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martes, 22 de mayo de 2012

Pequeños poemas en prosa

Cuento

Hubo en un tiempo monos con entendimiento de hombre, pero el rey del género humano, Sapiens, celoso de compartir su poder con el simio, intercedió ante la diosa arengando esto: “Oh, diosa; en gran aflicción estoy. Si has hecho al ser humano bajo la concepción del más puro ideal dotándolo de inteligencia, memoria y demás cualidades, ¿Por qué has dado a los simios el entendimiento humano? ¿acaso para que un día, con poderosos ejércitos y la naturaleza animal de su carácter, terminen por borrar al género humano? Si en verdad nos amas, destrúyelos: serán nuestra ruina. De lo contario, yo y mis fieles súbditos, que en todo me obedecen, nos arrojaremos por los peñascos: preferible es a soportar la tiranía del mono.”
Pero la diosa, que amaba también al primate, sólo lo despojó de parte de su inteligencia.
Sucedió que el hombre esclavizó al simio y lo mandó a las galeras, a las canteras, a las obras, a todo trabajo rudo. La diosa se arrepintió de haber creado al hombre y juró que un día haría realidad los temores de Sapiens.

Tristezas

Nunca han sido las tristezas regalo de unos cuantos. A veces parecería ser una mano aterradora la que nos mueve a saltar el valladar donde serpea una salamandra de bicéfala dualidad. ¡Hay una necesidad de buscar colmillos y agitarse como las avispas! La vida es la flecha, y un absurdo la diana para el demente en que vivo.
A veces, te contemplo como una criatura de enormes ojos, rara, llorona, sombría como aquellos recuerdos tétricos e inmorales, empero, dulcísimos. Dicen que llegué hasta el extremo del sadismo; criaturas con las que cohabitamos en esta sociedad cohabitamos en esta sociedad dan paso a ello.
Yo ya no me arrodillo ante nada, ni vuelvo los ojos a las estrellas. Todo me conmueve, pero digo a la gente que nada me inmuta. El mundo moderno es una gran puta con las piernas atadas, sedienta de penetración junto con remuneración.
Cada vez que trato de amordazarte y morder tus labios hasta ver a Jesús reir, una cobija velluda usurpa el lugar de tu lengua áspera y acanalada, oliendo a cadaverina.
Indio de gloria o sangre, más de sangre que de gloria. Venas en el mismo sitio. Tristeza erótica hasta lo sublime. Sangre irrigando. Lágrimas. Abrázame, amiguito Omar. Quiero llorar amargamente mientras me besas envuelto en sollozos.

II

Un día soñé que estabas desnudo. Te miraba. Gemías como una hembra endiosada. ¿Qué es la vida sin los sueños? Miré tu cuerpo núbil, tu cuerpecito estilizado; tu nariz recta; tu piel morena; tu lampiño rostro; tus ojos de ave o niño, obsidiana pura. A veces la palabra impensada y el sarcasmo insólito nos divertían. Nada como estar a tu lado imaginando mi mano acariciando tu entrepierna mientras se eriza el gato y los perritos de circo caminan sobre los esféricos. Con pétalos abrazara el monolito. Giraran en torno las águilas. Se derramara la pulpa.
El peyote sagrado, sutras coreándose, el flagelo risueño, el suicidio. Nosotros, fieras inmensas. Niños exaltados con los estandartes en alto; dispuestos a morir y a derramar mucho fluido en las guerras. Agua quemada. Entremos en batalla. Traspásame. Quiero escapar de yo, lo aborrezco, es mi enemigo. Pollito: vamos a jugar; trae las espadas. Revuélvanse las camas. Crujan las cabeceras. Raptemos a las sabinas para que compartan nuestro lance. Lánzate a mí rugiendo como el tigre. Gima yo como el jaguar. Vuélvete un ave magnífica y desplúmate en mis labios.
Un día lacé a la luna. Ella lloró desconsolada, y me preguntó por ti.

La promesa

Se lo prometí a Dante, a la estatua de Dante de la facultad. Cada que paso frente a ella, la saludo cordialmente y le reitero: “Escribiré La Minueida” Y la estatua se sonrie muy como para sí, sin contestar.
Un día, en la clase de Latín, tuve una revelación. Estaba tan abstraído en ella, que el profesor Bulmaro Reyes se enojó conmigo y dijo me iba sacar de la clase si estaba tan desatento. Yo sólo pensaba en Dante, en Beatriz, en los infiernos.
Salí medio atolondrado del salón. Me dirigí a la estatua de Dante y lloré frente a ella. Los círculos del infierno se me presentaron. Oí los gritos de las ánimas. Lloré como nunca. Dante, sin mover el rostro, me miraba de reojo. Lloraba también muy en sus adentros. Ambos, éramos víctimas de un amor lejano e imposible. “Mis ojos han vertido tanto llanto/ por el pesar que el corazón henchía” “porque me falta su presencia pía” “cesar todos los pájaros el vuelo” “estremecerse el suelo” decía la efigie sin mover los labios, con murmullo apenas audible. Abracé, gimiendo, la estatua, y así me estuve por unos quince minutos.
De pronto, Dante dijo con firme voz: “Serás poeta. Escribirás La Minueida”, pero no me corono con laureles, como se hizo con aquel arcángel desterrado. A la sazón, me sentí trasportado por unas velocísimas alas. Aunque daba todavía traspiés y lamentos, me remonté hacia las islas, donde me puse a danzar a la luz del sol. Hasta Nijinski me hubiese tenido por loco. Me gritaban: “Billy Elliot”, unos muchachos que jugaban al futbol. No les hice caso y seguí danzando. Dante lo decretó. Yo se lo prometí. No puedo fallarle.

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