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jueves, 7 de febrero de 2013

Algunas cosas


Lindo rubio ríe. Levemente sonríe. Al fondo del pasillo campos regados nos miran con sus ojos gatunos de reclamo. Una hembra de Rubens, pudorosa, con un flaco mastín entristecido, corre la cortina y nos mira. Sus labios se contraen. Se retraen sus facciones y abre los ojos. 
Venus da sus pechos a los querubines, que se pelean por la teta. Extiende sus brazos a los arcángeles reposados. ¿La atarían? ¿La coronarían? No yo en espectáculo de luces.

Hembra gallarda roe un sol amarillo como un queso. Las Gracias danzan en torno sus piernas rollizas. En la densidad de la atmósfera sus pañuelos de seda suspendidos. De ruiseñores mártires las quejas en torno a sus cuellos torneados. Rubor de sus mejillas. Arbustos rasgan con sus uñas sus tobillos de niña sin pedir disculpas. Humedece la sangre los líquenes. Lirios revientan sus pupilas de aceite.

Plácido sueño de la enredadera subacuática. Barcazas fluyen Los remos frente al rostro. Un marinero ebrio, adolescente, de bucles impecables, languidece a la orilla de la chalupa, con los ojos cerrados y el cutis rozando el barro mantequilloso. Ondas del agua son acariciadas. Una Ofelia flota como los gatos muertos en los pueblos remotos; ante llantas y espumas industriales. Sor Juana azul cobalto mira con su único ojo penetrante. 

(…) Cristo con su expresión de tapa de libro.  Tres caídas. Gólgota. ¡Vamos, saluda a la muchedumbre, cuénta a los reporteros cómo estás sufriendo este evento! Te pagaremos una suma de exclusividad. El Vaticano construyó San Pedro en tu honor. Mira aquellas piedras encimadas unas a las otras para tu homenaje. Es tu deber cívico morir en aquella cruz. El padre lo quiere así. Y yo que no creo en ti ni en un ápice. Yo, que descreo de un dios todopoderoso que ni es creador del cielo y de la tierra ni todo lo visible y lo invisible te veo callar ante las bofetadas,  miro tu rostro en la sábana de la Verónica como fina estampa que grabarán en las tazas de Semana Santa.

Me siento en la más redonda piedra y veo pasar riachuelo cabalgando en raudales furiosos de gota, zozobrando barquillos de papel. Todos sin su soldadito… La sal los sepulta ¿como a los héroes? 
En la cima de la piedra colosal, ante el frío de la noche y los ruidos del bosque, espero la esperanza que acabe con mi desesperación de esperar. Tengo miedo al follaje, a un sol diminuto en cada gota y a los perros caníbales que a lo lejos aúlla su canto de guerra.

Noche arrullando vientos y briznas. Árboles anchos y robustos. Los juegos de los niños apenas audibles. Y sus manitas imagino en los sube y baja. Cicatrices hondas en la tierra y árboles tronchados en la superficie. Humus oloroso que cruje bajo los pies y es cómplice de la soledad ambigua. Silencio. La piedra gira y navega. Pregunta a los elementos por mi verdadero nombre. No halla respuesta.  

Troncos y mingitorios en los precipicios húmedos, donde están las víboras moviendo su cuerpo zigzagueante. Tengo miedo de la luz en las puertas: cómo se filtra, amenazante, por el umbral. Tapan la luz los pasos peregrinos de entes anónimos. La luz de las lámparas traiciona a la oscuridad.

Nada impide que estemos aquí, presas de silencio, con las bocas de cera y los ojos abiertos apuntando al pasillo. Deseando un momento de genio. 

Pido a mi dios natura que me devuelva, como a Sansón, un instante de fuerza, aunque sea el último, para hallar sentido a todo esto. ¡Oh, juventud de estrella perpetua tejida bajo la misma atmósfera, el mismo pasto! El reclinarse bajo la bóveda fría e imaginar que el canto puede abarcarla. Sólo la música puede penetrar al cielo. Pero él es más vasto que todos los cantos humanos. 

“Si dolce e’l tormento” que come las horas viniese de pronto a posarse en mi sien, sirenas enjutas con caras sangrantes en copas daríanme un vino de sed. La buba de un lánguido hospicio de  tísicos labios gangrenas besó, las vendas enormes del mundo en que niños de vientres hinchados se pudren al sol, mientras la parca “che in sen no ha pietà” aguarda, tranquila, las moscas profetas que auguran festín.

“Al ampo dell’armi vendetta fara” mi ánima cuajada de lombrices y sucias arañas y potros de feria, sonrientes gaturros comiendo puré. Unos renacuajos pudriéndose al sol. Dilatan las horas sus cuerpos cobrizos como los broncíneos escudos añejos de iras… como mis ensueños borrachos de niño ya antiguos que nunca creí se pudiesen borrar. Metales reflejos de muerte lozana y cuchillo veraz. Un árbol mi última cuna. Amable una soga, benévola abraza mi cuello: su gesto de amor.

II

Bailo en el salón donde yacían los títeres. Jugo de betabel y suéteres al aire, casi tocando el techo. Allí ensayé mis pasos mexicaneros y me vieron con sombrero de palma alzar las patitas. También bailé disfrazado de león y pintado raramente, con una niña de las manos. Reían al son de la música, ronda del león de dientes de seda.

Lloraban lagartos lorquianos y los miraba rogar dilatadamente a un cielo que, desde entonces, yo sabía, era sordo a los ruegos. La timorata luz en sus escamas. Secos están, cual un elefante en medio de la función, paralizado ante el público. Lo contrario de la jirafa confianzuda, que no duda en tomar el alimento con su lengua purpúrea. Sus grandes ojos en los míos. Su baba… 

Circo de redondeles y caballos blancos “los grandotes y los chiquitos” Un potrillo se lastimó y es aplastado por los machos indolentes, que trituran, con saña y prepotencia, sus huesos de niño. Al día siguiente vemos su cráneo sonriendo macabramente. Moscas bolean el hueso ya casi limpio. Pronto adornará el rancho del tío como un trofeo de cacería, junto a los cráneos vacunos y la testa del jumento. Ese rancho y la pileta donde nadaban, hace poco, bien nutridos charales. Donde vivieron los Buendía antes de que al niño con cola de cochino lo devoraran las hormigas. Después fueron a vivir allí los Mazini Ferraz y sus niños imbéciles, que no tardaron en degollar a su hermana, que la creían gallina. Y allí estaba el charco de sangre.

Tengo una bonita foto en ese cuarto, donde imaginé esas crisis de meningitis: con un sombrero, un short y una pistola de agua; abochornado al calor y las guanábanas. 

El patio inmenso y la cal con que pintaban los árboles... Allí también llegó la Revolución y Tita preparaba en esa cocina las perdices con pétalos de rosa. Y la vi morir cerca del baño en donde dejé mi colección de cangrejos color arena. 

Recuerdo también las cañas partidas por machete, a la sombra de los árboles. Infinito el mar, un cielo encabritado y devorador. Y sentía que las primas estaban a kilómetros adentradas en esa criatura. Y se divertían. Creí que el mar podría tragarse todo.                         
                                                                        Tal vez algún día me trague a mí. 

Montes de arena y granos revoloteando. 
Repto al borde de la playa ante el vaivén de las olas y sus espumas. 
Oleajes. 
Sombrero húmedo de palma con sabor a sal. 
El aire mismo es de sal, salado sabe el sol en su sosegada calma. Pero el arroyo está intocado y fluye. Pero no nos detuvimos en él. Ni nosotros ni el tiempo, que es avaro por naturaleza. 

La niña rubia

Una niña rubia en la jardinera, con gorra blanca y sonrisa a mí. ¿A mí sonríe?. ¿Soy gracioso?
La curva de su rostro. Amor. Blandura. Sed. Pudor. Mármol. Aceite vibrando. Silencio. Las cariátides y sus vestidos pétreos. Las aceitunas. 

Ahora, en este salón, imagino retroceder en el tiempo, sin estas tachas afrentosas. Te canto un aria barroca. Tu boquita sonriente se pone seria y cede el paso a las lágrimas, que son muestra de que estamos a mano, de que estamos verdaderamente unidos, pues yo no puedo sonreírte como tú me sonríes, pero puedo llorar aún más que tú. El encanto de los ojos, que son los míos y los de nuestro hijo que nunca tendremos. Sólo ellos participan en este régimen de notas y silencios de cirro de humo, en la cima del cielo, solo, en lo oscuro. No cierres los ojos. Allí te me veo a ti. Estamos juntos para siempre. Tus lágrimas resbalando en mis mejillas, cálidas. 

Tuve fantasías muy locas y sueños incompletos que no plasmé en papel, y cosas que me faltaron decir y que se tragó el tiempo. Nada permanece. Sólo estoy rescribiendo al mundo y plagiándome mi historia de vida que escribió Satanás muy dentro del infierno. Allí está su biblioteca que, tal vez, en sueños, he visitado. He hojeado sus volúmenes. Tal vez, inconscientemente, he repetido algo de lo que vi  allí escrito. Pues nunca he creído en la generación espontánea y esos asuntos de ingenuos creacionistas.

Todo tiene un antecedente, lo demás son cosas de ilusionistas, pero sólo eso. No tiene sentido pensar en la originalidad. Pero siempre me he sentido obsesionado por los efebos de los mármoles y su perfección inmórtal (sic) Jacinto y demás muchachos de buenos cuerpos bañados en miel y leche. Un Eros preparando el arco y su cuerpo estirándose. Sus miembros hermosos y el arco haciendo juego con su nariz recta. 

Yo quise un arco como el de esos dioses. Y tuve uno de madera con el que me entretenía en mis tiempos de secundaria horadando una cabeza de unicel y disparando contra las gaturras de la moda, las Paulinas Rubios y demás cáscaras de la banalidad. 

Jugaba en el patio a que era torero y pinchaba a la res, que tenía unas bolsas de agua que parecían manar sangre. Ole.  Yo, que soy contrabandistaau♪ Fería a la bestia de muy buena manera. Manaba de los sus hoyos pingue sangre. Faltóme tomarla de los cuernos y facer el salto sobre el lomo. Pero el patio era chico y pude quebrarme la cabeza. Desta manera me conformé con pincharla y menearla en torno al patio.  Después me arrepentí de mi mucha crueldad y mis malas maneras de sadismo. Las corridas me amilanaron poco a poco y resolví que era acto de gran sanguinolencia este que a mí tanto parecía gustarme. Resolvime a no hacer tanto caso de aquellos rituales que hacían mella en mí. 

Básteme decir, eso sí, que no abandoné el ejercicio del arco por voluntad propia, antes éste desapareció y nadie me supo dar cuentas de él. Paréceme que mi prima cruzada estuvo jugando con el, y vino el mal momento en que un niño cruzó por la calle y la flecha casi le da en un ojo. Creo que por esto desapareció el arco con el que jugaba, y nunca más volví a tener noticia de él. Los gatos chillones seguramente lo agradecieron, pues solía espantarlos lanzando flechas al patio de atrás para hacer resonar la cazuela de metal, y ellos, como alma que se lleva Dios o el diablo, que el mismo cuento son, desaparecían en la azotea. No sé si es mi imaginación o es verdad. Miro a un gato negro ahogado en la pileta. Extraño tanto esos tiempos. 

 III

Yo soñé mucho: Un caballo blanco que yo montaba. Laberintos incansables y ciudades extrañas. Callejones y yo de frente en la pared. Siempre soñaba que saltaba tras la ventana y volaba sobre la ciudad, para alejarme del bullicio. Algunas veces quedaba atorado en los cables de la luz. Algunas veces quería alcanzar el cielo y un techo pintado de azul lo impedía. Y quedaba como esos peces de los acuarios, que parecen besar el cristal y a los que los niños les mandan besos estirando sus boquitas.

Niños risueños en las carriolas durmiendo plácidamente. Los hijos de la burguesía tras los aparadores, con su calma de talco en suspenso. Nada saben ellos, y es mejor. Uno de esos niños creció, pero tal vez no era burgués. Y me miró tan contento como si lo fuese. Y encuentro una sombra semejante a él,  parece no tener ya rostro, parece que nunca sucedió aquello. Que mi imaginación divaga demasiado y a veces se repite, incansablemente en los laberintos. 

Yo soñaba, también, con la muchacha Stephanie, que iba a buscarla por los pueblos, tocaba de puerta en puerta y nadie sabía decirme nada. Pero la encontré mientras su madre le peinaba los cabellos en un patio blanco. Pero no me pude acercar. No había escaleras para acceder. Muchas veces soñé que sabía donde era su casa y que iba a verla, la llamaba y no respondía. Parecía que me había equivocado. Me acuerdo, y esto no lo soñé, que un miércoles maldito, ella me dijo que era un “majadero”. Llore mucho sobre mi banca. Ella no acudió a mí. 

Fueron todos al patio a practicar la taquigrafía. La maestra se quedó conmigo y me preguntó que me sucedía. No atiné a responder algo contundente. Estuve allí largo tiempo, Y cuando veía que las niñas volvían al salón, tomé mi mochila para que no me viera. Y me fui a mi casa.
Al siguiente día ella estaba con sus amigas. Y yo no quería entrar al salón, ni quería que me viera y me hiciera preguntas sobre cosas que yo no quería responder. Ella me interrogó, como era su costumbre, y yo no le respondí. Pero era día de laboratorio, y esto me emocionaba mucho. Siempre corría al laboratorio con mi bata puesta para ser el primero y ayudar a repartir matraces o lo que fuese preciso. 

Ella llegó un poco más tarde, con un gesto raro. Estaba allí su amiga P., que, por cierto, nunca me agradó. Volvió a interrogarme sobre lo que había sucedido el día anterior. Yo respondí que no era nada.  Me miró con sus ojos negros como diciendo “¿Cómo que no es nada?” garabatee algunas cosas. Creo que en esa carta decía estar enamorado de ella. Después me arrepentí y rayé lo que estaba escrito. Intentó leerlo y no pudo lograr su objetivo. Una vez más, (ojalá nunca lo hubiese hecho) le escribí lo que sucedía. Leyó aquellas dos cortas palabras y me miró fijamente. Escribió en el mismo papel un texto que decía, si bien recuerdo “No te puedo corresponder” “en el corazón no se manda” y no sé cuantas mamadas. Yo me puse triste, faltaba más. Pero los experimentos del laboratorio siempre fueron muy entretenidos. Pero eso no importaba. No tenía relevancia. Mira: qué bonitos matraces. Mira la pipeta, ¿No es graciosa? Pero si hoy hace mucho sol. Caracolito, caracolito…

En el patio había un jarrón chino. Era el patio rojo en el que solíamos practicar los pasos de danza con esos botines incómodos a los que siempre odié, esos que compramos en Xochimilco a buen precio, pero que, según el Prof. De danza, “eran necesarios para marcar el ritmo” a mí me gustaban más los tenis. Zapateaba contento algunas veces. 

Recuerdo cuando S me tomó con sus manitas y yo me ruboricé de tal manera que creo que ella lo notó. Hervía. Era tan estúpidamente dócil ante ella. Si fuera el de hoy, no obedecería a sus encantos. Me rebelaría y ladraría como un perro ante su belleza perecedera. Como cuando ella estaba molesta porque permanecía en el salón en la hora del receso. Debí mandarla a chingar a su madre… pero en ese tiempo uno no tiene esa visión de las cosas y se apendeja por cosas que no valen la pena, o que parecen valerla. 

No debí hacer tantas cosas, como escribir poemas en la máquina de escribir en esos tiempos de abreviaturas y demás arideces del secretariado. Debí quemar todo ello y rabiar en verdad contra aquel mundo opresor y contra esa mujer delicadamente hipócrita, que hasta el momento, ¿Qué ofensa le he hecho? No me perdona por lo que me hizo. Y lo dije bien. Estoy indignado. No tenía elementos para comportarme de otra manera. Fue tan inmaduro hincarme ante ella y decir que la quería fuera del taller de mecanografía mientras ella decía “me asustas”. Sólo eso era capaz de provocarle. 

Pero en otros momentos de mi vida ya había escrito esto, y no sé si por pudor o ganas de que esto no se supiera extravié, voluntaria o involuntariamente, un texto en el que narro más o menos las mismas cosas, pero que carece  de aquellas teorías por las que me juzgaron genial y por las que me decidí a estudiar antropología. Hubieran sido un gran comienzo. Eran como una puntada brillante que podría seguir hilando hasta obtener algo valioso. Pero no sé donde quedaron. No las recuerdo. No puedo, por más que es mi deseo, recobrarlas y remozarlas con las últimas lecturas. Refutarlas, si es preciso. Creo que sería más plausible agregarles fundamentos para dotarlas de sustento teórico. 

Te ruego, naturaleza, un instante como el que viví en ese momento, en las computadoras del CCH sur, en el que por un instante fui un hombre de genio, al que la naturaleza se le abrió como una amante dócil y le reveló, sin pudor, sus secretos. Un momento en que fluía sin cortapisas mientras ella recitaba aquellos versos que emergían desde lo profundo de las células, desde la raíz del gen, con un lenguaje que roturaba lo establecido, que taladraba las gramáticas y convencionalismos, con el que fui yo mismo, absolutamente; que me dio la oportunidad de crear un lenguaje sólo mío y un pensamiento que desvelaba todo, saltando de aquí para allá y derrumbando muros que parecían indisolubles, como si no costase dificultad, como si se desplomasen, unos tras otros, los enigmas del tiempo y del espacio. Otra vez, naturaleza, dame a mí este poder, para derrumbar las columnas de mi ignorancia y sentirme retornar a ese infinito inmóvil, a esas lámparas perpetuas, a ese silencio sobrehumano que lo llenaba todo con su belleza. Amén.

Creo que he cometido grandes errores a lo largo de mi vida. Enumerarlos todos me costaría tanto trabajo que no estoy resuelto a llevar a cabo esto. Basta mencionar que estoy arrepentido de haber estado en esa secundaria. Pero me sentó, eso sí, bien, el saltar los arbustos del patio y correr en torno a él en los recesos. O como el día en que era su cumpleaños, y la abracé y le entregué una florecilla. Corrí con mucha emoción. Ese día estaban haciendo flores de papel de china y las colgaban. Eran para día de muertos. 

Me vienen a la mente todas las cosas y se agolpan y se aprietan y todas quieren ser las primeras en salir, como niñas caprichosas que esperan la hora del receso y se empujan unas tras otras. También me le declaré a Alicia. Ya éramos amigos, en una etapa más tranquila de finales de la secundaria. Estaba ella sentada en el piso, recargada contra la pared. Le dije que me gustaba. Ella se puso seria y respondió que a la que en verdad quería era a Stephanie. Creo que luego sonrió. Esta vez no hice ningún drama. Todo estaba en su sitio 

Pero falta mencionar el patio y su árbol que me intrigaba aquella tarde. Stephanie me estaba mirando contemplar la cumbre de aquel árbol frondoso. Creo que pensó que era un loco, pues ella creía que estaba observando otra cosa más interesante. 

Yo me divertía bastante brincando las vallas en clase de educación física. Fabrique dos y me pasaba todo el tiempo queriendo saltarlas. Un día en el receso, brincaba a mucho placer una de ellas, y fui aclamado por la multitud. Sólo así tenía la atención de las niñas. Un día, después de ese suceso, una muchacha me preguntó que si quería ser su novio. Yo no supe responder, porque pensé que lo decía de broma. 

Recuerdo también que comencé a interesarme mucho por los libros de poemas del barroco y el Siglo de Oro. Yo quería ser como Sor Juana y Lope, como Cervantes, como aquellos literatos… Tal vez me he extraviado un poco en la senda o no he sabido emplear bien los medios con los que me dotó la naturaleza.
Confieso que últimamente ya no leo tanto como en los viejos tiempos, que este gusto ha cedido ante el arte de la ópera y demás grandiosidades que pueblan mi imaginación. Me da pena, o tal vez ni tanto, porque la pena vicia las literaturas, decir que yo quisiera cantar como la Callas o como aquellos sopranos naturales como Michael Maniaci o Radu Marian, con sus voces de niño y su potencia y dulzura expresiva. Las muchachas me considerarían ridículo. Pero no me importa. 

Nunca me ha gustado mucho ser un hombre. Quisiera seguir teniendo por siempre las cualidades de un niño. Aunque no encajara en el prototipo de belleza masculina, en la categoría de macho. 
Descubrí en un bellísimo muchacho que “burlaba el Insurgentes obsceno” con su belleza absoluta que yo amé. Con su delicadeza quasi femenina pero a la vez con la fuerza de un muchacho. Con esas cualidades que no tienen las mujeres. Quisiera ser como él, con su rostro inmaculado, casi de ángel con mujer, pero sin serlo. Era más hermoso que su hermana, que iba a su lado. Y no era fea.
Sentí como que la belleza del ragazzo se burlaba de mi rostro miserable. Casi caí llorando de rodillas ante tanta hermosura, ante tanta injusticia por parte del mundo. Ni Stephanie era tan…Ni la rubita. No tenían su vigor y su sonrisa de “Lo sé”. Cuando lo vi, leí en su gesto que lo sabía. Y se enorgullecía. Era Narciso frente a un espejo deformante. Y su imagen era yo. Él rió muy orgulloso de sí. Tal vez en el fondo estaba el horror o la tristeza. 

Creo que las muchachas se espantan de mí porque no les gusta un muchacho “tan modesto” como yo. Yo admiraba las pinturas de Julio Galán y me parecía, (no se lo digan a nadie) por momentos superior a Frida Kahlo. Había algo tan inquietante y conmovedor en aquello. Miré la pintura en la que él aparece vestido de charro, con rostro casi de geisha, llorando su lágrima voluminosa. Me conmovió tanto que me agaché y quise limpiar su lágrima. Tantas cosas que quisiera decir y no puedo.

Decían que tenía compenetración con él cuando miraron mis pinturas. “Es asombrosa la compenetración con Galán” “Le gustaron tus pinturas” dijo Zúñiga, refiriéndose a su amigo pintor. Entre ellas estaba un paisaje con un niño en primer cuadro “una perspectiva ingenua” “naif” nunca kitsch. Otras cosas con tintes mexicanos y primerizos, como un cuadro surrealista de un pasillo que se adentraba en el mar, y otras rarezas. “Eres una persona muy valiosa, porque eres honesto y no eres sectario” Me dijo Zúñiga después de ver una pintura con “ciertas tendencias sádicas” “¿Quién es?" Me preguntó el amigo de Zúñiga señalando un cuadro en el que pinté a Manuel Omar, un amiguito del CCH, tal como yo lo sentía, no tanto como era físicamente. Era tan inquietante todo aquello. Se despidió, pues con un gran apretón de manos. Fue grato. El caso es que no pude seguir pintando y no pude ingresar a la Esmeralda, y estoy aquí en la ENAH. Soy un caso complejo. Pero voy los jueves a cerámica y la paso muy bien. Llevo muchas piezas. La maestra es un ángel de persona.

Últimamente canturreo por todos los lados a donde voy. Siempre que camino trato de hacer una que otra coloratura, que si bien me cuesta trabajo, me gusta bastante. He descubierto que puedo abarcar la tesitura de  contralto. Algo raro. Aunque mi voz nasal no suene del todo bien, aunque mi pronunciación no sea la adecuada. Baste decir que no poseo un gran instrumento, ni mucha educación musical que lo haga funcionar bien. 

Daría tanto por cantar un aria imposible ante la rubita de la gorra, antes referida. Que fuéramos novios los dos. Mi mamá estaría contenta, y no le parecería mal mi relación con ella. Me imagino con ella muy contento. Ella riendo como cuando me veía a la distancia, y giraba sobre sí y decía no sé que cosas a sus amigas. 

Hubieses sido la única mujer en mi vida si esto no hubiese tenido que ser como ha sido, cruelmente. Hubiese sido un buen químico, sí, eso me gustaba bastante. Hubiésemos llevado “una bonita relación”. No estaría “traumado” y no dirían eso de mí tus amigas, cuchicheando a lo lejos, creyendo que no las escucho. Pero adolezco de todo menos de falta de oído. 

Recuerdo mis tiempos en la Facultad de Filosofía. Pero también solía reunirme con algunos amigos a escribir algunos poemas. Habían algunas imágenes buenas y otras que no lo eran tanto. A veces pedíamos pizza y el gato de Pável se acurrucaba conmigo. Leía algunos volúmenes de unas viejas revistas, el Ulises criollo, poemas chinos y “Cien gays” un libro que me atrapó y que traté de leer de cabo a rabo, mas no pude por la limitante del tiempo. Pável me mostró un cuento de cierta escritora en el que un príncipe necesita casarse, y ninguna de las pretendientes le convence. Es cuando conoce a un príncipe muy guapo que acompaña a su hermana cuando se enamora de verdad. Fue bonito el cuento. Al fondo había una canción de Agustín Lara, me parece, o alguna melodía clásica. Tenía buenos gustos musicales. Estaba escribiendo algo sobre Agustín Lara, parece. Pero es seguro que era un erudito en esa materia. Nos leyó un cuento (¿Fue ese día?) en el que rememoraba ciertas cosas que le sucedieron con un gran amigo que falleció. Recuerdo que en el final de la narración concluía con una imagen relativa a unos peces que quedaban varados fuera de la playa. Una imagen muy triste. Cada quien llevaba algún poema y lo criticábamos. Había buenos aspectos en cada uno.

He tenido momentos difíciles, y una vez quise desertar de la Universidad, y no me importaba ya el mundo, y mejor resolvía meterme a la biblioteca y no entrar a clases. Sentía una serenidad que no encontraba en las aulas. Allí no le debía nada a nadie. Quería ser yo y aquellos libros de la Samuel Ramos y la Biblioteca Central. Virgilio, vidas de monjas, libros de filosofía, Habermas. Nadie perturbaba mi paz. Hubiera sido tan feliz por siempre así. 

 He de confesar que también me aficioné al bel canto y a las coloraturas, y mis pies corrían tras el café internet en el que investigué la vida de los grandes castratos, y me obsesioné con sus obras. Vi muchos videos de cantantes contemporáneos, algunos sopranos naturales y otros contratenores dotados. Los qué más me cautivaron fueron Philipe Jaroussky, Derek Lee Ragin, Radu Marian, Michael Maniaci, Max Emmanuel Cencic, Alfred Deller, David Daniels, Andreas Scholl, Dominique Visse. También me subyugaron las mujeres: María Callas, Caballé, Norman, Godlewska, Fleming; Vivica Genaux (su destin avaro, sus arias para Farinelli), Cecilia Bartoli (amé su Sacrificium), Elina Garanca... Jennifer Larmore y su canto poderoso… Me aficioné a Porpora, Mozart, Haendel, Vivaldi, Beethoven… Me emocionaba tanto todo ello. Llegué en momentos a pensar que debí haber sido cantante y clavecinista. Es tan hermoso todo ello. Pero la vida es tan corta, una mera afición lúdica que no permite abarcar tanto. Aprieto un poco el cinturón.

Quisiera ser sólo música y literatura y no estar más amarrado a las obligaciones. 

Soy un desobligado, una criatura que no quiere llegar a su casa, y que por si ella fuera, no regresaría más, y viviría en el universo de sus gorgoritos y de “esas señoras que sufren tanto” 
Yo sería feliz con ellas a mi lado, pésele a quien le pese. Pero sé que no tengo acceso a ese tipo de existencia, que no puedo alcanzar esos estados. ¿Sólo la música es grande? ¿Acaso la palabra la puede igualar? No lo sé. Algunos dicen que la palabra es más precisa, o que nuestro pensamiento está hecho de palabras. No sé. Pero nada en la tierra es tan bello como el canto. Nada. 

Pensar que yo no puedo resolverme a cantar como sería mi gusto. Que esta infamante situación se sobrepone a mí y no me deja espacio, que restringe mi libertad. Mi mamá se burlaría de mí, como cuando me tildó de cursi por cantar en la cuerda de sol. Que se rían las niñas y me digan puto en la calle.

Quisiera fugarme por siempre y no darle cuentas de mi vida a nadie. Disponer de mi vida, aunque esto significara el suicidio y el rencuentro definitivo con la nada que es, siempre, superior al genio y a la banalidad.


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