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jueves, 24 de mayo de 2012

Primera siesta y poema a Arthur Rimbaud


Primera siesta



Casi en la profecía de cuervo atado

de siete mil millones de criaturas,

mentira todas de ceniza turbia,

deslucen las planicies de osos blancos,

hielo ya deshaciéndolo en su mano

de Dios no, que profano

“tímido ya venado”

ardí con su fragancia amordazante

en del barroco giros angustiosos

más hondamente en seso ya acendrados

por un navío cubierto de espadañas

que en mi conciencia son crines y arañas

de sosegados falos cavernosos.



Así, los más odiosos

cardúmenes envueltos en navíos,

son no las olas de envolventes bríos

en mi cuitada testa otrora “sabia”

que los dictados de moral agravia.



Yo, entre saetas y cuerdas pulsadas,

en del machete golpes y de huidas

a rumorosa hondura do el quejido

agudísimo pierde su sonido,

no menos presentía

por candado de orín todo anegado

de los dioses hermanos de Natura

que, como siempre, oscura

sus hiladas de humo tenebrosas,

no menos misteriosas,

lidiaban defendiendo lo salvaje.

Si al hombre es un ultraje,

a mí savia de verdes en cada hoja,

fuera de vano anclaje

en que la turba lega fácil nada,

que engaños son de los progresos fatuos

y de clarividentes amapolas

que en telescopio a solas

dividir a los quarks y a los minutos

en agujero de gusano raudo

y en controlar bursátiles medusas

se empeñan con sus ópticas enfermas.



Claror de oscuridad de un solo ojo

el progreso sombrío es,

por mí que lo cegara

si yo mi flecha clara

a lomo inmaterial domo profundo

en ímpetu lanzara flecha dando

para con fuerza en cirio de la frente

herirle el sol de la pupila fría

retorcida en un cuervo antropocéntrico

que cree que de partículas no esclavo y

dueño es. Y, títere, lo veo.

Yo nunca le besara las sus manos,

aceros y extraviados ora arcanos,



Yo, gato entre las chácharas, veía

la mi prisión en sosegados chancros.

Me evadía en piletas de oro sucio

para tomar ballenas y pilotes,

tacos, tortas, olotes, ajolotes,

maíces, vulgo, trompas y trompetas

en de derviches giro inmaculado

y en santos y en ascetas

girando no en mi canto,

en la prístina voz de los poetas

que petrifico al punto por mi llanto

esquilado en mi voz si la conjuro

en místico furor, en honda nada.



Y luego, enloquecido,

y en mis huesos desnudo más desnudo

que el aire desnudando a lo desnudo,

sin poder perseguirme con los hombres,

hembras de sueño sigo

en una algarabía de huesos secos

y parvos intestinos

que al tálamo contagian sus destinos

impíos, mucho más umbríos y cortos

girando en los abismos,

en Loco y Precipicio,

Pentáculo que vaya hasta el fornicio,

o hasta el Mago el Azul y el Amarillo,

la Reina  no, El Carro a mí nadando

bajo el sol mineral de La Papisa

que corre su cornisa

para mirarse en mí en luna y Demonio

aquilatando suaves mis cansancios

en ácidos dolores de mi cuerpo

en que me duele el mundo hasta la meollo,

en que me duele el mundo hasta prepucio

para acallar los astros con el giro

del péndulo agotado en giros raros

que rigen su camino los pulgares,

tal vez enternecidos materiales,

diamantes mal fingidos,

manoteos y aspavientos en su ruido

en un chillar de gato en los sillones

hundiéndose en sus propios Esquizoides.



Y cuando hienden osos de los polos

con témpanos de amor mortificante

que creen no obscuro, amante,

por mis amores doy agrios latidos,

más hondos mis gemidos

que las de un buitre danza a las carroñas,

arañas de la infancia y sus ponzoñas.



Niñez más que el infierno:

furor que me comía

de propios intestinos

miel tan mía,

abejas y piquetes en mis dedos

rumiando yo, penoso,

otra vez rutilante y angustioso.



Un beso de madrastra por los suelos

volaba en microchips pulverizados

y tintineaba en Word mis versos bravos,

cantigas de avefría,

que no mi testa con vigor hendían

en rosas no nacidas para el héroe.



Con Pentáculos nuevos aguzados

no han de agostarme todo los tentáculos

que en mi memoria dan giros orgiásticos

sin remirar lo caminado en notas

que descienden a altura de algodones

que arden en mis dedos querubines.



Mas como el que ha volado

en sinrazón sin lógica ora atada,

y todo anestesiado

a la razón en pedestal situada

me juego con mi raro

sentir de pez de escamas desatadas

con dos iras de sueño entre mis dedos

con un paso de danza hurtado al tiempo

que en sus violentos cuadros dinosaurio

no cansó mis navajas en aplauso,

ni mis manos ajorcas-plumas-monstruos

en vértice engranaje del sentido

por mí más que vivido.



Tragedia mi niñez, delicia insigne,

acto creativo, Midas en el dedo.

Así, con este dedo,

voy uvas putrefactas convirtiendo

en los jaspeados monstruosos

figurines más blancos

que putos querubines.

Voy pregonando muertes.

Bien que me escupa el mundo

y me recuerdes.





A Rimbaud



Oh, mi Rimbaud, mi lúnula galante;

yo lloro entre mis sueños y te miro

en místico turbión del amarillo

de las ocultas fieras simbolistas.

Te miro evocador de las palabras

en de delirios témpanos truncados,

tetas enormes, putrefactos huesos,

que yo muriera en ti, que yo muriera.

Yo te recuerdo junto a mí, y la rubia

atada “en unos postes de colores”

se encela de que grite yo tumbado

en el suelo cual un perro de fiesta

cansado de los mismos maquillajes:

Oh, mi Rimbaud, mi lúnula galante.

Y acristalando mi ala en aspavientos,

cual Lorca reculando entre los ríos

cubiertos de los sesos más sesudos,

cubiertos de un sinfín de niños muertos,

de transparentes sémenes arcoiris,

deliro en mi fragancia de carroña

recordando tu pene cual un aura,

recordando las “cien cochinas moscas”

que yo por ti besara si vinieses

de nuevo a mí cantando en las orillas

de las hambres, los gritos que te adoro

y aquellas temporadas con el fauno

de la testa socrática y pulida.

Yo nunca acaba y siempre está bullendo

en del barroco giros angustiosos

que simbolistas son a veces pocos.

Yo te tuviera aquí desnudo, amado,

para rociar la flor de lo purpúreo

con arcoiris nuevo en los hedores

que presagian la muerte antes del alma.

Te confundiera con el indio niño

de los penachos impasibles verdes.

Te confundiera con mis muslos verdes.

Te confundiera con mis sueños verdes

y mis sirenas de infernal infancia.

Y abrazaras la almohada más siniestra

con tu “Hop, Hop”, mientras te toco el muslo,

y, en endriagos latidos de mis labios,

te abrigara la cada vez más grande

flecha de sol enmarañada en astros

para beber el girasol bullente.

Oh, mi Rimbaud, mi lúnula galante.


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