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miércoles, 30 de mayo de 2012

Poema a Descartes.

No es de mis mejores poemas. Pero aquí está.

Poema a Descartes



Un día a Descartes la razón vino

acompañada de su hermana duda

a desterrar prejuicios acendrados

muy dentro del espíritu del hombre.

Así, con su potente voz de trueno

díjole aquella noche a sus oídos:



“La lengua de Dios es la matemática,

y mueve al universo en torno suyo;



Descartes, en mitad de aquella noche,

por la duda su óptica afinada,

divagó en un sueño por el mundo.

Mas como al que ha estudiado

cosas dignas de duda que no han sido

muchas veces por el entendimiento

comprobadas,

lo falso y verdadero revolvían

en el letargo de la umbría tiniebla.

Mas del entendimiento las preclaras

luces de la razón indiscutible

al sosiego inducían a los sofismas

y al reposo al prejuicio condenaban.

Llegó en efecto Duda ya clareando

sobre las turbias agitadas aguas

confundidas,

se convirtió en el ave de Minerva

y empolló en lo alto de un gran árbol

un huevo azul de exótica belleza,

de espuma pasmo y pasmo de la bruma,

del que emergió esplendente

duda metódica empapada en clara,

el método implume todavía.

Y en la quietud del nido

La avecilla como si adulta fuese

con su primer trinar limpio ya imita

los potentes clarines de las aves.

Bella coloratura de soprano

a Descartes le pide el alimento.

Una vez Descartes ganó la cumbre,

trepando por torcidas enramadas,

sabiéndose sujeto a sus errores,

un instante vaciló en la orden

de aquel ave manada del misterio.

Alimentó a la cría; y esta dijo:

“Estúdiate a ti mismo y al gran libro

del mundo, pues se juzga por risible

todo lo que se oponga a nuestros pensamientos,

es conveniente conocerlo todo

hasta lo falso y lo supersticioso.

Destierra las ideas que te enseñaron

si al filtrarse por el entendimiento

sus rostros la razón no reconoce.

Una hoguera levanta, y una a una

lánzalas al Cerbero del Averno”

Esto dijo. Y cerrado

ya el elocuente pico

de aquella apenas ave concebida,

cubrió finísimo plumón su cuerpo,

suave mas que el vellón de las alpacas,

o que aquel legendario vellocino

que en siglos de oro guió a los argonautas.



Pero de bajas ciénagas farsantes

monstruos brotaron de prosaica lengua.

Treparon hacia el impoluto nido

y a Descartés mentir querían infames:

“¿A cuestionar te atreves a los sabios,

a los genios que a ti te precedieron?

Sigue a los hombres del pasado

que te instruirán en su prudencia sabia.

Sigue la fe y el cánon de los sabios,

no a la razón pedante

que grosera embaraza y torpe impide
el vuelo intelectual con que se mide
la cuantidad inmensa de la esfera



El avecilla contestó a sus chanzas:

Descartes: no hagas caso a los prejuicios.

Alma y cuerpo en un canto armonioso

unidos homogéneamente deben

constituir al hombre racional,

pero para hacer esto es necesario

hacer examen sobre lo vivido

y descartar lo que ensoberbecido

como verídico se te presente,

siendo prejuicio y precipitación.

Las aprietos con los que Inteligencia

tropieza al la verdad escudriñar

divide en tantas partes como sea

necesario para su solución.

Ordena siempre los conocimientos

Comenzando por el más sencillo

y concluyendo con el más complejo.

Y no cometas omisión de cosa

alguna que surgiera de el proceso.

La matemática, voz del Divino,

te enseñará el camino verdadero

sembrado de la lógica florida,

de las eternas reglas de Aritmética.

Se congruente y moderado siempre

en todo lo que pienses y converses.

Emplea en tus actos la mayor firmeza

de que tú seas capaz y lo dudoso

ya bien colmado el néctar delicioso

sea libado cual miel ora evidente.

Aspira a conjugar a tus demonios

y arrastrar los arcángeles caídos

al tálamo de las interrogantes.

Debes vencerte a ti y a tus deseos;

dómalos con el látigo de luz

natural que Dios a la conciencia

dio para distinguir lo bueno de lo malo.



Descartes despertó de aquel ensueño

y al someter lo conocido a duda

presumiéndolo todo como falso,

descubrió que negar sería imposible

su ser, puesto que alguna realidad le tocaba.

Y viendo esto el ave de Minerva,

de aljófares cubierta aquella noche,

iluminó la testa de Descartes

para mostrarle un prisma inamovible:

Je pense, depuis je suis »y era el diamante

de tal forma labrado en sus contornos,

efluvios daba que sumaba auroras

al pensamiento antiguo, e inauguraba

la bienaventurada edad moderna

de la filosofía.

El mismo dudar era la prueba

de su existencia, y los pensamientos

eran la esencia de su humanidad.

El diamante, el Cogito descubierto,

se asentó firmemente en el paisaje

para primera piedra ser de la obra

de la modernidad del pensamiento

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