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martes, 22 de mayo de 2012

Poesía experimental


Ambigüedades

“Que de las no confusas sínquisis de mi ser,
seleccionadas fueron las de claridades más;
aunque ambiguas siendo siguen.”

Una túnica purpúrea nos envuelve
en la onírica ribera de la mente.
Mientras se reinventa nuestro ambiente,
la mixtura verborum, nos revuelve.

Acabado de su cúmulo estropeado,
tiñoso el día, nuestras confía congojas
que de las ya frustrado e ignominioso hado
locas alas sus fueron en las hojas.

La alborada, en el matutino asiento,
esperaba yo pronto que llegase;
y las pulían hadas en el aliento,
glacial quedó la luna de la fase.

El criselefantino restregóse,
no cachicuerno del puñal gritaba,
pecho afilado en el traidor movióse,
oro y marfil gimiendo se clavaba.

La noche, los cristales, las pagodas,
las mustias, las infantas, los cohetes,
los róbalos, las ruedas, las beodas,
el láudano, los canes, los machetes.

No observamos la no felicidad
de aquellos parajes no arbolados
que no nos contagian tranquilidad.
No están, por el verano, coloreados.

Reías alegre de tu boca, risa;
y el aire aireaba aires de la brisa.
Lágrimas llorabas en tu llanto:
tu lacrimoso encantador encanto.



Noche de insomnio y locura

Allí donde se tiende la uva verde
resuena del dolor bello quejido.
Allí donde un león salvaje muerde
mi spirtu que fenece en su rugido.

Y la herrumbre del alma se adormece.
El tálamo, mohíno, se restaura, se entorpece.

El lóbulo temporal de mi derecha
se estremece en tronco de neurastenia.
Y mi alma distímica se dobla enmarañada
en la red de la implacable madrugada .

Dementia Praecox se me revuelve en la neurona,
Esquizoide zángano picotea mis últimas ternuras.
Noctívago, el insomnio merodea
sembrándome cuantiosas desventuras;
clavando su maldito diente opaco.

El jinete de las pasiones ciegas me otorga uno de sus nardos:
El que a ti me enlaza, insuperable niña de manos de cordero de rubio pelo.
De pelo cordero el que, de manos de niña, me enlaza a ti: rubio insuperable.
El de niña que me enlaza a ti de manos; insuperable cordero de pelo rubio.

Oye mi canto; mar que desembocas en el Danubio,
paloma que devoras gavilanes.
Tú que ruedas en mis ambos hemisferios,
escúchame con tu piel muda,
Reina de la Candente Aguja, de la amorosa espina,
amazona del equino de la dopamina.

La de la verdadera desnudez
que no se halla sino en
el prisma de la mujer amada.
(O del muchacho amado)

La que en mi locura, su máxima repite:
“Mi tálamo te adora,
mi tálamo te adora.”



Amour

En las estratagemas de las gemas,
trama su ardid el amo de la flecha;
arrecia su arco, arroja sus dilemas
en punta de oro a quien ni lo sospecha.

Me seducen, me embelesan, me hipnotiza,
tanta lindeza fina y tan dorada:
tus ojos, tus mejillas, tu sonrisa,
de niña, de clavel, de piel templada.

Así, pues, los designios ignorando
del caprichoso rubio de la aljaba,
rendido y a tus pies, amor demando.
¡No tardes, que la angustia me socava!

O estruja más tu lazo en mi garganta
si a tu beldad injurio enloquecido.
O abraza mi cadáver, que se planta,
desierto, en tu calor enternecido.





Ave agorera

Áspid abre artimañas alevosas,
adrede araña a ave aventurera.
Al alcatraz, asusta ave agorera.
Amansa a amedrentadas amargosas.

Anegándose, altiva, ante albufera
amuestra afectaciones aceitosas.
Aspira alucinada adormidera;
admira a añagazas asquerosas.

Arisca, apaga antorcha, alma adorada. 
Arrecia antipatías acobardadas.
Aviesamente asfixia a Alborada.

Ahora a ataduras amarrada,
aúlla al albo amor, arrepentida;
allá al averno arduo, añadida. 



Herejía

Iglesia, ¿cuándo fui de tus mentiras enterado?
¿Cuándo el falso dios cayó al légamo fangoso?

A mis diez años trocé tus artificios,
que mis fantásticos ensueños, más ficticios.

Institución de crimen disfrazado de virtud;
el metafórico Satán se condolece de ver tanto pecado.
Cristo Histórico llora de ver sus preceptos degradados
en la farsante atmósfera de rectitud.

Ecce homo, muestra aun más su triste llaga;
soporta nuevas crucifixiones
nuevos flagelos,
nuevas pasiones.



A Jean Succar Kuri

Un ser tan depravado y miserable
no merece poema que le hable.





La princesita

I

Hija de la reina de Saba:
Ni Salomón el Sabio
supo el gran misterio de tu exquisitez.

II

En zafiros y turquesas y esmeraldas
y diamantes, corindones y rubíes
realzas tu lindura inigualada,
y ensalzas tus mejillas carmesíes.

Tanta belleza fue, que el pez en los páramos trotaba.
El potro buceaba en abismos náuticos.
Oro volvióse mota intrascendente.
La vanidad del hombre murió en el instante
en que al mundo se mostró beldad flagrante.




Reinterpretación: “A los ojos del amor”

A los ojos de amor adolescente
tu belleza fantasiosa mostraba
tus ojos de obsidiana refulgente.
En envolvente aroma suspiraba.

Un manantial de vida me envolvía
en aguas de bellísima energía.

Que el cisne, fuiste tú más elegante;
las flores desfloraban a tu lado.
El amor que me tuvo cegado,
mi alma sabe ya lo que define.

Tu piel tuvo fineza de la seda.
La luna tu hermosura te envidiaba.
El sufrir que quemaba y derrumbaba,
trocóse en tierra, en cieno, en polvareda.

¿Tus manos, tu boca; símbolo de amor?
¿suave locura me hace por ti morir?
La injusta flecha cesó su devenir;
fenece el cariño lleno de fervor.
                                                                         
El agudo amor de tus tiernos brazos
fue arrojado a las herméticas cañadas.            
Mis pasiones perecieron despeñadas
por el gemelo infierno de tus brazos.

Las cartas de amor para ti escritas
locas palabras, insulsos poemas,
me lanzan sus tremendos anatemas
al recordar sus lágrimas contritas.

“Aleluya” no basta para expresar
la paz del olvidar tu cruel amor;
extinto ya su implícito dolor,
hasta he olvidado ya lo que es llorar. 

Tranquilo vuelo en el cielo;
este amor ya lo olvidé.
Tus ojos bellos y negros
a pozo sin fondo arrojé.

Tranquilo vuelo en el cielo;
y vuelo y vuelvo a volar,
la mirada de tus ojos
pude por fin olvidar.

Otro hombre ya veló tu cutis blanco
y poseyó la fuente de agua fría.
¡Qué importa; si final del largo día,
darás cuenta que quien te poseía
era quien tú lanzaste hacia un barranco.

El sereno soplo del suspiro
es la paz que tranquilo respiro.
El sereno soplo del suspiro
es amor, que por mí, lento inspiro.

Y cuando la luz de luna
anunció la despedida,
y mi pasión afligida
agonizó su fortuna,
nada arranqué de mi pecho;
murió, cuajado, el despecho.
Más que yo, otro hombre te ha amado
Otro hombre ha en tus labios revivido.
Mil labios han los tuyos inquirido.
Cien cielos han la tierra deleitado.

Nada se cristaliza ni se quiebra.
Lugar tuvo ninguna despedida.
El árbol sin raíz ya se suicida.
La ufana Parca ya desteje su hebra.



A un pez

Un bondadoso helecho te besó el alma,
conciencia elevada por encima de los hombres.
Guardas la sonrisa del agua en tu aleta.

Por fin lo comprende mi espíritu:
eres tú la verdad del universo.
Cada timo de tu aleta es una máxima.

Yo, en noches errabundas, forjé mi endeble casa;
que arrastrada pronto por la otredad insoportable,
me hizo morder la raíz de amargos pastos.
Bebiste mi lágrima.
Con tu aleta caudal disipaste mis melancolías.
Tu mesura me mostró manos maravillosas.

En tu ojo sabio, una lágrima dichosa se asomó.
Comprendió mi insignificancia tu ojo bueno.
Tu noble boca, tiernamente, expulsó mis últimas vanidades.

¿Quién pudiera, como tú, pez extraordinario,
erguirse entre las aguas ausente de pesar?

¿Quién pudiera, como tú; pez tan solitario,
bailar en compañía del agua de la mar
ficticia que hay en tu esfera de cristal?

¿Quién pudiera, como tú, no pensar en el tiempo del morir
e ignorar el látigo tirano del dolor?

¿Quién pudiera, como tú, tan sabiamente el tiempo digerir;
abrazando una vida alejada de miseria, de  avaricia, de vanidad
y de traición?

¿Quién pudiera hermanarse con tu ojo observador?



Amoris Magna

a X.

“Amor más grande: el que nunca se dice”

Era como gardenia generosa
mi amor por esa niña de mi infancia;
magnolia que dotaba su fragancia
entre los dos, rotunda y vaporosa.

Era mayor que el éxtasis la rosa
que extendía su aroma en la distancia.
Tendía un coral su exótica sustancia
en mi vena pudibunda y ardorosa.

Y siempre fue mi sueño lo que sueña
un mutuo amor, ardiéndose, en la leña:
una mano que así se me extendiera;

tan tierna, tan intrínseca y risueña
a acariciar mi piel; y se tendiera
en mi desnudez. Y así me poseyera.



Poemita erótico

...y desnuda y pudorosa
temblaste bajo el éter de tus muslos.
Quedaste desmayada y ruborosa.



La niña bonita

Era una niña boni-
que cabalgaba en un po-.
Ella era la favori-
del ruiseñor armonio-

Todas las flores del cam-
saludaban a la ni-
mientras pasaba cantan-
por la dorada campi-.

Yo me alegré mucho cuan-
alegre sonrió la neni-
al ver una ardilla chiqui-
comiendo su nuececi-



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¿El amor es el desenamoramiento del tridente satánico;
un casi declarársele la guerra?
¿es no necesitar sus suaves muslos; vivir a gusto en soledad, pero adorarlo?
¿es el caballo que trota caminos imposibles de trotarse?
¿cenzontle que entona un canto en el oído del búho?
¿es el chopo que crece en la ribera,
y se alimenta de la diáfana agua de la eternidad?

El amor es el instante breve
plasmado en un retablo en forma
de un iris enorme y lento.

¿Amor es sueño claro; estar despierto y contemplar el rostro de Dios?
¿nadar en un mar tempestuoso y acariciar la dicha
de estar acompañado de un alma que tiene las lenguas del fuego
entre su voz misericordiosa?

Amor, es el mirar que nos desnuda la médula del alma.
Es tener la vena insertada en la vena de la amada.

Es beber el rocío que gotean las flores del edén.
Hundir los pies en la arena de un dios ingrato,
y, a la vez, bondadoso.
Es... no se qué es.





Haiku de la paloma

Una paloma
voló hacia mi ventana
esta mañana.



Deseo frustrado

... y se sonrojó apartando mi mano.



Cuentito

...miré el horizonte:
la niña en el barco regresaba.



La máxima del filósofo

Mi máxima es que no hay ninguna máxima.



Pudores

Se mostraron entrambos sus cuerpos,
sin pudor ni recato social.
Pero, púdicos, visten su sombra
bajo el manto de seda sexual.



Cortando una vena

Cortaré mi vena al lado de tu oído,
para que así escuches el cántico
de los leucocitos desfallecidos,
pero también, el de mi muerte.



Amor extraño

El beso, el agua, el fuego ingenuo que nos quema,
cayendo así tan suave como hoja del otoño;
cuando ni las abejas cuidaban su colmena,
ni el árbol de la vida miraba su retoño.
 
Ambientes germinaban en el nirvana grato,
en que nuestras miradas, eternizadas bajo
la edad ingenua y noble del ósculo novato,
nos dio inefable goce. Bondad lo que nos trajo:

un beso en la mirada tan blanco como el alma;
¡la mano nacarada, las plumas blanquecinas
de dios niño elemental, omnipresente calma,

flechas eternizadas por franjas azulinas.
(Por quien rendí mi diestra; por quien se desempalma
mi espíritu de odios, de adargas purpurinas)

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