humana. Sólo el amor venciendo las barrotes inútiles impuestos por el dogma recalcitrante de las autoridades que oprimen el entendimiento.

Yo en tus brazos reposo. O tú en los míos. Eso ya no tiene importancia. De quién sea la voz no es necesario saberlo. Vibra en ambos y la abrazamos con el mismo cuerpo, con el mismo tacto. La música nos hace, de cierto modo, hermanos. Es una comunión más grande que cualquier ostia levantada por el brazo del que se presume dueño de la verdad. Que se queden los curas con el cuerpo de Cristo que devorarán fieles caníbales. Tu y yo sabemos que este secreto de música no volverá a repetirse más y que no precisa de la mirada de ese Dios celoso y castigador.

La música reía y lloraba con nosotros. Una rosa desfloró en la sala. Tu padre fue una clepsidra que rompía en los acantilados del filo musical. No existe más. Nunca existió. Era producto de las pesadillas. En sueño lúcido de notas lo hemos derrotado.

Cuando desperté recordé haberte visto llorar en esa película hecha por mi subconsciente  Con recortes de conciertos sabatinos y violines que empiezan a afinar el sueño.

Espero volverte a soñar... También al niño Mozart que en la bañera inflaba burbujas musicales con su flauta de carrizo. Quiero verlos a los dos hacer un dueto en la almohada. Será nuestro secreto.

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