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martes, 22 de mayo de 2012

Poemas a un chico ingrato




Poema a Omar

¿Llorarás mucho, Omar, cuando me vaya
a la ebúrnea región que tanto anhelo?
 Ya no ambiciono el tártaro ni el cielo.
¿Razón que me detenga puede que haya?

Ni el amor que ignoraba la muralla
disparecer podría mi desconsuelo,
ni de tu tierno beso el terciopelo
bien sabría prometerme vida gaya.

Obelisco nutrido con tu sangre
mis labios regarían con savia densa
en un momento eterno sin momento.

Mas ya cuando la espina me desangre,
dardo amortiguará mi pena inmensa,
y Xochimilco oirá mi último acento.



Para Omar

Ya en vastación callada no moría
el alborada en mí: tu entendimiento
avizor de palacios, dios de viento,
en mutua soledad más nos unía.

Ya de ti mi remanso no evadía
esa undívaga noche de tu aliento.
Tu alma, compartiendo mi hundimiento,
un muy gélido cuervo en mí tendía.

Silencio: comunión de dualidades
de pájaros de vívida negrura
con que Amor me abrazó en su lumbre umbría.

Omar, Omar, altar de mis verdades:
ya no será nuestra nuestra amargura
ni abrazaré tu tierna compañía.




Venas nuevas

La sulfúrica sangre en mis foliolos
dejar yo quiero ya, pues es ya es bastante
soportar tanta infamia del progreso:
acero con cristal, falto de vida.

Vayamos a la casa del cenzontle.
Vayamos donde moran los quetzales,
no a celador asfalto de aspereza

Vayamos donde Newton no nos toque
con científico dedo, ni nos sigan
los metálicos búfalos de la urbe.

Y, en indígena canto, nos unamos
a Tloque Nahuaque; y conozcamos
Venas nuevas de mística templanza.



Remanso es donde dejas tu semilla

Remanso es donde dejas tu semilla:
un ígneo rayo a Tonatiuh robado
y en mi triste persona coronado.
No hay sol donde ya almuerce la criadilla.

Si piensas que yo he hundido, mujercilla,
en vírgenes lagunas mi cayado,
te engañas: de mi limbo no han hurtado
la oculta y siempreviva maravilla.

Desperdigada más está tu casa,
lechuza sin mochuelo. Te he dejado.
Te dejo para siempre. Ya no abraza

mi espíritu lo huraño de tu estado,
ni lisonjea tu donación escasa
ni lame tu migaja anonadado.



Del deífico dios las liviandades

Del deífico dios las liviandades
se suman; y me deja acongojado
la libación perpetua, el celebrado
goce que, para mí, son liviandades.

Yo no quiero tus místicas verdades,
Jehová, ni quiero el paraíso ansiado
por las crédulas almas que a tu vado
se abrigan y creen librar el Hades.

No tan simple yo soy que tus falacias
creer pueda con candoroso gesto,
aceptando tus lerdas autocracias.

Sucúmbete; no tienes parte en esto.
Eximiré yo mismo mis desgracias.
Del infierno me libraré, funesto.



Flor y paraíso

Efluvios das que a las auroras restas.
Destellos das que a los luceros rindes.
Con tu beldad verdecen las florestas.
Del dios de los cristianos tú prescindes.

De Xólotl el ígneo fuego escindes;
sus Xoloitzcuintles de peladas testas
te indultan de sus lápidas funestas
en del infierno los lejanos lindes.

La mortaja trasciendes con tu hechizo.
Con navajas de luz abres mi pecho.
Con aforismos mudos de un Narciso

me subyugas, fogoso, en nuestro lecho.
Xochiquetzallin, flor y paraíso,
está bajo la sábana al acecho.



Carmíneo verso que el espirtu inflama

Carmíneo verso que el espirtu inflama,
dulce vaivén de aquesta sangre herida,
al compás de un cantar se me derrama
por sanguíneo atabal que da la vida.
A un tiempo se resguarda la ardua flama
de amor por tus virtudes sostenida;
la ungida panacea que me cura
mi inmórtal y mi vívida tristura.

Con desmedido goce mis latidos,
con tamboril empeño se desmiden
en aras de mi amado, y, comedidos
a su noble causa bien se conviden.
Antes que, por la muerte, consumidos
se vean los hechos que al amor presiden,
sea mi amado mi luz consolatoria
baúl en donde guarde mi memoria.

Menguándolo en un lazo, en plomo fiero,
o en un de Xochimilco un cenagal
cisne yo exhumo a este plañidero
en su sublime nota y divinal.
De dioses favorito y heredero
lo acompaña, dolido y lacrimal.
Más bella es su voz en el solfeo
que la de Orfeo en sereno bisbiseo.



De la Callida Forniax la regente

De la Callida Forniax la regente,
rompiendo iba las filas enemigas
con temple más sereno que candente.
Como arrancando con la hoz ortigas,
el campesino, sin fruncir la frente
ni conmover su gesto a las fatigas,
cosechaba la Reina al enemigo;
el sanguinario campo es el testigo.

El rudo molimiento que fatiga
de Califia los brazos de la hija,
motivo no es para que flecha amiga
a un nuevo pecho ya no se dirija.
Ya con flechas veloces los castiga,
ya su paso acelera, al potro aguija.
Aun más, con desenfado, les cercena
del tímido cuello la longa vena.



Abandono

Quiero dejar mi lágrima postrera
en tu manita tierna y amorosa;
en ti, pues en verdad tú me quisiste.
Daré un último beso a mi quimera,
me extasiaré con la doliente rosa
que me acompaña al mundo de lo triste
mientras mi ser en el vivir subsiste.
Me llevará una brisa temporera,
humosa tolvanera.
Abrazaré ulteriores amapolas,
rememorando a solas
el divino mirar que me imprimiste;
recordando, luego, cuando nos vimos
y por ultima vez nos intuimos.

Prepárate a las próximas nevadas,
que un blanco cisne eleva sus cantares,
en mi momento acerbo: mis velorios:
ajadas hojarascas en cascadas
derramando sus lágrimas seglares;
cantos, si bien se ven, deambulatorios.
Veo desde mis deshechos abalorios
a mi madre en mi muerte condolerse,
al sueño disolverse,
llorar todas las náyades mi llanto,
perder mi verso encanto
y ungírseme los bálsamos mortuorios
mientras se burla el Cóndor de mi estado
al verme en sus tinieblas derrotado.

¡Siquier pague mi deuda con morirme
al infernal tirano Amor llamado,
ya que sólo se alcanza con la Parca!
Amor, que tanto gozas abatirme:
pido un último apoyo inusitado
a tu arco inflexible y enarcado
en pago de tu destructora marca:
enciéndeme los macilentos cirios;
derrumba mis delirios;
cercena el corazón, ya no lo siento;
da mi postrero aliento
a Caronte, trasládame a su barca;
y cúrame tu saña con mi muerte.
Pido que a nueva vida no despierte.




Omar, amor preciado

Omar, amor preciado;
mi otro yo, péndola de tristuras
que, en ósculo velado,
en alígero vuelo me apresuras
a las nocturnas aves que en esferas
austros alzaban, tristes, plañideras:

Se ven cóncavas naves
en el póntico limbo de mis penas;
y yo, no de alas suaves,
velívolo encallado en las arenas,
de nuevo noto en mí sagitta ardiente
titánica, traidora y fehaciente.

Se enturbian mis palabras,
y un cuervo vocaliza ya mis quejas,
muy cerca de macabras
y estrambóticas runas, tan complejas.
¿Piramidal ya siéntome? ¿Ya Homero?
Sólo mi cuervo llega a lo somero.

Y siempre me pregunto:
¿Cómo afilar mi canto a tus oídos,
si tan complejo asunto
embota mis exánimes sentidos?
¿Y… si yo hiciese claros mis arcanos
tu vida se me fuera de las manos?




Matemáticas

Es dios la matemática, pues mueve
a todo el universo en torno suyo;
del antropocentrismo está tan lejos;
a la moral ignora en su camino;
¿es un fin en sí misma al ir andando?
Es absurdo intimísimo y complejo.
Dios es la matemática; lo he visto;
ínfima parte toma en ella el hombre..
Todo lo dice y no nos dice nada;
todo sobre las leyes naturales
y todas las posibles existencias.
No tiene mandamientos.

La metáfora es lo que nos queda,
la metáfora pía de los valores
y la continuidad de la existencia.



Linchamiento

Yo gozo cada vez que me asesinas
con tu puñal ardiente y desmedido;
 puñal que, en tanto cálido, me inclinas
entre mis labios, casto y bendecido.

Daga que labra en mí cándido nido
a un colibrí de fuerzas centaurinas;
 daga que con fragancias mortecinas
me vibra en un confín enfebrecido.

De morir o gozar en el intento,
 ganas tengo, contigo, Minu, atado,
 sobrepasando el límite del viento.

Linchémonos los dos, Minu arrobado.
 Suicídame de todo el pensamiento,
 pues de nuevo contigo me he engendrado.



Poema del niño

Había una vez un nene que tenía
una rosa mojada por la lluvia,
más tierna que la más niña poesía,
más suave que los besos de mamá.

Y sucedió que un día,
aquella flor que al sol le sonreía,
se marchitó entre lágrimas llorando,
al mundo preguntando:
¿Por qué me eres tan cruel? ¿Por qué me hieres
helando y apagando amaneceres?

“¡Ay, me quiero morir!
Yo ya no quiero nada,
odio yo este hospital.
Negáronme el morir
cuando acudió a mi
presto y sosegado.

/Ciencia maldita,
progreso canalla.
Mundo de adultos
cruel y vanidoso./

En un futuro,
si muerte llama,
no me sostengan;
si he de morir, que muera.
Naturaleza es sabia
y me quiere evitar tanta miseria.

No hubiese yo nacido. Soy tan triste.
En mi cama siempre solito salto.
Siempre juego solito, sin aliados.
Y mi padre me dice
que debo ser social y hacer amigos.
Hago como que voy.
Me escondo bajo la gris escalera
para no ir a jugar con los traviesos;
ni los comprendo ni ellos me comprenden;
y me acompaña un panda imaginario
en el ocultamiento tembloroso
en que prosigo en-sueño casi una hora”

Estoy llorando al acordarme, lloro
y lloro y no ceso de estar llorando.

¿Qué te hice, mundo, para merecerte
en todo tu esplendor de soledades?

Omarcito, amiguito, vida mía,
único al cual el alma se prendía,
única luz a los caparazones,
única vela en el infierno niño,
único que me quiso sin reservas.

No puedo yo creer que te hayas ido.
Arrúllame en tus brazos,
Aprisióname, tierno, en tus abrazos
Mi espíritu se te abre malherido:
una caja de música
con una bailarina
danzando “Para Elisa”

Tus ojitos, mi ruta me señalen.
Llora conmigo y luego enjuga el llanto.
Me acaricie tu mano enamorada.
Engáñame, dime: no es para tanto.
Aunque me veas muriendo di: “no es nada”



Albedrío

Son ilusión la gloria, el vencimiento.
En el mundo no existe el heroísmo.
Hombre y gusano han de ser lo mismo
cuando en el cieno encuentren su aposento.
 
Es de toda ilusión tu pensamiento.
De la ley nos rige el determinismo.
Muy natural es el amoralismo,
pues la moral tan sólo es escarmiento.
 
Parásito es el hombre en este mundo,
depredador que muerde a la natura;
animal engañado, monstruo inmundo.
 
No hay pecado, virtud, ni hay cordura.
sin libertad estamos, y es rotundo
que es el albedrío libre locura"



Manuel Omar su nombre

Manuel Omar su nombre, en gesto niño,
(mal le compite Adonis negras perlas)
dos almas soy con él y su cariño
y en vano algún clavel osa vencerlas.
Tal sin rival creyéndolo de armiño
que a sus armas de amor puedan vencerlas,
una hurtadora de oro y su sonrisa
arrancarlo pudieron tan deprisa.

A las verdes aureolas que me hieren
enmarcas vos con lágrimas de soles.
Si en criselefantino campo vieren
ese par de atrevidos arreboles
mis ojos, mientras perlas se lucieren,
albergando una fresa entre crisoles
y a compartir lo húmedo me invitaran,
a Omar “Minuestis”, bien lo sepultaran.



De un manto imperial la suave seda

Del un manto imperial la suave seda
no superó de Minu la blandura,
ni del dios trancisneado la alba Leda
más blanca fue que bella la criatura.
Helena se disuelve en humareda
al lado de tan ínclita apostura;
pues no hay mujer por bella o cariñosa
que la beldad de Minu iguale airosa.

Y, mientras lleno la nívea bañera
con la leche de las llamas divinas,
un colibrí revolotea en la esfera
mostrándome cifras sibilinas
en la mística piel terciopelera
del niño de las manos cristalinas.
Del muchacho es un tarot la espalda
en que el futuro teje su guirnalda.



Ya las lanzas zumbaban en el viento

Ya las lanzas zumbaban en el viento.
Ya las flechas velaban los albores.
Ya apresura la reina su acto cruento.
Ya se oyen de la guerra los fragores.
El campo se vislumbra ya sangriento.
Un cántico interrumpe los rigores;
que los de Arión mas hondo es y más almo
en náhoa voz hermosa, oasis calmo.

El aire se ahuecaba para albergar su canto.
Se amordazaban picos de chirimías aladas.
El que las hojas mueve prendóse de su encanto.
Las lágrimas de monte se vieron silenciadas.

Danza Minuestis entre la batalla.
Nadie le toca; cesa la refriega.
Piadosamente, le huye la metralla.
El campo, ante él, de sangre no se riega.
Ante él, el macuahuitl se acanalla.
Obsidianas el átlatl le niega.
Narciso, envidïoso, muere al punto;
su cadáver se encela aun difunto.

Despréndese las ropas, Minu el Bello.
Las flechas disparecen. Cada espada
guarda silencio ante el bruñido cuello,
guarda silencio ante la faz bronceada,
guarda silencio ante el negro cabello.
Cesa el mandoble, cesa la estocada.
Los guerreros se asombran con su esencia;
más de uno desmaya en su presencia.

No envidia, Glauco, a las tus ninfas bellas
suaves más que los muslos de Orïana;
Minu, mi amante, pulsa las estrellas
no en brusquedad, con mano sobrehumana.
-¡Númenes: cuando llorarme en ellas
pude por fin!- Castalia que me emana,
regando en esta, mi tullida alfombra,
pardos de luz, luciérnagas de sombra.



Y en tanto que sus párpados durmientes

Y en tanto que sus párpados durmientes
se empeñan en trotar en tiernos sueños,
Yohualtecutli en vahos transparentes,
como a un santo, lo eleva a marfileños
aposentos divinos y lucientes
tan dulces cual de un niño los ensueños.
Tan plácido es ese vital perfume
que Morfeo, de envidia, queda implume.



En dalias perfumado el niño era

En dalias perfumado el niño era,
su aliento ya a la rosa pide nada.
Tugurio no es su casa solariega.
De plumas investido es, no de espada.
A mísero trinchete fuerza niega
Y a un acerado empeño toca en nada.
In cuicatl, in quetzallin patlahuac
adora el dulce niño del Anáhuac.



Momentos del muchacho

Lo miro. El me mira. Enmudecemos.
Acerca a mí su rostro enternecido.
Trota un ciervito lindo en los supremos
confines de mi espíritu aturdido.
Me ruborizo, pues nos amaremos.
Dos pétalos de dalia ya me rozan
los míos que tiernamente se alborozan.

¡Oh mi niño, mi nene, mi nenito!
en tus ojos risueños hay ardillas.
Hubieses sido mi hijo, mi chiquito,
para amar el color de tus mejillas,
por cantarte un arrullo tan bonito
cual la arena gentil de las orillas
del mar de la niñez que nunca tuve;
por llevarte en los brazos, mi querube.

Me siento vulnerable,
no dejes que me dañen,
no dejes que me digan,
no dejes que me engañen,
ni me hieran.

Envuélveme en tus brazos protectores,
dime que aquello es falso, que es mentira,
que no hay pecado mientras sea tu amigo,
que no hay miserias mientras tu me abraces,
que mundo no hay mientras tus labios toco,
que muerte no hay mientras poseas mi cuerpo.

Me quiero tanto a ti como te quiero
oh, vida de tu vida que es la mía.
Mis mismos ojos en esa mirada
y mi mismo dolor en ese llanto.
Me quieres tanto a tú, bien lo comprendo,
espejo mío de mi niñez perdida.
Hijo mío, adóptate en mis brazos,
(Y yo y mi infancia y lágrimas y amante)

Amarte es jugar con los dioses a un juego sagrado,
al juego de todas las gestas y todos los hombres;
a juegos que en sangre renuevas para suicidarlos;
a cosas que nacen tan sólo para disolverse
y en ello sus glorias estriban ¿Acaso te miento?



A la Caxtlilan llegan los navíos

A la Caxtlilan llegan los navíos,
a tierra vasta de barbada gente;
como el amate, pálidos y fríos,
los habitantes son de esas vertientes.
Hay raras bestias de candentes bríos
recubiertas de hierro reluciente,
con tres pares de patas, dos cabezas;
es cosa de lo ver sus extrañezas.

De corteza la casa levitante
un lomo de lenguado en horizonte
a través veía de sus cristales.
De Neptuno caballos caminantes
laderas besaban del tronco monte,
en espejos de Astrea nocturnales.

A una Cíbola nueva su velamen
arriba. Los plumajes descendidos
remueven los áuricos despojos
de la concha de Chipre a la que lamen.
Y se exaltan los yonis forajidos
y a los lingam reducen a rastrojos.

-¡No más, no más, no más, Europa muere!-
Al colibrí Atenea dice, exhausta.
La Reina ya al caduco Marte viola.
Son mancillados, con su llanto anegan
la Caxtlilan del Tajo hasta Levante,
de pájaro en pájaro, de ola en ola.



La neptúnea llanura

La neptúnea llanura en que bogaba
el ahuecado tronco, el frágil leño,
con muy ciclópeas crestas se encumbraba.
En difícil maniobra pone empeño
el acaltepachoani: vela arriaba,
lucha con ventarrón, doma el sureño
resuello de Ehécatl furioso,
que se aferra a su aliento estrepitoso.

Ese salvaje mar tan tempestuoso
hasta los astros hiere en sus oleajes,
hasta los dioses calca en lo furioso,
hasta al divino copia en sus corajes.




Minu, niño nocturno

Minu, niño nocturno.
¡Oh!, divinal corona
de la melancolía.
           
Minu, niño del alba;
cenzontle matutino
que tristemente llora.

Duerme niño tan mío,
niño de ojitos de alpaca,
niño de piel de vicuña,
ajorca entre anchos plumajes.

Duerme, cual plata materna
en las turquesas del agua.
Duerme como oro celeste
en aras de Sierpe Emplumada.

Duerme, niño tan mío,
niño de aroma de dalias,
niño de flor chincherkoma,
orquídea de vírgenes selvas.



Canta lento, al lado de mi oído


y entonces digo a Minu éstas palabras
a las que me contesta con voz suave:

-          Canta lento, al lado de mi oído.
-          Deshoja el cempasúchil en mi cuello.
-          Funde el oro, de todos, el más bello.
Supérale al cenzontle en su sonido.

-          Flamea el copal su aroma en nuestro nido
y de las flautas óyese el resuello.
-          Del lucido quetzal venga el destello
y álcese un cantar al dios divino.

-          Oro, flautas, copal, quetzal luciente,
sean la muestra de amor de dos amigos
ante el Ave benigna y complaciente.

-           Cesen del Ave amada los castigos,
y bendigan nuestro amor altilocuente
los dioses que tenemos de testigos.



En un besar los belfos esos labios

En un besar los belfos, esos labios
dulcísimos de Nenfis, la guerrera,
gozan, caballo y fémina, su hoguera,
libres de ofuscaciones y resabios.

Un ir y devenir del desagravio
en cabriolas nos muestra su carrera.
Trotando con su tierna compañera,
el equino, se vuelve humano sabio. 

Reinventan transparencias en sus pieles.
Sellan su compromiso los amantes,
en el lecho del amor de los corceles.

Y hermanos, en las guerras sofocantes,
Reina y corcel, comandan los tropeles
que culminan valientes y triunfantes.



Húmico lecho

Húmico lecho do descansa el resto
de del ave la ahijada, descompuesta.
De la Parca las húmidas mascotas
cabalgarán los campos peregrinos.
Hirióse no la espada a quemarropa,
como Dido, por Eneas, despechada;
ni ya de Tisbe el engañado amante
fue la émula de tan brutal tragedia.
Saeta no vibró en insigne pecho,
ni un mazo su vorágine y camino
detuvo en las insignias de Atenea.
Fue de los bordes el veloz veneno:
talón de Aquiles, Paris de su flecha,
de un hombre el beso, dueña de los cetros;
humedad que al Mictlán la precipita.



¿El indígena mundo, donde queda?


¿El indígena mundo, donde queda?
¿acaso Europa dicta las verdades?
¿vale menos el almo Tezcucano,
que el a la vez nació en siete ciudades?

Pervertidora Europa, por la espada
a Aristóteles y a Cristo enarbolaba,
y con el hierro a Sócrates sembraba,
y con el arcabuz a Aquino alzaba.

Oh, Germánico, tú, fin y no medio,
tu argumento más fuerte y más bizarro,
fue de Cortés la espada, de Pizarro
los embustes, de Rhodes la ambiciones;
en fin, son de la Europa presunciones.



Las bodas de Minuestitzin

Ha llegado, Minu, el aciago día
En que el quetzal en otro tiempo afable
se rendirá al grillete que evadía
la soledad otrora detestable.
No hay más que hacer contra la suerte impía
que me procura hado inescrutable.
Di adiós a tu hualmishcu compañero.
Mi destino se ha visto volandero.

Y ya que de otro amor la tierna mano
has de tomar, impávido y sereno,
sin inmutar tu aliento soberano;
como un quetzal en jaula de tungsteno
volaré en mi prisión; en daño insano.
Ayunaré de ti, tras longo ayuno,
mis plumas quedarán, cuerpo ninguno.

¿Así me dejas, Minu congraciado?
No me dejes, ruégotelo, mancebo
¿Así, tan solo, triste y desgraciado,
y lejos de los brazos de mi efebo?
Alejado de ti, Minu adorado,
carcomeré mi pena en el Erebo;
en un Mictlán, y un Barzaj, y un Averno;
en Xibalbá, en el Orco, en el Infierno.

Pues, sea de mi dolor la medicina
una hilandera parca de la muerte;
y la ninfa y el sátiro y la ondina
de mi ilusión primera, ahora inerte,
suiciden la esperanza cristalina.
Ceniza sean de mi funesta suerte
pavesas que derraman los volcanes,
veneno de protervos alacranes”



De corteza la casa levitante

De corteza la casa levitante
un lomo de lenguado en horizonte
a través veía de sus cristales.
De Neptuno caballos caminantes
laderas besaban del tronco monte,
en espejos de Astrea nocturnales.

A una Cíbola nueva su velamen
arriba. Los plumajes descendidos
remueven los áuricos despojos
de la concha de Chipre a la que lamen.
Y se exaltan los yonis forajidos
y a los lingam reducen a rastrojos.

-¡No más, no más, no más, Europa muere!-
Al colibrí Atenea dice, exhausta.
La Reina ya al caduco Marte viola.
Son mancillados. Con su llanto anegan
la Caxtlilan del Tajo hasta Levante,
de pájaro en pájaro, de ola en ola.




Irrigados mis son tótems de sangre

Irrigados mis son tótems de sangre
cuando a granas de carne se apresuran
y en arreboles dos tibios se engastan,
y, como vates magos, nos conjuran.
Nata que al breve trote no coagula
en antro custodiado,
por ir a prisa, no más enojoso
plumas derrama de su hueco vado;
más remolina, más lira que Euterpe,
émula es guerrera y constreñida
de Lacoonte la esforzada sierpe.
De Vesta los potentes más martillos
agradable ritmaban lance diestro.
La de los mirtos hace su hijo nuestro
en ese tibio instante
que róseas drupas son el fuego amante.
Flechas de plomo se hallan tan distantes
a los tibios amantes
que al sol opacan con sus luces de oro
en canto no sonoro.
De miembros coronando el tibio lecho,
cadáveres al punto derramados
obeliscos en miel nos parecían;
y, mientras más dormían,
cual can ya satisfecho,
mas relumbraban cuanto más pasados.
Y de mis rojos labios hondo aliento
solo decía entre cortos vahos:
“Ni las que el Eolo empuja con su viento”



De Ahízotl el hijo rey asceta

De Ahízotl el hijo rey asceta
por puyas de maguey atravesadas
tenía las plantas que elogió el poeta;
zócalo de ceniza las llamaba.



Refusemos al mundo y al coupé

Refusemos al mundo y al coupé,
Petit Pilli huilontli, rebelado
contra el dictado de Civilisé.

Ai jav occe tlamantlien que a Minuestis,
tenue brillando como luciferes.
Ai nid yurs beoutis sics, chaildrens travestis.
mor beouti y fashion que muchas mujeres.
Huilontli meum, in amoros goces,
lob mi con sus innumerables voces.

Aquestos fans de la su fermosura
non en IPods oían su luengo canto;
Minu en cançión domaua la espessura
de coraçones malferidos tanto.
Ni un omne de cuita tan feroz
no enternecióse ante meliflua voz



Bajo el rosal las guerras pajaristas

Bajo el rosal las guerras pajaristas
jinete al lomo de los pajaritos
saltarines yo en mis ensueños era
mientras repicoteaban esa higuera
las tales avecillas
tan bonitas tan chiquirriquitillas
tan fiú que entre trinares más dulcíneos
me mostraban mi propio ser cautivo
por Civilización si tal se llama
o se pueda llamar a estos horrores

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