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jueves, 7 de febrero de 2013

De cabeza, como un hombrecillo

De cabeza, como un hombrecito del paraíso de una pintura macabra, lloraba ese día.  Un colibrí pesado y sin sonrisa me miraba con su grande ojo, recámara de alfombras trenzadas con los hilos del cabello de una mujer. Yo miraba al colibrí sentado desgranando los maíces en el patio y a las lagartijas rumiar un poco de lluvia. Las vacas celestes mordían los pastizales de nubes y emergían grillos suicidas bajo la lengua de un padre ensangrentado. 

Todos vimos el espectáculo de guirnaldas y cometas caer al abismo y ser devorados por un can sonriente que suele molestarme en las tardes mojadas. Yo caminé al fondo de la alcoba y allí estaban unos unicornios contemplando mis pies, los deditos húmedos de leche y sarna de perro. Una ratita brinca de la pared y me profiere alguna que otra palabra de aliento. Al fondo las fuentes y los candelabros flotantes y todos en armonía cantando un aria barroca con sus voces limpias. Pero me han descubierto y desenfundan sus espadas y rasgan las vestiduras. Caen los pedazos. No estoy presentable. Meninas ríen. Vuelta sobre sí. Un paisaje de azul cromo y unas zapatillas. Un rubor necio como de querubín travieso y las calles vacías y las niñas corriendo dentro de sus casas como perras que no son pero asemejan. 

Los misóginos apuntalan a las rameras de Tlalpan y las avenidas bullen en borrachos de fin de semana. Yo no sé relatar cómo es que he venido a parar a este sitio a ciegas ando, tornasol coludido con el falso progreso y los nacionalismos. Mente quebrada, tímpanos de aceite. Una y otra vez un chocolate amargo que no puede ser endulzado. Los martirios de la fruta en los aparadores. Las manzanas fétidas y los perros orinando. Niños jugando a la pelota y Cristos corredores de bolsa opinando sobre política. ¡Pero que corrida de toros y cuantas manadas que no he contado con mis doscientos dedos pulgares! 

Permítanme decir que las mezzosopranos acunaron mis sueños últimos y me hicieron soñar con cosas imposibles, violines con voces de muchacho, cuerpos de galanura. Yo estaba absorto ante las vides y tomaba una por una para no atragantarme. El vino corrió por el patio y yo era muy niño soplador al pastel. Pero era un zorro verde al margen del camino y veía todo alrededor. Al Cristo de la sala y el pato de gamuza muda mirarme con sus tibios ojos. Te quiero tanto y vuelves como un corzo en esa banqueta y no me miras, sonríes ante la noche turbia de leche quemada. Como un recuerdo impalpable. 

Grillos cantan con violines destemplados. Cielo se abre en dos bajo disparos de los héroes del cine y sus falacias. Témpanos al contemplar la lluvia de catedrales y construcciones de hierro, ninfas desmayadas y olor a consultorio. Una barra metálica con olor a limón y la blandura de la corrosión de unas polillas que brincan para llamar la atención.
Las niñas corrosivas mostrarán su licencia para morder mejillas, asaltarán las fábricas y morderán a los obreros en sus talones. Estamos ante el espectáculo del desorden y una mente desfragmentándose y perdiendo cabalidad. No sé encarar, tal vez, las cosas propiamente y empiezo ver a un perro sobre el esférico saltar juguetonamente. Debería estar yo recostado en un diván para ser regañado por la psicoanalista y no seguir viendo bailarinas quebrarse los pies en la casa oscura donde brota un árbol, torpemente al amparo de un cielo grisáceo y un torbellino de hojas resecas. 

Tanta mediocridad de la modernidad  me atasca y me empacha. Deliro y no contengo la respiración, sólo voy a través de parajes y laberintos de sabor a piedra mohosa. Un gato no me acompaña, un gato que recogí después de la escuela no me acompaña, ni está conmigo brincando de un lado a otro de la cama. Ni toco la guitarra a un perro blanco con suéter rojo. Nadie me escucha cantar en este registro mudo el Ombra Mai fu.

Nos soy como ellos ni puedo pretenderlo. Yo me sacrificaría y cambiaría esta condición malsana por otra igualmente malsana pero sublime. Pero esta perra no nos deja escoger y nos quedamos con su herencia dictatorial que nos limita y empobrece. Yo le daría la espalda, le haría un gesto obsceno y saltaría tras el acantilado verde, tras las abejas que van volando y me invitan a la nada. 

Abajo colmenas reventando. Las lenguas lo disfrutarían mucho. Creo que no me alcanzaría para mantenerme con esta reforma laboral. Pero igual los gusanos me devoren y no sientan el peso de las leyes burguesas que me hacen decaer bajo el peso de la religión del capital. 

Los genios poetas me observan grandes los ojos y los castratos peinan sus barbas azules. A lo lejos, en un mástil atado, contemplo a las voces más virtuosas de la humanidad cantar con la firmeza y la potencia que ninguna mujer alcanzar pudiese. Y  como es de esperarse, ni las lianas que me mantienen sujeto son capaces de que me arrobe ante la intensidad y lo “escalofriante” de sus voces.  Sólo en la imaginación de esas arias paso las noches, y un grabación venida desde el más allá llena los rincones del cuarto con su sonido no humano.
A falta de pan, pasteles.

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