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martes, 22 de mayo de 2012

Poemas a un niño ingrato


Decepción, renacimiento

El alma se pudre, ¿quién la llora?
El cisne carga un sol de oscuridades.
Alma mortal que, bajo la aplastante ligereza
de un maligno cisne, su tragedia ignora.

Infancia ruin de la maligna madre de todas las criaturas,
infancia procaz,
lacerante ala del alga.

Ruin criatura, hijo de Venus:
yo te condeno a beber interminablemente
los virginales besos de las rameras.

Infernal de Psique amante:
lanzo hacia ti los dardos
que un día me fueron dados
por tu hipócrita mano.

Yo, que un tiempo supliqué a tus blancas alas
mujeres de bondad, púrpuras bocas,
hoy te injurio.
Te condeno a compartir esta pasión sin límites.
¡este amor falsamente filosófico!
¡este amor finito del alma mortal de los humanos!
¡esta falacia que llamamos espíritu!
¡esta...

Omar, que refulgente en otra aurora
vibras al par de lunas meta estéticas.
Dulzor que revelándose a deshora,
piadoso, me convence en sus dialécticas.

Qué equivocado estuve, niño tierno;
que por beber mujer, bebí el infierno,
que por desear sus cuerpos engañosos
olvidé el sol-raíz de entre nosotros.

Niño, dueño tan mío, en esta aurora;
ángel que corresponde a mi plegaria,
brisa que se me torna acogedora,
beso de sombras, urbe solitaria.

Astro tan mío, que en urbe palaciega
tu trono tienes, de bondad formado.
Besa mis labios, mi ánimo sosiega,
dame tu cuerpo, tu hálito preciado.

Ciñan los blondos rayos del dios Helios
nuestra corona de laurel, nuestro navío de plata,
nuestra lluvia de mirtos suavizados.

Eros, perdón por mis ofensas infundadas,
me has dado ya, por fin, tu flecha aurífera.
Para agradecerte, te ofrezco esta hecatombe
amena, este sacrificio incruento que fluye
entre Omar y Cycni, enamorados.





Oración al dios niño

Padre nuestro que estás en Olimpo;
santo y alabado sea tu nombre.
Venga a nosotros tu reino efusivo.
Hágase tu voluntad en mi pecho
como en el de mi Omar, mi cervatillo.

Danos hoy nuestra flor de cada día
Viva en mí un benigno hálito afectivo.
Inúndenos tu grata hechicería.

Abona nuestras pasiones como
también abonamos los campos yertos.
Déjanos caer en grandes pecados
e incítanos a nunca más llorar.

Amén



A Manuel Omar V.

¡Qué equivocado estuve, niño tierno!
que por desear tus besos engañosos,
por adorar tus ojos misteriosos,
y por quererte a ti, bebí el infierno.

Narciso ingrato, llama del averno;
negado me has los lirios amorosos,
lanzado me has a mares procelosos
donde reina un can Cerbero eterno.

Mentísteme al decir que me querías.
Tronchaste de dios niño la áurea flecha
que me elevaba a campos celestiales.

Thánatos calmará mis agonías
y curará éste amor que me despecha
con sus piadosos dardos espectrales



DE CÓMO MURIÓ AQUELLA QUE MÁS TE AMABA

POR CULPA DE TU IMPERDONABLE INDIFERENCIA



Soneto

Del Estigia dotástele la hondura
ese día de sangre envenenada.
Inútilmente, el alba enamorada
quiso en ti disolver su atroz premura.

De indiferente ortiga la armadura
herbácea traslucíase en la morada
del psique. Regalábale tu espada
hielo mortal de lóbrega tristura.

Y, en tanto que el invierno de las rosas
de retardar su paso se jactaba,
llovían nardos con cuitas abundosas

en la esencia de quien más te adoraba.
Omar, ella abrazó muerte ruinosa;
ella, pues de mi alma se trataba.





BURLÁNDOME DE LA ESTADÍSTICA

Soneto

Presente aquí en mi ausencia presenciada
por Morgan, Efraín y la maestra.
Ausencia cuya causa tan siniestra
es del maligno lirio bien deseada.

Del aguamiel el mar la causa airada
de mi ausencia que su promedio muestra;
el golpe que me da con mano diestra
la desviación estándar alterada.

No me des matemática esperanza,
niño, que la mediana de estas penas
es pústula sangrante y sin templanza.

Y el espacio muestral son mis cadenas;
y, en azaroso giro, la varianza
es la áurea flor con la que me envenenas.





DEL POR QUÉ DEJARÉ DE

ESCRIBIR POEMAS LÍRICOS

QUE HALAGUEN A LA BELLEZA



Tanta destrucción causó el Generalísimo Amor en complicidad
del comandante Omar en los terrenos de mi espíritu,
que sólo me alcanzaron fuerzas para escribir el siguiente soneto:



Soneto

Era mi corazón lúcido lirio,
un astro acuático en Amor hundido
donde el ensueño era bienvenido
entre infantiles sueños y delirio.

No me hería con sus flechas carro asirio.
Apolo no se había desvanecido
ni el Parnaso las musas diluido
en un seno de horror y de martirio.

Mas, Omar y Amor, sus artificios
fraguaron en el campo desbandado;
aliaron sus infames armisticios

en contra de mi ejército cansado;
a Apolo sometieron a suplicios,
e incendiaron de las musas el poblado.

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