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miércoles, 30 de mayo de 2012

Memorias de un bosque olvidado y otros textos absurdos


Cuentos de secundaria

Memorias de un Bosque Olvidado

“Y
o he presenciado todo lo que a acaecido en este lugar. Por mí han pasado una enorme cantidad de extraños sucesos, los cuales me tardaría una vida entera en relatar tal como acontecieron. En fin, voy a referir algunos eventos, desde cuando comenzaron a poblarme, hasta que ya sólo de mí quedaron unos cuantos árboles. Me convertí en una ciudad, con varios parques a su alrededor. Ya no soy el de antes, ya no tengo al venado, escasea el teporingo y el aire tan puro como en los tiempos lejanos. A pesar de ello tengo mucho que contar”
A la última luz radiante que el sol emitió fueron saliendo de donde se escondían. No, no eran delincuentes o pandilleros que acostumbraran a transgredir en esas noches de luna.

Son demasiado extraños, demasiado extraños los que suelen a estas horas de la noche pasearse silenciosamente.
Son ellos, sus ojos parecen observarlo todo. Aunque no se mueven, esos seres giran sus redondas y emplumadas cabezas de un lado a otro. Son los búhos, los espías nocturnos del bosque. Parecían llorar aquellas noches. Presentían que la muerte estaba cerca.
En esas épocas remotas, después de la instalación de los primeros asentamientos en el bosque, se vivía un ambiente de aparente tranquilidad. Las pequeñas construcciones piramidales se calentaban con el bello sol. La gente iba de un lado a otro. En la zona central de la ciudad se encontraba la pirámide principal, algo similar a un como truncado con un pasillo a la luz del sol en la parte superior. Al ingresar a la parte interior de la pirámide que adquiría forma redonda y algo profunda en el núcleo.
Un día el rumbo de la ciudad cambió rotundamente: enérgicos temblores comenzaron a sentirse. Había llegado el fin de la localidad.
El volcán Xitle emanaba feroces humaredas que se elevaban por el cielo. La lava corría por las laderas del furioso volcán. Se derramaba la muerte sobre los hijos de Cuicuilco.
Cientos fueron sepultados por la implacable lava y sus consecuencias. Otros lograron huir a otros sitios, y algún tiempo más tarde algunos de los sobrevivientes se unieron para formar Teotihuacan.
Esa fue la primera gran masacre en el Bosque Olvidado, esto marcó el inicio de la vida en ese bosque.
Cientos de años más aplazadamente, una peor y más implacable destrucción se daría cerca de las afueras del bosque.
N molía tranquilamente los granos de mazorca para hacer el nixtamal para la comida de su esposo, un guerrero azteca. En esa casa vivían los dos enamorados sólo faltaba el hijo que en poco tiempo llegaría.
Corrían los rumores de los hombres barbados por la ciudad, pero N estaba demasiado ocupada en las cosas del hogar y la alegría de su primer hijo, que no prestó oído a los comentarios.
Hernán Cortés llegó sucesivamente de una larga travesía, y fue hospedado en la ciudad, en fin todo iba en calma hasta que Cortés aprehendió a Moctezuma en su palacio. Al poco tiempo enfrentó a Pánfilo de Narváez.
En la casa de N comenzaba a producirse ahora la tensión, ella estaba preocupada por el futuro que les esperaría
Después que Pedro de Alvarado dio motivo para la matanza del templo mayor, el esposo de N le dijo a ella:
-      No podemos tolerar a estas personas que ya han causado tanto mal a nuestro pueblo, por órdenes de Cuitláhuac decidimos sitiarlos y acabar de una vez con este caos-
-      Pero, y si sale mal, que cosa sucederá, tengo tanto miedo.
-      No lo sé, pero esos hombres montados en bestias y cubiertos de metal, no tendrán porque robar y matar, los dioses que siempre han ayudado a nuestro pueblo no pueden ser esos hombres-
Acto seguido salió de la casa y se enfrentó a la situación. Los españoles trataron de romper el sitio, pero el ejército consiguió derrotarlos, hombres y caballos en largas filas eran empujados por los de atrás, y sufrieron las desventajas de su armadura al caer en el lago.
Pero la paz duró poco, N estaba en el colmo de la desesperación, muchos conocidos suyos estaban muriendo por una enfermedad nunca antes vista, no le quedó mas que pedirle a los dioses que apaciguaran esa calumnia.
Los españoles llegaban ahora con más fuerza. El esposo de N no podía dar crédito a esos monstruos sanguinarios, pero aún con el temor que sentía volvió a enfrentarlos, pero esta vez, cuando logró derribar a un caballo, fue alcanzado por un tiro de ballesta por su espalda, cayó con las fuerzas diluidas y en su agonía lo último que alcanzó a ver fue la espada brillante que partía sádicamente su cabeza.
N estaba muy débil por la falta de alimento y cayó un tiempo en coma, una vez un poco repuesta con lo poco que había de comer, vio la llegada de un hombre a la puerta de su casa, al principio creyó que su esposo llegaba, pero estaba equivocada. Le arrojó lo primero que vio, las mazorcas y algunos chiles que estaban colgados, pero el vil hombre, iracundo, asestó un golpe en la cara de N. Varios hombres entraron a la casa y destrozaron todo cuanto encontraron a su paso. Uno a uno fue mancillando a la pobre N, mientras le proferían insultos. Nadie podía ya defenderla de esa injuria pervertida, una y otra vez era humillada por todos los soldados ahí presentes. Luego de cometer el crimen, la dejaron moribunda, cubierta de golpes, mordeduras y sangre. Ella no pudo soportar tal degradación, por lo que, esforzándose mucho llegó a la cercana orilla del lago y se arrojó.
-      ¿Porqué los dioses han permitido este pérfido crimen?, ¿Porqué nos abandonaron cuando más los necesitábamos?, tantas noches que alabé a los dioses, Ya no sé si creer en ellos-
Todo esto fue pensando mientras el agua acababa con su vida.
Muchos sucumbieron ante el dios ajeno, “él había ayudado a los españoles a salir triunfantes” “nuestros dioses no pudieron hacer frente al suyo”.
Todo esto y más pasaron, se fueron cobrando millones de vidas por todo el país, la fe en aquellos dioses se perdió con el transcurso de los años. Muchos indígenas umergidos en la depresión se resignaron a ser sometidos a una religión muy diferente a la suya. Muchos niños mestizos morían abandonados en las calles, ya que no tenían padre.
A la población le tomó tiempo asimilar los hechos
El bosque empezaba a estar amenazado, había de desaparecer y quedar en vestigios, como pronto lo hizo el lago de Texcoco.
Algunos años más tarde, cuando la población del bosque vivía apartada y algo ajena a los asuntos de la Ciudad de México y no era considerado el bosque parte de la ciudad, tiene lugar, en la región del bosque el siguiente relato.

II
El amor desaparece
Ni siquiera había una avenida, ni siquiera un coche que fuera a poder molestar en ese lugar sin pavimento, aparte de ser un lugar con lucha lava volcánica, lo que dificultaba la tarea de la construcción de avenidas…
Paseando por los senderos se encontraban dos novios, platicaban animados.
Se habían conocido un día caluroso, en la sombra de un árbol. El, cuando la vio por primera vez quedó extasiado con su juventud y se enamoró de ella, y desde entonces los dos se amaron sin detenerse.Ese día estuvieron a la sombra de un pino.
La luz clara se filtraba a través de las copas de los árboles y el aroma a pino se percibía con facilidad.La humedad de la hierba rozaba sus cuerpos entretejidos en un abrazo delirante. Se proyectaban sombras de árboles y el viento dirigía su aroma a todas partes.

En las copas de los abedules, encinos, robles y oyameles se veían juguetear alegremente los pinzones, cardenales y aves de múltiple color y lozano plumaje.
Una avecilla picoteaba la hierba, a la vez que daba graciosos saltos, buscando alimento Al oír sus voces, alzó el vuelo a un cielo con leves tonos matinales.
Los colores de aquel lugar iban del verde claro al oscuro.
El bosque se teñía de colores, se revestía del perfume natural de la tierra mojada, se ataviaba de la misma cadencia y armonía de que es el bosque capaz.
Los insectos palpitaban como espíritus de luz al cruzar de la sombra a los rayos del sol.
El suelo con minúsculas gotas de luz aparentaba plantío de pequeños diamantes de color tornasol. Las rocas albergaban plantas de menor tamaño, y el relieve del bosque daba una expresión de formas de amor.
Las mariposas batían sus alas con el viento como un amigo, para dejarse caer como paracaidistas, todo aquello parecía un verde mar estático, pero a la vez que acallaba el viento y las hojas invitaban a pasar el rato, se presenciaba  el suave movimiento y así revelando secretos que el hombre pocas veces puede comprender, se oían las risas de los muchachos trotando entre los troncos.
A veces cálido, a veces fresco, eso dependía de la luz y de lo frondoso de cada árbol, y así siendo diferentes, el bosque rebosaba de la ingenuidad del colibrí, del misterio del batir de sus alas, de la dirección que lleva la hormiga que ante mis ojos se presenta.
El río azul con sus gotas de cascada miraban con sus ojos zarcos a ese par de enamorados, de vez en cuando un insecto indiscreto acudía a ver aquel momento de ímpetu, los novios hacían caso omiso de su rumor, ya reclinándose en un sauce, ya sus labios conjurando una promesa estaban, sus cuerpos abrazados...palabras de cariño fluían de sus bocas.
Como dos ramas del mismo árbol movidos en el aire, balanceándose en los brazos del amante se encontraban. Como dos plumas que se acarician con su tersura y al hacerlo proyectan sonidos y cuentan una verdad.
Un plumón de ave tan esponjado como el algodón caía poco apoco, al principio era un punto, pero caía casi en silencio en el pasto.
Las gotas de agua se adherían a los cuerpos que se querían y al cambiar de posición levemente, la luz hacía cambiar sus colores de las conquistadoras abejas que besan cuanta flor ven, sólo se besaban entre sí.
En el lago ondulante se mecían las escasas algas en la superficie, mientras los patos restregaban su pico en la ciénaga de la orilla para buscar uno que otro insecto para saciar el apetito, en la mayoría eran patos blancos, algunos patos silvestres y gansos, aunque a veces bajaban aves voladoras para posarse en algún árbol del islote pedregoso no mayor para albergar cinco árboles de mediano tamaño.
Los muchachos solían regar piezas de tortilla o pan  para alimentar a esas aves acuática, estas nadaban desenfrenadamente y en línea recta, cual galera que encontró a su enemigo, rivalizaban la comida, trataban de conseguir el pedazo de mayor tamaño, daban lugar a un alboroto, para al terminar la comida despedirse de aquel lugar. Algunos tenían pechos anchos, otros no, en fin la que más predominaba en aquel lugar era el pato níveo.
Se me olvidaba decir, había dos parejas de aves diferentes a las demás, pocas veces atinaban a pescar algún resto de comida, no les importaba en demasía, parecían observar el cielo en espera de algo que no se explicar.
Se hallaban peces bajo la superficie de aquel lugar, eran en su mayoría escamosos y de color naranja encendido, y en el extremo de su cola tomaba tonos oscuros. Se movían con suma lentitud, por lo cual los peces más oscuros pasaban casi inadvertidos, confundidos con el fondo de aquella modesta extensión de agua. Los amores inseparables miraban absortos el lago que despertaba. Algunas ocasiones los patos graznaban estrepitosamente y callaban. En las charcas de la orilla se contoneaban pisando el lodo.
José Agustín e Isabel, eran novios desde hacía un tiempo.
Cada caricia los acercaba aún más de las estrellas.
Ahí estaban los dos, Isabel comenzó a desabrochar uno a uno los botones de la camisa de José Agustín, en seguida, él deslizó sus manos por su cintura. Indomablemente quitó todo lo que estaba de sobra sobre su novia, la falda fue lo que primero se resbaló por las piernas de ella.
 Se terminaron de desvestir y entregando el ropaje al espeso follaje principiaron los juegos del amor. Los dedos de Isabel temblaban de placer, las manos de José Agustín acariciaban con las yemas de los dedos los ámbitos del cálido cuerpo de ella, era una escena del cisne extendiendo sus alas y dilatando el cuello en colmada palpitación, sólo los pájaros miraban sin poner demasiada atención los dos amantes que entraban a las puertas del éxtasis. Goce superior a cualquiera no hay sobre la faz de la tierra, como la delicia que se entregaban al hacer el amor el uno al otro. 
Una vez saciada la cúspide del romance descansaron bajo la sombra. Empezaba a sentirse frío, por lo cual se vistieron…

-         Hoja del aire, escucha mi música que por los vientos ha de vagar... escucha mi verso... escucha cómo ella y yo nos hemos de amar... escucha el sentimiento de la música hecha palabra, que yo te he de otorgar cuando se abra el corazón mío y el de mi amante a la par, escucha mi poesía y si quieres inmediatamente podrás escapar...Pero antes te pido que me escuches.

-         (Yo soy hoja del aire y he permanecido conectada a un árbol, y este enlazado a la tierra, y ella predice que algo malo ha de acontecer, alguna persona causará una desgracia de gran magnitud y eso posiblemente traerá graves consecuencias, ignoro que cosa sucederá, pero estoy segura de que no será bueno).- susurraba débilmente la hoja al tiempo que caía seca al suelo.

Entretanto soñando con esa hoja que caía llegó la lluvia y a ambos los despertó.

-         Ya es hora de que nos despidamos - murmuró José Agustín - ¡Cuándo nos volveremos a ver!-
-         Espero que muy pronto - dijo Isabel acompañándolo al sendero. Y antes de que José Agustín pronunciara una palabra calló sus labios con un beso acentuado con los labios color amatista que tenía.

José Agustín se dirigió a su casa, en el camino encontró una botella llena de un líquido viscoso y negro, estuvo mirándolo detenidamente y determinó llevárselo a su hogar para averiguar que era aquel líquido.

-         Este petróleo, me servirá para alumbrar la casa- se dijo- hoy hace frío-

Vertió un poco en la lámpara de aceite y en un sillón cercano se sentó a leer un ejemplar de novela. En eso estaba cuando sintió una sed impertinente que lo venía a molestar en sus lecturas, se levantó y tomó un poco de agua, volteó hacia el frasco y se acercó lentamente. Sintió como una potencia se apoderaba de su cuerpo y tomó el frasco con las dos manos temblando de horror, al sentirse dominado por algo que no formaba parte de él. Como un neurótico tomó velozmente el “petróleo”, casi como si fuera una pócima que lo ayudaría a ser omnipotente. Con esa ansia bebió hasta la última gota de aquel brebaje. Sintió sombras que le hablaban, algo se incrustaba como una daga en él, ese extraño objeto era gélido y José Agustín percibía como iba consumiendo sus adentros, cayó fulminado al suelo, se retorcía sintiendo algo que lo recorría, la misma muerte en su interior.
Al poco rato una extraña mancha maldita recorría los parajes arrastrándose como un monstruo vil y sanguinario.
Mientras tanto Isabel tranquila en su casa dormía cómodamente, de pronto sintió sed y al ir a la cocina vio con grave consternación la siniestra aparición. No pudo soportar esa horrible visión y corrió lanzado gritos y gemidos de angustia entrecortados, el espectro fluyó muy fácilmente por debajo de la puerta cerrada y se adhirió como un parásito a los ojos de Isabel, que poco a poco se fueron perdiendo en un delirio infame, gemía como una bestia marcada por el hierro candente, se retorcía como serpiente en agonía, movía de un lado a otro la cabeza pálida, fuertes contracciones la sacudían por dentro, de pronto todo cesó pero de pronto Isabel emitió un agudo alarido de sufrimiento mientras el fenómeno se arrastraba a otro lugar, lo único que alcanzó a ver Isabel antes de caer en el letargo fue su aumento de volumen.
Isabel despertó confusa tres horas más tardíamente no sentía absolutamente nada, se sentó en un sillón y ahí pasó todo el día como un vegetal, de vez en cuando se movía para descansar de la misma posición, ni siquiera sintió algo de aburrimiento por tanto tiempo en desperdicio.
José Agustín despertó de la pesadilla y comió todo lo que pudo se levantó de su silla y no hizo casi nada en el día, estaba condenado a no tener ninguna clase de sentimiento, solo podía sentir el hambre, la sed, el frío, el calor, el cansancio y demás.
Todo el bosque quedo sumergido en las tinieblas nadie se percataba de la presencia de los otros, y así muchos de los niños pequeños fueron muriendo, nadie tenía ánimos de cultivar el campo, todos estaban muertos en vida, cada vez que alguien moría, parecía una hoja de pino caía de lo alto en plena penumbra, todo pasaba inadvertido.
Un buen día a Cupido decidió bajar al bosque para enamorar a alguna pareja, pero al llegar vio un lugar que daba lástima, todo mudo, Cupido intentó flechar a algunas personas, pero notaba que sus flechas atravesaban por completo a las personas, como sucedía cuando disparaba a los objetos, la flecha sólo detenía su marcha cuando encontraba un corazón vivo a su paso.
Cupido voló por todo el territorio no podía hacer nada, sólo tenía las facultades propias del dios del amor, hacerse imperceptible a los cinco sentidos, tener ubicuidad y revelar su esencia en la dorada flecha, vanos fueron sus intentos, era como si tratara de enamorar a dos máquinas, a dos títeres, como si pretendiera encender un hielo. Por primera vez Cupido sintió su peor derrota, sentía su impotencia ante la situación. No le quedo otra alternativa que la de ir a visitar al dios supremo, avergonzado por su descuido.
-          Me encuentro en una situación difícil – dijo Cupido inclinándose ante el dador de vida.
-          Se a lo que vienes, esperaba que vinieras por tu propia cuenta a aceptar tu error, no vigilaste bien el orden emocional en ese bosque –
-          Si me permite, podría decirme que fue lo que sucedió en aquel lugar –
-          Todo fue causado por una poción hecha por la muerte para cumplir con su deber, hizo dos brebajes uno para matar el sentimiento y otro para acabar con el movimiento y los procesos físicos, pero al ir a buscar a un elegido para ocupar el reino de los muertos accidentalmente dejó caer sobre un campo, próximo fue encontrada, y detrás de todo ya sabes lo que sucedió-
-          Y que necesitaremos hacer para que vuelvan a sentir-
-          Necesito que con tus flechas mojadas con el agua de este recipiente dispares a todos los habitantes del bosque, esa agua los devolverá a la vida

Acto seguido Cupido abandonó el reino del dios supremo y cumplió con la acción indicada, con su velocidad de ráfaga de aire y su poder de ubicuidad logro volver todo a la normalidad en un breve tiempo. Sólo por esa vez fueron devueltos a la vida los muertos de aquel lugar, pero al instante siguiente de eso los habitantes nada recordaron de los hechos.
José Agustín e Isabel se volvieron a ver y se abrazaron con tanta emoción como si hubieran esperado cien años separados en el infierno.

III
El beso anhelado

(Es lo más malo y cursi que he escrito)
Era una mañana de verano, en la creciente luz de la mañana, las aves revoloteaban sobre las quietas nubes. Se oía su melodioso canto inundando el paisaje lleno de vida.
Las flores colmaban aquel lugar con sus aromas mientras las hojas de los árboles flotaban en el viento silencioso susurrando secretos.
Los árboles residían frondosos y rectos en el suelo cubierto de diversidades de plantas silvestres.
Los profundos lagos repletos de peces, lleno del ir y venir de los cisnes que surcaban el estático lugar desapareciendo bajo la superficie y volviendo a subir como perfectos nadadores.
En aquel tiempo llegaron los primeros destellos del sol a la ventana de la casa del bosque. Iluminaban la fachada de la casa y su interior, en el cual se podía observar un vaso de jugo de naranja, variedades de frutas y una copa con fresas con salsa de café, verduras al vapor, y un cóctel de camarón. En ese lugar vivía un muchacho que se entretenía en sus ratos libres pintando paisajes que le llamaban la atención, explorar el cauce seco de un antiguo río cuyo ascenso era complicado y no era frecuentado por los habitantes del lugar. El viejo afluente tenía troncos caídos que dificultaban el ascenso, por la acción de los años había adquirido una tonalidad verde dada por el musgo que en las inertes cortezas crecía, corrían de vez en cuando en las temporadas de lluvia hilos de agua por las vertientes del  arroyo.
Ese día como solía hacer a diario, Bryan preparó su desayuno, lo tomó, salió de su casa, cruzó el bosque y se dirigió a una enorme extensión de pasto. Se sentó cuidadosamente e inspeccionó su mochila para sacar con mucho cuidado los víveres, se dispuso a comer pacíficamente y a observar el paisaje: inmensas extensiones de pasto y de laderas peligrosas. Sentía el estío del ambiente tibio. Estaba comiendo tranquilamente, cuando a lo lejos, divisó una figura que se movía rápidamente por un encino lejano. Al principio tal suceso no llamó su atención, ya que los venados a veces transitaban rápida y sigilosamente entre los arbustos, pero se dio cuenta al aproximarse y observar atentamente que no era un venado. Era una muchacha que clavó sus dulces ojos negros e  iluminados en los suyos.
-         ¡Buenos días!- pronunció la desconocida
-         ¡Buenos días!- dijo con tono de desconcierto- nunca te había visto por estos rumbos-
Era difícil de creer, aquel evento fuera de lo común acontecía frente a sus ojos.
Aquel ser tan divino le pareció la suma de todas las virtudes. No había nada tan encantador como ese ser. Consideró que ella había nacido para amar, era la juventud, la elegancia, la frescura, la dulzura, la belleza de la vida en persona. Era fina, distinguida y hecha de encanto y gracia. . Cada cosa que tocaba quedaba marcada por su aroma. Parecían los diamantes convertirse en polvo ante su brillo celestial. Todo junto a ella era bello y hermoso, sus ojos pasmaban su alma, su voz era un canto melodioso que extasiaba todo su ser, haciendo vibrar hasta el más furtivo rincón de su cuerpo. Ella tenía dientes de marfil puro. La luna era mil veces menos blanca que su sonrisa.
Pero por temor a lo ignorado, sintió miedo, angustia y emoción al mismo tiempo, hacia la que lo había cautivado y que inspiraba todo su amor, como quien viera una flor, la más hermosa caminar en un verde pasto, o quien viera a una diosa que impondría una penitencia de amor, sin darse cuenta de que una de las flechas doradas alcanzó su confuso corazón.
-         Vivo más allá del arroyo –dijo Venus
-         Si, sé donde, pero nunca he ido por allá
En eso una ardilla se acercó y los miró fijamente con la cola en alto, como para querer examinarlos a ambos.
-         Que ardilla tan curiosa – dijo Venus – pocas veces bajan hasta acá.
-         Sí- dijo – Bryan
Desolación
Quedó perdidamente loco, enamorado, compulsivamente ilusionado y encantado de ella, poco a poco dejó de hacer sus labores cotidianas que tanto lo animaban y su corazón empezó a sumergirse por los mares inhóspitos de la desolación, se arrastraba por las espinas de la perdición y la soledad, no tenía ánimos de hacer nada y por su mente aparecían pensamientos que lo perturbaban, a cualquier suceso se desesperaba y los momentos que no era visto, derramaba lágrimas por la desilusión de ese amor imposible, se sentía una basura inservible e inmundicia, creía ser el engendro más vil y desdichado que jamás hubiera existido..., a veces imploraba en el fondo de su alma un suceso que originara un cambio, pero nada sucedía, ese amor que lo destrozaba por dentro, hacía que perdiera la razón.  Llovía en su interior y sentía desgarrarse de dolor. Se sentía como un ser condenado a morir solo y esperando en su celda la hora de su ejecución.
Jamás había experimentado tanto amor, la mirada de ella, su sonrisa, sus cabellos, todas las pequeñas facciones de su cara, los menores movimientos de sus labios lo trastornaban, lo desesperaban y lo enloquecían.
A ratos veía una posible esperanza, pero pronto desechaba esas ideas y no daba con la solución. A veces se proponía dominar ese amor con todos sus esfuerzos. A intervalos parecía mejorar y echar al olvido el amor, pero recaía a la grave enfermedad y aún más fuerte.
Aquella persona que le despojó el corazón estaba como único pensamiento, iba y venía por su mente y deseaba con ansiedad y con el corazón que le quedaba, caer en sus brazos y poder amarla, protegerla y respetarla como nadie lo hubiese hecho ni imaginado, estaba dispuesto a darlo todo por ser suyo, aunque fuera un solo instante, caer de rodillas si era necesario y adorarla más que a la vida misma, la dueña de su corazón era como una rosa, angelical, pero con espinas que dañaban al que pretendía separarla del tallo.
Los ojos del muchacho cuando clavaban su mirada en ella, se llenaban de preocupación, temor, desesperación, amor, parecían demostrar odio o desprecio, pero no era así, aunque a veces parecían decir:

Necesito tus dulces ojos
Su mirar me hace vivir
Pero sus miradas que rehuyen
Matan el rincón de mi sentir
Por favor, no me mires más.
No puedo resistir
la voracidad de besarte.
y esta sed de amarte
No puedo soportar
la mirada de tus ojos
que me dicen la verdad.
¡Cuánto te adoro!
la gran realidad

En el campo cubierto de sabores
tus aves nocturnas cruzaron mi puerta.
Amor nació de una pasión incierta
en la oscura soledad de mis dolores

Las flores fascinantes y de olores
dorada flecha quiero yo que inviertan
por si acaso es que tal vez mientan
las pasiones de la saeta de amores.

Miedo al amor yo tenía;
temor a lo ignorado
o al ser amado,
no sabía que amor se concebía.

Y ahora mi corazón calcinado
otro amanecer ver no quería
sin servir a su amor  por tanto tiempo esperado
Se deberían encontrar en el sabino más grande del bosque que se encontraba a pocos metros del estanque.
Colocó la carta debajo de su puerta y se fue corriendo como si lo persiguiera Cupido para querer matarlo del mal de amores.
-¿De quién será?- dijo extrañada el ángel sin alas- ¡ah! Es de Bryan,- dijo -(¿Quién sabe que le sucede? últimamente que todo el tiempo se la pasa triste, me preocupa) – pensó, acto seguido leyó la carta.
En las claridades añil del cielo, se resaltaban las montañas vertiginosas, majestuosas e imponentes, llenas de hierbas aromáticas. Llegado el momento en que la luna, la Protectora de los Enamorados, ascendió por las alturas, el bosque permaneció demasiado inmóvil. El viento se aquietó, los pájaros callaron, la hierba dejó de ser doblegada por el viento. Entre los árboles atentos se encontró a la que tanto amaba y le expresó lo sucedido...

-         Tengo algo que decirte-
-         Me tienes preocupada, ¿Qué te pasa?-
-         Me vas a odiar por el resto de tus días-dijo reclinándose luctuosamente sobre una roca
-         ¿Pero porqué? Dime por favor-
-         es que- dijo temerosamente, apenas pronunciando-
-         sí, dime, que pasa-
-         -es que...pues...no lo sé...no debería decírtelo-
-         me estás preocupando mucho-
-         es que...cada vez te quiero más- dijo- (bésame para no ver tan de cerca tus divinos ojos) alcanzó a pensar recordando aquellos poemas con los que se identificaba)
-         Pero no es para que te pongas así- dijo ella.


Locura y delirio

Su ternura le permanecía fiel, una ternura tranquila, el recuerdo amado de lo que había encontrado de más bello y de más seductor en la vida.
A continuidad de lo acontecido sucedió lo peor que el jamás pudo imaginar...
La que estaba siempre en sus pensamientos despertaba en él el sentimiento más doloroso de todos, desde ahí el muchacho desdichado se hundió más y más, hasta perderse en la desesperación...ese sentimiento de sentir haber perdido para siempre al ser amado para nunca volver a verlo.
Descubrió que la niña amaba a un joven,”David” aunque nunca en su vida había compuesto una poema y no le llevaba algún detalle a su novia, ella lo quería, y por eso Bryan no sabía de que manera había conquistado a la linda muchacha.

No podía soportar que acontecieran aquellos hechos que lo devoraban hasta el grado de injuriar  a ciertos seres de la naturaleza...
Él era como una hierba y ella una rosa, la más encantadora del jardín, la rosa no amaba a la hierba, pero la hierba la amaba con todo su espíritu y sus suspiros eran por ella...
Pensaba que ni hincándose, derramando un mar de lágrimas y recitándole todas las poesías de este mundo, conseguiría una gota de su amor, menos aún el beso anhelado.
Llegó el otoño, los árboles despojados de sus hojas eran movidos por el viento inquieto que esta vez presagiaba las desgracias que ocurrirían en aquel lugar y sus alrededores.
Con el paso del tiempo el invierno se hizo notar, fue el más intenso presenciado por la comunidades los últimos años.
Los cisnes emigraron al sur batiendo sus alas silenciosas y majestuosamente, entrecortando el aire helado y una vez por los aires, se desvanecían en el horizonte.


     El lago se congeló y la vida en ese sitio pareció extinguirse. Al igual que la vida del muchacho se le iba poco a poco de su ser.

Un día vagando por los senderos solitarios se encontraba, ignoraba cómo había llegado hasta ese lugar, pero caminaba sin cansarse. En eso vio al amor de sus amores.
-         He estado pensando en lo del otro día y a esta conclusión he llegado- Y labio a labio, cuerpo a cuerpo se besaron.
-         Te amo-
-         Yo también te amo Bryan, pero estaba esperando el momento oportuno en el que pudiera expresártelo-

Sus dedos finos borraron esas lágrimas de intranquilidad, ella suprimió la caída leve de las lágrimas resbalando por las mejillas con un beso,

- sólo esto Bryan- dijo
Pero cuando Bryan abrió los ojos advirtió en la lejanía como se esfumaba ella.
-Ven, no me dejes, te necesito tanto- decía, en eso despertó con los nervios destrozados.

El muchacho llorando con todo el dolor que se pueda imaginar, estaba arrimado a la ventana y se enjugaba las lágrimas, mientras observaba el paisaje extinto de cualquier rastro de vida. Le dolían los ojos de tanto llorar, le lastimaba la luz, buscó algo para solucionar el problema, encontró unos lentes obscuros para que no le lastimara la luminiscencia y para que las personas del lugar no sospecharan de todos los suspiros, lágrimas, sollozos... que dejó caer. Esa misma noche lloró desconsoladamente, al verlo una persona cualquiera hubiera creído que habían asesinado a sangre fría a toda su familia por todo el dolor que lo recorría, abrazó con ternura  un oso de peluche, (que aunque parezca infantil y absurdo) le brindaba un poco de consuelo. “todo ha sido mentira, esto es lo único que me queda por hacer se dijo” y escribió una poesía más en su cuaderno de poemas.

En un triste sueño
apareciste de la nada.
Flor que me enervaba.
Yo no te desdeño.
Dirigiste tus dulces ojos
a mi corazón encendido
Y dijiste: “Así lo he decidido;
ya no serás mis despojos”
Me tomaste de la mano.
Me abrazaste. Me besaste.
Furia febril desataste
de un antiguo amor extraño.
(Nos amamos)
Y con tal intensidad apasionamos
En la hierba fresca de un lugar
-ya no volveré a llorar
Porque ahora nos adoramos-.
La alegría vino a mí
Más dolor no sentí
Pero al despertar lo perdí
Y sentí ganas de morir
por la falsa razón de mi existir.

(...)
Deliberación y verdad.

La flecha dorada de Cupido que en tiempos antiguos se le llamó “Sagita Cupidineus” era lo que lo trastornaba ciegamente, así que decidió sacarla, aunque le costara la vida misma, de todos modos si no lo hacía, moriría de amor. Dolió demasiado arrancarla, hubiera sido más fácil cuando sólo apenas se incrustaba en su corazón, ese sentimiento que lo llenaba y a la vez lo dejaba vacío se alejó de él, aunque a la vez no quería liberarse de ese amor, tenía mucho miedo. Hasta que una vez liberado ya no sintió más amor, pero sintió un gran vacío en su corazón, las garras que poco a poco lo asfixiaban estando incrustadas en su piel no estaban más.

La luna irradiaba su fulgor en las alturas despejadas de la noche callada, recitando poemas de amor.

En una noche obscura de terrible tempestad, el muchacho vislumbró en la lejanía y entre la lluvia a la que tanto había adorado desapareciendo tal como había aparecido mientras decía:

Como yo he sufrido
Alguna vez sufrirás
Y también te morirás
Por un querer redimido.
Llorarás y gemirás
Querrás reventar de dolor
Y se acrecentará el valor
Del ser amado y volverás.
Desahogándote en olvidos
Ahogándote en recuerdos
Tu corazón derruido
implorará clemencia
Amor no tiene obediencia
Te quemará las entrañas
Tejerá nido de arañas
En el cual incubarán tus dolores.

Como yo he sufrido
Alguna vez sufrirás
Conversas con las plantas
Tus diversiones quebrantas
Por un querer destruido.

Y  en ese sufrir te acordarás
Del que dio por ti la vida
Y entonces comprenderás
Todo el dolor que tenía.


Nunca la volvió a ver ni supo nada de ella, pero en el fondo de su alma en la que no cabía el orgullo, (ya que en los corazones buenos nunca cabe), recuerda aquel ser a quien tanto idolatró y no supo cómo expresárselo, se sentía culpable de los hechos. Hubiera muerto con una sonrisa y en los brazos de su amor si ella lo hubiera deseado por sólo posar sus labios en los suyos, como un ave cansada de volar por las alturas...
La creyó igual  a un cisne, por eso cada vez que veía o dibujaba un cisne se acordaba de ella.
Pasó el tiempo y encontró a un amor que no lo deslumbraba, pero que lo amaba tanto como él un día llegó a querer a la que saqueó su ánimo por primera vez.
En la hora de su muerte murió pensando en la que tuvo su corazón en las manos.

Muchas personas buscan a alguien fijándose en las proporciones del cuerpo para quererlo un rato y rápidamente como si fuera un juguete conseguir otro más divertido, aunque lo que verdaderamente importe es el tamaño del corazón. Además el valor de una persona se mide por cuánto amor puede otorgar.
Otras quieren pero no están dispuestas a darlo todo por la felicidad de la persona querida y ese amor puede romperse fácilmente.
En cambio las que aman entregan en cada mirada, en cada beso, en cada palabra toda su vida, las ilusiones, los pensamientos, los sentimientos... a la persona amada.
Adoran a esa persona más que a sí mismas, ofrendan todo por su felicidad. Son capaces de que dos amantes se fundan en uno solo sin dejar de ser dos. Son competentes de sacrificar todo, menos el amor. Reverenciar con locura y efusión.
Pero cuando una de las personas no ama a la otra todo se vuelve cruel y vil, todos esos sueños, esas ilusiones, ese amor que lo hace sollozar, sufrir y sucumbir no pueda ser de la otra persona, por la que se preferiría atravesar lo muros del más allá, si no es con su amor.
Es perderse en la ansiedad y la desesperación, tristeza y angustia. Es preguntar a la luna y las estrellas, a las aves que tripulan el aire sosegadamente, ¿Por qué? Es caer de rodillas a los pies de la persona amada. Es sentir cómo se aleja el tiempo y no poder proporcionarlo totalmente.
El amor como todas las cosas, tiene sus aspectos positivos y negativos, no vale el esfuerzo amar a alguien que uno sabe no lo amará, lo mejor, antes de que la pasión que se siente hacia una persona se convierta en amor es necesario apagarla, ya que una vez que una pasión se apagó es difícil que se vuelva a encender, antes de que sea demasiado tarde, es mejor no centrarse en una sola flor, lo mejor es cruzar las montañas y descubrir la inmensidad de un jardín.
El amor es lo más importante en  esta vida, tanto para hacer renacer un alma deshecha, como para extender un manto de perdición.
Si el amor desapareciera en un momento cualquiera, ¿Qué sería de esta vida? A ninguna madre le importaría lo que le sucediera a alguno de sus hijos y no llorarían su muerte, los hijos no sentirían nada por sus madres. No habría amantes revelando secretos a la luz de la luna. Nadie se interesaría por otras personas y surgiría el odio y la indiferencia.
Los hijos no irían a la escuela por falta de apoyo, a los maestros no les importaría enseñar y crecería la ignorancia, surgiría aún con más fuerza la ambición y la corrupción, como únicos sentimientos capaces de llenar a una persona. Todo carecería de unión y sentido. Se extinguirían las amistades. Los hijos morirían por falta de cuidados. Habría incesantes conflictos. No nacerían nuevos hijos en el mundo. Se desvanecerían los matrimonios. Nadie defendería a su patria que los vio nacer y dejarían que los demás hicieran lo que quisieran con ella y se acabaría el respeto hacia la misma. A ninguna persona le importaría las cosas del amor. Al cabo de un tiempo, todos morirían, se agotarían y se esfumarían de este mundo, por eso el amor es lo más importante en este planeta...
Se critica mucho a los políticos, pero nosotros que hacemos para amar a la patria, aún elaborando miles de constituciones, combatiendo la delincuencia, si no hay amor entre todos los mexicanos estaremos perdidos, eso es el gran problema actual y el amor la solución.
Hay personas que son como las piñatas, bellas por fuera con colores y formas pero vacías por dentro, en cambio otras son como vasijas de barro sin adornos, pero llenas de fruta.
        Qué historia tan dolorosa- dijo Isabel
        Son puras tonterías- dijo José Agustín- quién se va a morir por alguien, y además eso del oso es lo más torpe y tonto que he escuchado, y yo si amo a la patria, cada 16 de septiembre voy a dar el grito-
        Tu no sabes lo que es amar a alguien con tanta intensidad, además gritando alegres el 16 de septiembre no engrandece a la patria, mejor estudia y trabaja-

Y cerró el libro.

LA NINFA DEL LAGO

Gabriel despertaba temprano. La noche anterior había estado meditando sobre dos sueños que tenía: uno lleno de amor en el que aparecía una hermosa dama en un carruaje de una sola perla; otro en el que sentía a un ser extraño, vestido por completo de negro, lo perseguía con una especie de guadaña afilada. Tenía un miedo extremo a ese ser diabólico que no lo dejaba vivir en paz. Cada vez que intentaba amar a una mujer, el espectro maligno lo atormentaba de tal modo que no le quedaba otra opción que resignarse a vivir sin el amor.

Al dejar de pensar en ello fue a tender su cama, se aseó, tuvo su desayuno y  fue de nuevo al colegio.

Después de bajar las escaleras, puso llave a su casa y estuvo esperando el carro que lo habría de llevar a la facultad. Los tranvías le desagradaban rotundamente, ya que una vez al bajarse de uno de ellos, que todavía estaba en marcha, cayó en la banqueta y desde ese día juró no volver a poner pie en tales transportes.

Como siempre, Gabriel esperaba que la joven sensitiva y amorosa de su primer sueño encarnara en esta vida.

Estuvo pensando en todo ello hasta que hubo de subir al carromato. Pagó la cuota establecida. Hubo de sentarse como frecuentaba hacer: del lado derecho del conductor y en la tercera fila. Como solía pasar, esperaba que una mujer de ojos  profundos y figura delgada se sentara junto a él y le platicara de sus cosas como si fuera su más fiel amante.

-                   Me da permiso.-  murmuró una voz un poco tosca y vulgar,

Gabriel se hizo el distraído, pero al ver que el señor de bigote en forma de azotador esperaba que le diera permiso, no le quedaba otra opción que la de viajar al lado de un tipo en camiseta de unos treinta y cinco años que mascaba chicle sin ninguna discreción. No era la persona que Gabriel hubiera deseado besar, ese hombre con el cabello pintado de amarillo y con el bigote espeso era muy desagradable para él.

Al bajar del carricoche tomó el camino que bordeaba el lago y que pasaba por la escuela de música.
Las aves gozosas  y coloridas  volaban tan cerca del agua, que parecían mirarse a sí mismas, en el gran espejo acuoso y palpitante de aquel lago infinitamente azul, callado y misterioso.
Después de la mala experiencia con el señor del autobús, Gabriel se puso a pensar una vez más en sus amores  fallidos, tanto esforzarse en el amor para fracasar una y otra vez...
Miraba el campanario de la Iglesia de piedra y este decía: las siete treinta.

-                   Es temprano – se dijo a sí mismo – mientras me voy a quedar en esta banca.

Observaba el lago, con su puente, con sus patos que nadaban en grupo por los  confines del  agua. Se veía cómo traspasaban el gran espejo con su pico, para asomarse al otro mundo.

Gabriel notaba en el campanario: las 7:45, entonces no estuvo mas ahí y tomó camino al colegio,  al pasar cerca del estanque exactamente al lado de un  junco, estaba notando una extraña presencia en el fondo, no le estuvo tomando importancia y entró en la escuela.

Era común que se sentase al lado de Violeta, una muchacha que le gustaba un poco, un poco; casi nada, tanto así que sólo se acordaba de ella cuando la llegaba a ver. Quien de verdad le atraía era Índira que estaba tres asientos a su derecha, le gustaba mucho, no se hacía ilusiones, no fuera a volver a fracasar y a ser burlado como siempre.

Mientras duraba la clase vino a su mente los recuerdos de una mujer de piel oscura, unos huevos de pascua con confeti, un dulce de tamarindo envuelto en una diminuta hoja de maíz, una niñita que le atraía, papel picado en la pared, unos títeres, un pez muerto en la banqueta de una escuela de niños, un globo con harina adentro, el asombro que causó la compra de una radio en su casa, el pensaba que unos duendecillos estaban adentro del aparato y hablaban con diferentes voces. Todas estas cosas recordadas eran lo que se suponía era lo más arcaico de su vida, todas las ideas eran de diferentes sucesos ocurridos en diversos tiempos.

Al terminar la clase volvía a pasar por el camino arbolado y novelesco del lago, esta vez prestaba atención a unas leves burbujas que brotaban de la superficie. No sé porqué, pero al verlas se presentó de nuevo en  sus sentidos la  evocación de su primer amor, al cual nunca le había declarado su profundo y hondo sentir, de cuánto había deseado besarla, que le dolía verla siendo novia de su peor enemigo, tal vez el único que había tenido en su vida. Nunca le dijo que soñaba cuando ella lo miraba, que su imagen se escondía en el fondo de las cosas, que nunca quiso separarse de ella , que la amaba  con el ardor del centro del sol, con la intensidad de los vientos antárticos y con la vehemencia de toda la poesía en una gota de sangre..

De nuevo tomó el carromato; esta vez nadie se sentó junto a él.

En su casa estuvo ensayando unas piezas musicales, esa noche no durmió.

Al siguiente día una vez preparado todo para ir a la facultad, abordando el carro algo hubo de inquietarlo. ¿Oh  cielos qué cosa diviso, los ojos me engañan?

Otra vez el señor de bigote, ese bigote de pesadilla  infantil.
Que no se siente aquí, que no lo haga, los cielos lo escucharon y se opusieron, porque inmediatamente se sentaba al lado de él.
Al llegar a la parada, tocaba el timbre y descendía del autobús.

-                   Que espanto, espero no me vuelva a suceder – dijo Gabriel en voz alta.
-                   A quién le dices – contestó una voz ronca.
-                   Oh disculpe, no le decía a usted – respondió Gabriel al darse cuenta que el mismo tipo bigotudo había  bajado en el mismo sitio.

Al alejarse el señor, Gabriel se sintió aliviado, se acercó a las aguas y se miró.  Pensó y pensó que le encantaría poder encontrar un amor que surgiera del lago, andaba mencionando su deseo por ser feliz con alguna persona, como última técnica se puso a invocar al ser supremo que esperaba fuera de verdad, una mujer o más bien un ángel que bajara del cielo, o saliera de un charco o cayera de un árbol por lo menos.

En ese momento se escuchaba una voz lejana que contestaba  todo lo que decía Gabriel, sobre lo cual recapacitaba así.

-                   ¡Qué excepcional!, ha  de ser porque no dormí bien, por eso ando alucinando cosas, siempre me pasa lo mismo, me sugestiono demasiado con estas simplezas, ¡nunca llegarán por más que les suplique!

Gabriel llegó a la escuela. Se sentó, volteó y miró a Índira: una joven de cabello negro y piel clara, ojos también oscuros que difundían profunda ternura, esta vez la notaba un poco extraña; esos últimos días al mismo tiempo que se le quedaba viendo escribía y escribía cosas en su cuaderno que ni a sus amigas dejaba ver.

Ese mismo día pensaba preguntarle porqué lo miraba tanto, mas se acordaba de ello hasta la salida de la escuela.

Una vez cruzada la puerta caminó  por la vereda solitaria, esta vez sin mirar el lago.

Pero en el lugar del junco había una voz.

-                   Gabriel, ¡Gabriel!

Al acercarse escuchó que le decían algo desde el fondo del lago.

-                   ¿Quién eres, por qué estás ahí?-dijo Gabriel
-                   No importa, sólo quiero platicar contigo.- dijo la vocecilla
-                   Conmigo de qué cosa.- dijo extrañado
-                   De lo que te sucede, escuché todo lo que dijiste y supuse todo lo que pensabas, por qué no me esperas mañana y me platicas, podemos hallar una solución a tu problema.-
-                   No tengo solución, y en caso de que la tuviera estaría en el fondo de este lago.-
-                   No digas eso, puedo ayudarte.-murmuraba la voz acuática.
-                   No puedes, no existen los milagros.- dijo Gabriel, otorgando incredulidad a todas las cosas – mejor hablemos de qué haces ahí buceando, eres miembro de alguna asociación de ayuda para las especies acuáticas.-
-                   No, a decir verdad no.-

Y así estuvieron una hora platicando después Gabriel volvió a su casa.

Una nueva mañana alumbraba Gabriel a las catorce horas después. Subió al transporte público y esta vez no se encontró con  gente desagradable.

De nuevo se aproximó a la orilla para percatarse si estaba esa persona en el fondo del agua, que si había sido verdad todo aquello.

-                   ¡Oye, estás ahí, soy el muchacho del otro día!, ¿te encargaron limpiar el fondo del lago?, ¿por qué me evades cada vez que te pregunto que haces ahí?, ¿quién eres y cómo te llamas?

Gabriel desafió al buzo a que se manifestara afuera del agua.

Esta ocasión no se ocultó, al contrario, la ninfa emergía del fondo  por primera vez, increíblemente no era el buzo aparatoso y agotado que esperaba ver Gabriel, era la misma mujer que había deseado ver por tanto tiempo. Se mostraba en la superficie cubierta hasta los hombros un poco oculta tras el tallo y dijo:

¿No te gusto tan siquiera un poco? Si quieres, puedo besarte, a ver si te convence; porque a mí me gustas demasiado.

Gabriel se quedó impactado, en su vida nadie le había dicho semejante cosa , a sus 18 años, por extraño que parezca no había besado a una mujer, no había tenido ninguna clase de aventura amorosa, ni siquiera novia de cartitas, de manita sudada o novia al estilo infantil había logrado tener y esta era la oportunidad de su vida.
Hizo una larga pausa para dejar entrar aire y dijo:

-                   Sí.- exclamó emocionado.- si tú quieres.
-                   Espera – dijo la ninfa.-, no puedo salir así del lago, voy por mi vestido –

Gabriel no cabía en sí de gozo, todo ese tiempo hubo de creer utópicos los amores felices, los imaginó como presencias etéreas y lejanas. Era un hecho increíble el que una mujer tan hermosa fuera a ser su novia, era improbable, antinatural, era como haber visto morir el mundo y darse cuenta después de que volvía la vida y es mil veces más hermoso.

La semidiosa saltó del agua con un vestido lleno de pequeñísimos brillantes, y acabado con finas esmeraldas en forma de lirio que tapaban apenas lo necesario, ya que de no haberse colocado sería como tener nada encima.

-                   En verdad eres muy guapo, no te lo han dicho- dijo tumbándolo al pasto y dándole un apasionado beso.


Gabriel se sintió ofendido, pues las veces que se lo habían llegado a decir era en otro tono que nada tenía que ver con el verdadero.

-                   No te burles – dijo quitando las dos hermosas manos que lo sujetaban del cuello.
-                   No me burlo me eres muy simpático y atractivo – dijo acariciando por todos lados a Gabriel  
-                   Creí que le era indiferente a todas las mujeres, mas me he dado cuenta que no.
-                   Eres un chico ardiente- dijo la ninfa casi intentando desvestirse y darse a Gabriel
-                   ¡Oye, estás excesivamente precipitada!- dijo Gabriel, en otra ocasión hacemos eso, ¡no estoy preparado todavía!

El joven se quedó mirando los ojos azules de su novia acuática y le preguntó:

-                   Aún no me has dicho tu nombre.-
-                   No importa, sólo llámame Amor.-
-                   Bueno está bien.-
-                   Vamos al teatro.- propuso Amor
-                   Claro. ¿Cuál obra vamos a ver?-
-                   Escoge, eres el galán de la noche –

Se encaminaron a la parada de los carruajes, por insólito que pueda parecer el caballo de la derecha le quiño el ojo a Gabriel, como diciendo: si no le das un beso tú, aparte de el que ella te dio, es porque de plano eres un tonto.

En el carro varios hombres miraban con las pupilas libidinosas y dilatadas a la ninfa, con lo cual ésta se advertía incómoda.

-                   Oye Gabriel esas gentes, porqué me miran de esa manera.
-                   Por nada, vienen cansadas de su trabajo y… están ansiosas por llegar a sus hogares para ver a sus esposas.
-                   Uff, que alivio.-

Amor se acomodó en el asiento de la parte derecha del conductor y Gabriel en la tercera, pues ya no había lugar. Era justo como había deseado por tanto tiempo.

-                   ¿Qué te sucede?- preguntó la ninfa
-                   Nada –

Estaba llorando de alegría, la abrazó y la besó adentro de aquella diligencia cubierta de flores y tirada por nobles corceles que antes habían sido desagradables hombres que platicaban groseramente con sus amigotes. la ninfa lo veía con la cabeza inclinada que expresaba total ignorancia de lo que le sucedía.
                                
Al llegar al teatro, en la puerta principal se escuchó:

-                   Ay mamacita, que buenota estás, estás como dios lo manda –
-                   Que hombre tan extraño, habla solo, no veo a su mamá por ninguna parte, se ve que la aprecia mucho –

Gabriel disimuló que no le estaban diciendo a ella  y asintió.

-                   Sí,  ¡la gente de aquí adora a sus madres!-

Decidieron ver la obra que estaba en ese momento: La historia de una joven indisciplinada y aventurera que al enamorarse de verdad, después de tantas aventuras amorosas, pretende conquistar a todo precio su amor.

Cinco minutos antes de comenzar el drama amoroso a interpretarse en el escenario Gabriel le dijo a su amante sin nombre, los más ardientes versos al oído.  Despeinó los cabellos de la ninfa y los tomó con sus manos y suavemente los acarició, se amparó en ellos. Apreció sus cabellos con particular detenimiento, escuchó el sonido que éstos provocaban al ser frotados, percibió su aroma a lirios y miró, escuchó, sintió tocó, olió, saboreó esos cabellos tan dorados como el trigo.

Una vez iniciada la obra, la ninfa parecía un poco extrañada:

-                   ¿Qué sucede, en ningún momento mencionan a Zeus?, no son las obras de teatro que acostumbro ver, ¡mira que fachas usa esa mujer, la falda le queda demasiado corta y la blusa también!
-                   Es que ahora se acostumbra a vestir así y es muy normal; pues ¿de donde vienes que eres tan extraña?

La ninfa fingía estar tan atenta en la obra tanto que no escuchaba.

Todo lo demás fue magnífico, mucho amor, muchas historias de lejanos lugares y diversión. Pues Amor sí que sabía divertirse, y lo hacía de una manera poco común: al terminar la obra pasaron a comprar harina para hot cakes y té de manzanilla, en seguida fueron a un hotel y se divirtieron en la alberca hasta que se hizo de noche.

Gabriel pensó que su novia, tan clara como la concha nácar, había pagado el hotel, por lo cual decidió compensar el gasto.  Para su sorpresa descubrió que no les habían cobrado ni el más mínimo centavo por quedarse en ese lujosísimo hotel.

-                   Amor, ¿conoces a los de este hotel?, les recuerdo que no nos han cobrado, ¡y nos dicen que podemos pasar la noche gratis!
-                   No… ¡es una de mis virtudes!
-                   ¿De tus virtudes?, ¡eres grandiosa, yo no lograría convencerlos!

Toda la noche estuvieron despiertos, la joven acuática parecía no tener necesidad de dormir o de comer, estaba siempre amable y alegre.

A la hora de la cena la ninfa no estaba, Gabriel la buscó por la habitación y no la encontró.

-¡Amor! ya esta el agua para el té- dijo Gabriel para ver si su novia se presentaba

Como no se presentaba fue a lavarse las manos, entró en el baño y vio a la ninfa, que alegremente peinaba sus cabellos y chapoteaba en la tina llena de té de manzanilla.

-                   ¡Perdón!- dijo volteándose hacia la puerta – no sabía que estabas aquí.

Estaba dispuesto a salir cuando la ninfa dijo:

-                   Acércate, me podrías pasar mi vestido- dijo saliendo totalmente de la bañera.
-                   Claro- dijo Gabriel haciendo como que no pasaba nada.
-                   ¿Que sucede?, ¿porqué no me miras? ¿Nunca habías contemplado a una mujer sin nada encima?,
-                   Para ser sinceros no- Dijo pasándole una gran toalla que estaba colgada en la ventana.
-                   Sabes, me encantan los masajes, y más si tú me los das.- Dijo, dándole un frasco con un líquido amarillento.

Las costumbres de esa ninfa eran demasiado extrañas, se bañaba con té; le encantaban los masajes placenteros con agua y miel. Al mismo tiempo que cantaba, peinaba sus cabellos con leche sabor vainilla, gozaba untarse en todo el cuerpo la masa de los hot cakes y bailaba danzas exóticas encima de la estufa.

Pasó una noche llena de júbilo, a pesar de que la cena había sido empleada por la ninfa en sus hábitos, descansaron pacíficamente en la cama las últimas horas de esa noche.

Amanecía otra vez, estuvieron inseparables y llenos de júbilo, hasta que Gabriel noto que faltaba cinco minutos para las ocho y se acordó de que tenía que ir a clases.

-                   Ya me voy ángel sin alas.
-                   ¡Que te vaya bien amor!- dijo Amor.- espera, ¡ya sé por qué ese hombre le dijo a alguien que estaba como dios lo manda!, ese alguien era yo, y ahora comprendo por qué me lo dijo.
-                   Luego me cuentas, se me hace tarde, ¡nos vemos en el estanque!

Esta era una de las pocas veces que llegaba tarde al colegio, pues si alguna virtud tenía era ser puntual a los lugares donde debía ir.

En el salón Índira, la otra enamorada de Gabriel, estaba decidida a declararle su extenso y profundo amor. Pero él miraba hacia el techo, como tratando de descifrar un crucigrama. Parecía la pintura de San Francisco en la estigmatización, no obstante era diferente, esta no era en lo más mínimo dolorosa, al contrario era feliz y deleitable.

.-Vamos, voltea.- decía  Índira en su mente, mas Gabriel no volteaba, ni siquiera la tomaba en cuenta

Cansada de esperar a que él tomara la iniciativa le dirige unas palabras,  el ni siquiera voltea, estaba completamente enamorado de la dama del lago, no hacía caso del amor sincero que Índira le ofrecía.

Esta vez ella no pudo disimular e intentó decirle que lo amaba:

-                   Gabriel… necesito hablar contigo – dijo con un poco de preocupación.
-                   No tengo tiempo, voy a salir con mi novia.-
-                   Este...-
-                   Mañana me dices.-

Como veía poco interés en el joven, le dio el cuaderno en donde le había escrito tantas palabras de amor, le dijo que sólo lo abriera hasta llegar a su casa. Y así lo hizo Gabriel, abrió el cuaderno y estuvo leyendo los dulces versos que emanaban de sus hojas inmortales, sin embargo la mala suerte de Índira fue que Gabriel creía que Amor le había preparado una sorpresa y que le había pedido de favor a alguna compañera que le diera esa libreta tan especial, siempre pensó que ya no existían las personas que conquistaran todos los días a los demás con las palabras nacidas del espíritu.

Después de comer apresuradamente fue a ver a su novia que parecía ser de otra época, pues estaba en desigualdad con las costumbres modernas; a él no le importaba, nunca le habían interesado las modas pasajeras, es más le gustaba que no fuera de costumbres tan desastrosas como otras damas.

Amor lo esperaba afuera del lago, se veía que tenía ganas de comentarle algo:

-                   Puedo formularte un asunto algo complicado.
-                   Sí, de que se trata vida.
-                   Es que no se cómo decir, acaso…
-                   Crees que no te quiero, cómo crees, primero me verás comprimido en cenizas que diciendo: no te quiero, eres la mujer que siempre había deseado, eres tú mi diosa.
-                   No es eso, era otra cosa.
-                   ¡Ah, bueno!, dijo aliviado, ¿De qué se trata, tienes problemas con tu familia?, puedes tenerme confianza, te juro que no te abandonaré.
-                   Oye.
-                   Escucho.-
-                   ¿Acaso te gusta Índira?
-                   No, para nada…bueno… pues… me gustaba muy poquito antes de que te conociera,  la verdad desde que llegaste ya no me interesa.-
-                   Mm…-dijo la ninfa como dudando de que fuera un poquito.
-                   Bueno, me gustaba, ahora ya no, ¿la conoces?
-                   ¡Oh sí!, es una que siempre se te queda viendo cuando te escribe un sinfín de groserías en su libreta, ¿o acaso me equivoco?
-                   Cómo lo sabes, no tenía conocimiento de esas cosas, no sabía  que me odiaba tanto, ¿Qué era de ti
-                   Era una mala amiga que tenía, le encantaba burlarse de los hombres haciéndoles creer que estaba enamorada de ellos, para después ser serles infiel. Siempre usa el mismo truco, por eso lo supuse.
-                   Que bueno que me dices, si le hubiera hecho caso me hubiera amargado más la vida.
-                   Si Gabriel, y además ¿Para qué la necesitas?, me tienes a mí.
-                   Es cierto, contigo nada más se puede desear.

Gabriel quedó muy convencido de lo que le dijo su novia la ninfa, tanto así que no volvió a dialogar bajo ninguna circunstancia con Índira.

En la mañana del día siguiente en el salón de clases Índira esperaba que Gabriel contestara a la pregunta formulada en la primera página del cuaderno, mas fue inútil esperar que dijera algo. Así que hubo de tomar valor y a la salida de clases dijo:

-                   Gabriel, tú me gustas.-
-                   Pues fíjate que a mí también me asustas.-
-                   Es en serio.- dijo la muchacha ofendida por lo que contestó.
-                   ¿Sabes qué?, preferiría que no te me acercaras más.-
-                   Pero … yo creía que te gustaba.-
-                   Me gustabas, tiempo pasado, antes de que me diera cuenta el tipo de gente que eres.-

Acto seguido Gabriel se fue sin darse cuenta que ella lloraba en la banca cercana a la salida.

-                   Gabriel, ¡Te amo! – gritaba Índira en medio del patio, de modo que todos la escucharon.

Su amor imposible se hallaba ya muy lejos, no escuchó esa gran verdad.

En el lago al igual que todas las tardes se encontró con la ninfa bautizada con el nombre de Amor.

-                   Nos vamos.- dijo Amor.
-                   ¿A dónde?-
-                   Al cine , dónde más.-

Y se fueron alegremente,  comieron palomitas de maíz y helados de vainilla. La película, fue la peor que se pudo ver en pantalla, mas bien fueron los besos de la ninfa y los sentimientos de esa noche lo que la hizo que fuera la mejor película del universo entero.

A la salida del cine fueron a comer tacos en el puesto de la esquina. Compraron cuatro de barbacoa y cuatro al pastor, sin embargo la ninfa  ni siquiera probó bocado. Solamente lo acompañó en la banqueta. Las gentes cuchicheaban indiscretamente sobre  la joven hermosa.

-                   ¡Está muy flaca, le hace falta comer!- decía una señora algo pasada de peso y con chanclas de tianguis tratando de disimular su envidia.
-                   ¿Ay que no le da vergüenza andar enseñando todo?- dijo una señora, con un chaleco de cuello de tortuga y un sombrero extravagante, intentando encubrir su deseo por poder tener un cuerpo como ése.

Algo sucedía con Amor, ya no parecía tan ninfa, aparte de comerse los helados y las palomitas, se veía que un secreto escondía, algo que se podía afirmar que existía, pero que se ignoraba qué era.

No hizo preguntas sobre su extraño comportamiento por esta ocasión, la noche era demasiado bella como para desperdiciarse en trivialidades.

La Novia lacustre planteó una visita a un salón en el que se iban a celebrar las bodas de poeta más famoso de la época, lo cual no agrado del todo a Gabriel, era una de esas personas que no gustan de los ambientes llenos de gente; no obstante al ver tan ilusionada a Amor, cedió.

Abordaron el vehículo, en dirección al centro de la capital. Un chamaco, al bajar del carro tuvo el atrevimiento de agarrar por detrás a la ninfa. Antes de que Gabriel le diera una lección, Amor miró al tipo a los ojos y mágicamente lo dejó inmóvil en la banqueta, llorando como un niño cuando se le arrebata un dulce de las manos.

Una vez dentro del coche se pudieron sentar juntos y platicaron de las cosas del amor, de los días bajo el sol y los días bajo la sombra, de la lluvia y del calor.

Gabriel  estaba tan alegre como una golondrina en tiempos de calor, y descansaba con la ninfa dormida en sus brazos. En eso, un aroma conocido inundó el interior del carromato, pero, si era…

-                   ¿Por qué me estropea mis buenos momentos ese bigotudo?- dijo Gabriel con  voz apenas audible

En ese momento la ninfa despertó, miró al mal tipo. Parecía conocer a ese señor de bigote que parecía postizo.

Así fueron con su molesta compañía hasta llegar al salón de fiestas, una vez ahí, Amor no quiso ya entrar. En ese momento Gabriel sospechó que lo que ocultaba su novia tenía algo que ver con el pavoroso señor del bigote, y confirmó su sospecha, pues vio algo que nunca había descubierto hacer a la ninfa:

-                   ¡Ay!, ¿Qué me pasa?, ¡me siento muy fría por dentro!, ha de ser por el dulce ese de hielo que me comí.
-                   Pero el helado no te provoca eso.
-                   ¡Mira, pero, es verdad lo que siento!, pero si… ¡me sale agua de la cara!, ¡Qué pánico, voy a desaparecer!
-                   Pero si parece que estás llorando.
-                   No estoy orando, no me gusta rezar a estas horas, ¿no ves que algo me comprime por dentro y me saca agua de los ojos?

Se fueron apresurados de ahí, la ninfa estaba muy alterada, pues ya no se sentía como un ser divino. Le suplicó a Gabriel que la dejara ir a su casa, y que la dejara de ver en unos días.

-                   Pero, si te pasa algo grave, ¿Qué vamos a hacer?
-                   Nada, no te preocupes, me pondré bien.
-                   No puedo dejarte sola, necesitas que te ayude.
-                   No Gabriel, si en verdad me quieres déjame ir.
-                   Está bien, si algo sucede no dudes en avisarme.

Toda esa noche estuvo dando vueltas en la sala y pendiente por si es que llegara un telegrama o una carta. Y así fue vio un sobre debajo de la puerta y sin más demora lo  empezó a leer, era carta perfumada escrita con finas letras que decía:

“Perdóname si te molesto con esta carta, he pensado tanto en ti que ya no soportaba estar sin  comunicarme contigo, sólo quiero decirte lo que sabe todo el mundo: te amo Gabriel, aunque sé que me desprecias te quiero, bendigo tu indiferencia, te extraño, quisiera volver a verte como antes eras. Sé que tienes una novia que dices te quiere mucho, con todo eso no ha de pretenderte más que esta sangre llena de amor que llevo dentro, no ha de amarte más, porque sé que no …

Gabriel cesó su lectura y miró el nombre del remitente: Índira de Castilla.

No pudo tolerar más esa verdad que la creía mentira y estrujó la carta y le prendió fuego adentro del horno para los pasteles.

-                   ¡Ya estuvo suave de que fastidie y fastidie  con esas estupideces!-dijo Gabriel hecho una furia- ¡De seguro está involucrada, se puso de acuerdo con el viejo ese y algo le andan haciendo a mi novia!, ¡Esto no se va a quedar así!-

Al día siguiente a primera hora, en la entrada del  auditorio en que se iba tocar “Barcarolle”  de Offenbach, Índira esperaba en la entrada del auditorio.

-                   ¡Estoy segura que tan siquiera le dará gusto lo que escribí pensando en él! – pensó ,

Cinco minutos después aparecía su amor platónico en la entrada del lugar.

-                   ¿Te gustó mi carta?- dijo llevándose las manos al corazón.
-                   ¿A  qué grado ha llegado tu hipocresía y tu veneno?, ¡Fuera de mi vista!, ¿no ya fue suficiente con lo que le hicieron tú y ese desgraciado a mi novia?
-                   ¿De qué cosa estás hablando?
-                   ¡Ay!, ¡no te hagas la inocente porque bien te acuerdas de  todos tus crímenes!
-                    Yo no…- dijo Índira  limpiándose las lágrimas con el suéter.
-                    ¡Qué buena actriz eres! ¡Nunca vi al alguien fingir de esa manera! , ¿Sabes una cosa?, ¡No tengo la intención de escuchar a una cualquiera como tú!-
-                   Oh…- dijo Índira desvaneciéndose  y ocultando la vergüenza de verse humillada de tal manera.

Al tocar el violonchelo lo hizo tan mal que todos notaron que había olvidado la pieza, ella no soportó esa vejación y huyó al parque del lago y golpeó con violencia un árbol cercano, despeinó impetuosamente sus cabellos y maldijo a la vida y al amor desbaratándose de vergüenza, fracaso… hasta que quedó dormida en el pasto.

Violeta, la mejor amiga de Índira fue a buscarla y la encontró cubierta de lodo, grotescamente despeinada y húmeda.

-                   ¿Por qué te pusiste así?-preguntó Violeta
-                   Ay, ay, ay ,ay- decía Índira frotándose contra el pasto
-                   ¡Vamos, no te pongas triste!- dijo Violeta, al ver en ese estado  deplorable a su amiga también quería llorar.
-                   ¡Me odia!, ¡Me odia!, ¡ y yo lo sigo amando!
-                   Mira, ese tipo de personas no son convenientes, busca otros jóvenes que sean agradables, hay miles que se morirían por ti
-                   Es que yo lo quiero a él- dijo Índira segura de lo que decía.

Por otra parte Gabriel tocaba su pieza alegre de la vida, ni se imaginaba que todo fuese verdad.

En el lago un hombre, el mismo hombre del mostacho se quitaba prodigiosamente el bigote oscuro, se despojaba de la edad de encima al lavarse la piel y el cabello negro, pintado por algunos lados de un color amarillo canario, ahora era dorado y se había vuelto ensortijado, ahora su piel era clara, del mismo tono toda, un arco de madera y unas flechas con punta de oro concluían su figura.

-                   ¡Buenos días!- dijo el ex bigotudo  al acercarse a donde estaba Índira y su amiga.
-                   Perdón-  dijo cortésmente – ¡Yo tengo la culpa!
-                   ¿Usted tiene algo que ver con todo esto?- dijo Índira.
-                   Fue una equivocación mía al desempeñar insensatamente mi labor
-                   ¿De qué me está hablando? -  dijo Índira sin entender ni una sola palabra de lo que decía.
-                   Necesito hablar con Gabriel, tengo algo muy importante que decirle.

Como Índira estaba tan atormentada por su mal amor, Violeta lo acompañó al auditorio del colegio, una vez ahí se le informó a Gabriel que alguien lo esperaba en la primera fila y que era muy urgente. Cuando se hubo terminado la pieza, bajaba las escaleras pensando que era la ninfa la que lo buscaba.

-                   ¿Dónde está Amor?- dijo buscando con su mirada entre toda la gente del auditorio.
-                   No está aquí – dijo el chico dorado.
-                   ¿Eres su hermano?
-                   No precisamente, mas bien somos muy conocidos
-                   ¿Qué es lo que sucede?, ¡Vamos dilo!
-                   Mira, lo que pasa es que Amor, cómo explicártelo…
-                   Vamos no perdamos más tiempo – dijo esperando la catástrofe
-                   Es una ninfa
-                   ¿Una qué?
-                   Una ninfa que sobrevivió a la desaparición de todos los dioses y semidioses griegos
-                   ¡No digas tonterías!, ¡creo que tratas es de hacerme creer que es no me quiere y luego, con tus dotes de galán, irte con ella! , ¡Pues fíjate que no!, aunque estés más güerito y más guapo que yo, ¡no me voy a dejar de ti!, ¡que te quede muy claro! – dijo Gabriel sumamente enojado
-                   Tu novia sobrevivió gracias a que antes de que nacieras fue alcanzada por una de mis flechas que le dio la gracia que ningún dios puede alcanzar, una parte de sí se volvió humana y después de más de mil seiscientos años, la llamaste sin darte cuenta. Sólo ella y yo hemos sobrevivido, ni Zeus pudo salvarse, yo lo hice porque me convertí al cristianismo, ahora soy un ángel de amor al servicio del Señor. Por otra parte yo fui el que hizo desaparecer el espectro invisible de tus sueños, ¿por qué crees que ahora sí tuviste éxito en tu conquista?
-                   ¿Me estás diciendo que tú eres Cupido, el dios griego del amor?,- dijo Gabriel disimulando su asombro
-                   Sí,

Y era para creerlo, nadie habría dudado de la legitimidad del ser, pues no se parecía ni a los más galanes mejorados en las pinturas pintadas (valga el pleonasmo) con pincel de un solo pelo, como Gabriel era extremadamente desconfiado le tardó cinco minutos en aceptar los hechos.

-                   Está bien, te creo, empero quién era esa persona que me hacía la vida imposible.
-                   Era un espectro de la muerte que se cruzó en tu vida por equivocación, una vez hace miles de años dormí en una cueva y al despertar tomé mis flechas, sin embargo no me di cuenta de que muchas de ellas pertenecían a la muerte, debes de estar agradecido, pues muchos no logran sobrevivir.
-                   ¡Y Amor!
-                   Debemos ir a verla.

Al salir de la muchedumbre Cupido y Gabriel fueron al lago a ver a la ninfa. No era grato verla en ese estado: pálida, agobiada, de apariencia anoréxica y con aire vacilante, aparte de parecer una enferma mental adicta a la cocaína, ya ni siquiera Índira estaba tan destruida.

La ninfa al ver aproximarse a Gabriel alzó el vuelo y amargamente se estrelló en el agua, como un ave en un espejo.  También él se aventó al agua, aunque no sabía nadar muy bien, hizo intentos heroicos por sacarla del agua, cuando la hubo sacado, la ninfa dijo la verdad de lo que tanto había ocultado:

-                   Gabriel- dijo con un hilo de voz quebrado
-                   ¿Por qué lo hiciste?
-                   ¡Todas mis hermanas murieron y no me di cuenta de ello hasta que salí del agua y conocí de nuevo este mundo en el que vives!, lo he confirmado, ¡me he vuelto una persona que conoce el dolor y el miedo!, ¡antes no sabía que existía tal cosa!, ahora es tiempo de que vaya con mis hermanas, una última cosa, lo de Índira es mentira, ¡tenía miedo de que al seguirte a ti descubriera que no soy de este mundo y al hacerlo me llevaran a un circo de criaturas, como un día intentaron hacerlo, sólo eso- tras una larga pausa la ninfa tomó valentía y dijo … ¡Adiós, adiós hasta la muerte!- estuvo sus últimos segundos en zozobra, exhaló temblorosamente…  luego expiró en los brazos de Gabriel
-                   ¡Amor, dime que no es cierto!, ¡tú no te puedes morir!, ¡porqué no me llevaron a mí!, ¡yo hubiera muerto!, ¡no!, ¡no me dejes sólo!, ¡piedad!, ¡no soporto esta vida sin ti!- gritó Gabriel a los cuatro vientos, llevándose las manos a la cabeza y se quitó de golpe unos cuantos cabellos, comprimió sus dientes y trató de no llorar, todo fue inútil pues el llanto brotó inmediatamente.
-                   Toma este líquido, te hará bien- dijo Cupido
-                   ¡Llévate a joder tu pinche líquido a otra parte hijo de…! ¡púdrete y chinga tu…!- dijo Gabriel llorando amargamente y temblando como un epiléptico.

La cólera le había hecho decir algo que no acostumbraba a comentar, después de media hora de despedir atroces insultos cada vez peores, al intentar Cupido consolarlo, le plantó una brutal cachetada y dijo un poco más calmado:

-                   ¡Y si sabías de esta bronca!, ¿Por qué no me lo dijiste?- dijo en un momento de delirio Gabriel.
-                   ¡Siempre intentaba decírtelo!, ¡a pesar de eso nunca pude ganarme tu confianza!, ¡claro!, con ese disfraz de pervertido ¿quién la hubiera tenido?, ¡he fracasado!
-                   ¿Qué sabes del fracaso bestia inmunda?, ¡te la pasas chingue y chingue!-  dijo dándole una bofetada en la mejilla sana.

Otros cinco minutos pasaron y por fin Gabriel decidió a tomar el líquido, con ello cayó en un profundo sueño. Lo que nadie sabía era que Índira lo había escuchado todo. Las avecillas también estaban tristes y parecía que entonaban lúgubres cantos posadas en el junco, en ese junco que tantas alegrías y dolor había causado.

Luego de un mes, ni aún con la ayuda de Cupido y su gran conocimiento en las emociones, ni las atenciones del hospital psiquiátrico al que había ingresado, pudieron hacerlo superar la muerte de su ninfa; pese a que sabía que Índira lo adoraba, terminó sus tristes días agonizando de fiebre y locura. Después la muerte, la celosa, por ver larga agonía, como ave favorita, de amor lo deshojó.

Las avecillas volaban mirando el lago, en ese espejo lacustre y palpitante. La ninfa del lago murió y llevó en su mano la punta de flecha dorada que le había dado vida humana.

Índira y Violeta
Esa mañana clareaba el sol a las empedradas calles. El albor solar acudía hasta el más hondo recoveco de la casa, hasta el cuerpo más poroso y el más ínfimo átomo.
Se bañó, se perfumó y dio una limpieza a sus zapatos. Desayunó ligeramente, tomó su instrumento, lo guardó, abrió las dos chapas de la puerta y salió de su casa rumbo a la facultad.
El lago estaba como de costumbre: quieto, mudo, extenso y sencillo. Un cisne simpático le sonreía, era el alma de la ninfa del lago trancisneada (sic) en esa ave palmípeda. El ánima flotaba en el ambiente húmedo y fresco. Se notaba la suave brisa que arrullaba a las quietas hojas.
Índira tenía ya por costumbre quedarse unos minutos mirando el agua, también veía el sitio donde había muerto la novia de Gabriel. Una nostalgia se presentaba en su pensamiento: sentía como si Gabriel le hablara desde dentro de ella misma; que Gabriel le había heredado la costumbre de mirar el lago. Había aprendido a sobrellevar con el tiempo su dolor, y ahora Gabriel y la ninfa eran sólo un triste recuerdo de una etapa difícil.
Ingresó a la facultad cinco minutos antes de la primera clase, ahí vio a su amiga Violeta y a un muchacho llamado Manuel Omar, el hijo del empresario más acaudalado del estado. Cupido e Índira se habían hecho amigos a raíz de la tragedia ya descrita.
Al salir de las clases, Índira, acompañó a Violeta a una esquina cercana, donde su novio Manuel Omar la recogió. Índira por su parte cogió el camino a su casa, pensaba en cómo estaría en ese momento Cupido.
Cupido volaba hacia el cielo, extendiendo sus regias alas. Se remontaba a las alturas, entre una nube muy cargada de lluvia, cuando apareció una imagen espectral. No había duda: era la muerte.
-          ¿Qué haces aquí?- dijo Cupido- ¿No deberías estar al lado de Plutón cuidando tus almas?, Vete, y mándale saludos de mi parte a Proserpina.
-          Ah… bien sabes a lo que vengo. Quiero arreglar unos asuntos que tengo pendientes contigo
-          Es por lo de la cueva, ¿verdad? Estoy harto de ti y de tus crímenes, empezando por el homicidio de Gabriel y terminando por tu carácter inoportuno- dijo tomando la daga amatoria con la que solía matar a los desahuciados del amor.
La muerte mostró su filosa guadaña.
-          atente a lo que suceda cobarde Cupido- dijo la muerte furiosa
-          Ea, grosero bellaco, probaréis aquesta fuerza de mi potente brazo. Vuélvete al Hades, espectro mortal- contestó Cupido preparándose para la lucha.
Apenas terminado Cupido sus últimas palabras ambos trabaron un combate sin cuartel.
En la casa de Índira un perfume dulce y tenue levitaba en la atmósfera, era la esencia del amor mismo.
Transitó la tarde lenta arrastrando sus solares cadenas. Los átomos del aire que en derredor palpitan y se inflaman recordaban un paisaje de alguna leyenda becqueriana. Los árboles ondeaban sus hojas y proyectaban sus tenues sombras en el suelo humedecido por la leve llovizna de las últimas horas.
Anocheció, y la oscuridad tendió su manto de ojos de plata, cuya luz sigue llegando a nuestras pupilas aún cuando muchas de ellas fueron vivas y ahora estén ausentes en el firmamento nítido. Los astros errantes giraban interminablemente en el espacio.
Al día siguiente, Índira, tenía dolor de cabeza. Por lo tanto se tomó una aspirina.
Era sábado y quedó de ir con Violeta al centro de la ciudad a comprar un vestido. Cuando estuvo lista para salir alguien tocó la puerta.
-          ¿Quién es? – preguntó Índira
-          yo – contestó una vocecilla apenas audible
-          ¿Quién es yo? –
-          Cupido –
-          Hola, qué te trae por aquí–
-          Es que... pues... la muerte...-
-          ¿La muerte qué?- dijo Índira con voz asustada –
-          No deja que la paz anegue mi alma. Ayer tuvimos una querella inútil; y como siempre ninguno de los dos tuvo en risueño placer del vencimiento. – dijo Cupido malhumorado
-          Ay, Cupido, yo también tenía ganas de ir a buscarte. Últimamente me he sentido mal. Desde que murió Gabriel nada ha vuelto a ser lo mismo. Necesito vivir de nuevo el amor. –
-          Ah, comprendo- dijo Eros jugando con sus rizos dorados – te voy a ayudar. ¿Ves esta flecha de oro que con su luz enciende esta sala? –
-          Si, ¿cómo se usa? – dijo Índira para después tomarla en sus manos -
-          Hay dos maneras, una que dejes esta noble labor a este docilísimo servidor tuyo, y otra que lo hagas por vuestra cuenta. –
-          Yo lo haré por mi misma – dijo completamente segura de lo que decía
-          De acuerdo estaré si así lo pides, pero te propondría que me dejaras a mí la responsabilidad de tan tamaña empresa–
-          No, así está bien – dijo examinando la flecha - ¿me prestas tu arco?- preguntó
-          ¿Mi arco?, pero lo ne...-
-          Anda, te lo devuelvo pronto. También las flechas -
-          Pero... ¿no sabes el peligro que podría...? –
-          Anda – dijo Índira con ojos de cordero conmovido.
-          Está bien, pero ten cuidado -
Índira se despidió de Cupido. Estaba contenta. Ese día podría jugar a ser diosa del amor. Siempre había soñado con enamorar personas. Así pues corrió con el arco y las flechas hasta donde quedó de encontrarse con Violeta.
-          ¿por qué llegas tan tarde Índira? – dijo Violeta con cierto disgusto
-          luego te platico – dijo sonriendo Índira

Le contó todo acerca de lo de Cupido y la muerte, de la feroz y encarnizada batalla a la que habían dado lugar.
-          Y ese arco... ¿de dónde lo sacaste? – expresó Violeta tocando la fina cuerda
-          Me lo prestó Cupido. Ahora sí podremos jugar a enamorar personas.
-          Ah... y... ¿Por quién quieres comenzar?- dijo Violeta frotándose las manos
-          Pues no sé, todavía no tengo la certeza de lo que voy a hacer con esto – dijo Índira un poco triste
-          A mi me gusta un muchacho que vive a tres calles de aquí. No me hace caso. Siempre que paso por su calle le sonrió, y él se queda como tonto mirándome sin saber qué decir.
-          En ese caso después de comprar el vestido pasaremos a verlo –

En la tienda se demoraron más de lo esperado. Aparte del vestido se llevaron dos perfumes, una sombrilla a la moda, varios accesorios para el cabello, cosméticos de las más distintas clases... En fin, arrasaron con los productos de la tienda, y pesaban tanto las bolsas que tuvieron que tuvieron que pagarle a un muchacho para que les ayudara a cargar las bolsas hasta la parada del tranvía.
-          Ay, y yo que pensaba que sólo traeríamos unas cuantas cosillas – dijo Índira
-          Pues tu fuiste la que se trajo la mayor parte de la tienda –
-          No es cierto, ¿no te acuerdas quién devastó la sección de cremas?
-          Ay, no exageres, sólo me llevé una de cada marca –

Llegó el tranvía y las dos mujeres ascendieron a él penosamente. Un señor se enojó, ya que las bolsas de las niñas ocupaban dos asientos. Ellas no lo tomaron en cuenta.
Al bajar del tranvía tanto pesaban las bolsas que Índira dio un traspié y cayó junto con Violeta en la no muy limpia banqueta. Ese suceso al principio pareció tener poca importancia.
-          ¿Ya ves lo que nos pasa por querernos llevar la tienda?, se nos castiga la vanidad en ésta caída – dijo violeta sacudiéndose el polvo- ¿Índira, me escuchas?
-          Ay –
-          ¿Qué te pasa?
-          No sé

Al caer del tranvía las flechas de Cupido habían rodado por el suelo e Índira sentía ya sus consecuencias y también Violeta, aunque no quisiera reconocerlo.
-          nos vemos luego – dijo Índira tomando su bolsa
-          hasta mañana – contestó Violeta tomando la suya
-          sí –
-          adiós –
Al día siguiente, el domingo. Alguien tocó la puerta
-          ¿Quién?
-          yo
-          Pasa Cupido
-          Porqué estás tan azorada Índira, algo te acontece y negar no me lo puedes.
-          Es que... me enamoré de Vi...
-          Ay, ¡que bien!  te enamoraste y olvidarás el pasado de dolor. Nuevas aves solfearan a tus oídos trovas más hermosas que las de Orfeo a Eurídice. Los cantos de las bellas sirenas extasiarán tu alma con nuevas notas. Y en el amor redimirás la apesadumbrada sangre que ha germinado de vuestras azules venas. Y reverberará la estrella del norte celebrando tu amor imperecedero; que se ducha en la fuente de un paraíso de purificación mística y renovación constante.- dijo Cupido – ¡Enhorabuena! te congratula el dios del amor. Te saludan sus alas divinas. Mi poder te cubre de maravilla portentosa;  realza tu alma a las alturas, para que tú y tu ser amado lleven a buen término la consagración etérea de mi áurea flecha.
-          Sí – dijo Índira aún más turbada con la compleja retórica de Cupido – Creo que así lo haré.- dijo devolviéndole el arco y las pocas flechas que le quedaban.
-          Bueno, que seas feliz con tu nuevo novio.
-          Pero es que...
-          Ah, las flechas. No te preocupes, que flechas no me faltan. Hasta luego.
-          Adiós.

Índira pensó en su lésbico amor y en las consecuencias que podría traer a futuro. Pensó en salir a buscar a Cupido, pero una sensación inexplicable se lo impidió. Era, en aquella sociedad, un pecado intolerable que una mujer amara carnalmente a otra. Decidió mantenerlo en secreto hasta encontrarle una solución. En eso otra vez sonó en timbre de la puerta.
-          ¿quién?
-          Violeta
-          ¿...?
-          ¿Índira, me escuchas?
-          Eh...
-          Ábreme por favor. Está empezando a llover
-          Pasa.
Violeta saludó fríamente a su amiga y ella no murmuró la más mínima palabra en un lapso de quince minutos. Hasta que rompió el silencio.
-          ¡Violeta! - dijo Índira con una voz suave pero decidida
-          ¿Qué pasa?
-          Estoy enamorada de ti.- dijo incorporándose del sillón

Hubo un silencio absoluto, hasta la paloma que hacía nido en el techo calló a sus pichones. La tierra detuvo su marcha, y las aves y los animales del bosque guardaron hondo silencio.
El silenció se rompió hasta que una boca de fresa se unió a otra, terminó hasta que tomadas de la mano a rienda suelta se besaban, se acariciaban como los ríos a las raíces de los árboles. Como una tormenta marina que hace naufragar una flota de más dimensión que la de las guerras de Esparta y Troya.
-          Te amo Violeta, con un amor más grande que el de Romeo a Julieta. Te amo porque al igual que yo, eres mujer. Comprendo cómo amamos nosotras las mujeres, a diferencia de los hombres que no comprenden los sentimientos femeninos y no sienten lo que nosotras vivimos. No piensan igual a nosotras. Por eso nuestro amor es tan divino.
-          Yo sé cómo sientes cuando los labios te beso. Sólo entre mujeres el amor alcanza su máxima expresión, su faz más pura, su potencia más dignificante y sublime. Bella Índira, tus labios son las rosas consentidas de Ceres, son el fruto del árbol de la ciencia.
-          Adán surgió de un suspiro de Eva. Y yo surjo de tus labios como un manantial de la roca.
-          Me estremezco al contemplar lo deleitante de tu rostro de mujer divina. Yo sé cuanto has amado y llorado por los enigmáticos hombres a los que nunca comprenderemos. No necesitamos ya a ellos y de su insaciable sed de sexo. Ahora somos nosotras dos, el amor nos abraza en un hábito de seda. Mujer y mujer son rosa y rosa que crecen hermanadas y se nutren por un rayo de luz.
Índira desabrochó el vestido de Violeta. Contempló sus pechos, dos montes de nieve coronados por ermitas de amores peregrinos. Luego de un tiempo reposaban las dos en un lecho de rosas blancas y hacían el amor como nunca antes lo habían hecho.
Descansaron. Sus blancos cuerpos brillaban iluminados por un leve rayo de luz que se colaba por las cortinas cerradas. Pasó una eternidad para que llegara la noche y con su oscuridad profunda cobijara a las amantes.
El lunes siguiente, al final de las clases, cuando creían que nadie las estaba observando, se dieron un apasionado beso. Manuel Omar, que lo había visto todo, había confirmado sus sospechas: Índira y Violeta eran amantes. Manuel sintió en su alma galgos de fuego púrpura, estiletes de acero celoso. Tanta era su irritación, que salió corriendo y  al primer perro que encontró lo pateó con tal fiereza que parecía poseído por un ente diabólico.
- ¡De mí nadie se burla, soy el único hombre propiamente dicho de esta ciudad!, y menos con una perra.
Violeta y su novia fueron a cenar esa noche a un restaurante cercano llamado “Le Cygne Bleu” y ahí disfrutaron de suculentos platillos, de una música suave y deliciosa que exaltaba esa noche de amor bien logrado.
Una vez bien terminaron de degustar los exquisitos platillos, pagaron la cuenta y se retiraron con una paz inmensa de aquel limpio lugar.
Eran ya alrededor de las siete de la noche cuando después de tanta fiesta llegaron a la casa de Índira. Cupido estaba sentado en una jardinera. En cuanto las vio formuló las siguientes palabras.
-          he aquí mi imprudencia, te he prestado mis flechas, Índira, y mira lo que ha sucedido: se han vuelto lesbianas
-          no nos importa, pues ahora hemos conocido una verdad superior- dijo Índira con su mirada retadora
-          allá ustedes- contestó Cupido haciendo un ademán de despedida.

Entraron en la casa, pasaron un rato agradable observando las flores del jardín. Al salir Violeta, su novia salió a despedirla:
-          adiós amor. En eso quedamos, mañana nos vemos en la Hacienda de la Piedad como a eso de las seis de la tarde- Violeta dijo
-          Mejor yo paso por ti a tu casa y de ahí nos vamos.
-          Bueno

Se dieron un prolongado abrazo y un beso eterno. En eso un hombre vestido de negro con lentísimo andar pasaba justo frente a ellas. Tenía el rostro cubierto. Dijo algo entre dientes:
-          con que sí, mejor de lo que esperaba –

Ninguna de las dos le tomó importancia al sujeto. Violeta marchó a su casa.
En tanto, Manuel Omar, ciego de celos, buscaba una cruel venganza para las amantes. Al fin, esa misma noche se decidió a comenzar su venganza y fue de compras al lugar más lujoso de la ciudad. Se acordó de los mastines y las armas de caza que ocupaba su padre cuando iba a matar ciervos al bosque. Muy de mañana se fue a un pueblito cercano, San José de Pauperrimilpan, encontró a  un arriero analfabeta y le dijo:
-          Hey, usted, señor arriero, venga
-          Pa’ que mi necesitaba siñor, no ve qu’ando con mucha chamba – dijo al mismo tiempo que jalaba una mula necia que se negaba a andar.
-          Deje eso para otro día. Tengo un jugoso trato para con usted.
-          Me rete urge llegar al pueblo de allá atrás de la lomita. Ayer no jui a dejar estos costales.
-          Cuánto le van a pagar por los costales
-          Pos no sepo. Lo que me quiera dar el patrón.
-          Le digo que no vaya. Yo le pagaré en monedas de plata lo que gana usted en un año de trabajo duro, y, si se porta bien, no tendrá que volver a jalar borricos.

El arriero, que jamás en su vida había tenido dinero mas que para los frijoles y las tortillas duras, aceptó la oferta de inmediato.
-          adónde tengo qui dejar los burros
-          nada de eso, esto es lo que va a hacer...

Mientras en el colegio de música, Índira y violeta comentaban:
-          ¿no vino Omar verdad?- dijo Violeta
-          no le he visto por aquí
-          ¡pero si nunca falta!
-          Es extraño que no halla venido. Un día nos dijo que si llegaba a faltar, nos preocupáramos.
-          Y vaya que estoy preocupada – dijo Violeta llevándose la mano a la sien.
Exceptuando el asunto de Manuel Omar, todo marchaba bien. En la tarde Índira pasó por Violeta a su casa. Caminaron y platicaron de cosas de mujeres que como buen caballero no me corresponde mencionar.
En la floresta las aves saltaban de rama en rama, la brisa refrescaba el ambiente, los insectos del bosque jugueteaban como los alegres niños en los parques.
Les tomó casi una hora el llegar al Puente de la Piedad. Iban sin más preocupación que la de llegar a la Hacienda cuando se oyó un quejido agudo a mitad del puente:
-          Ay, ayúdenme. Oh, piedad Señor Jesús, apiádate de mí y no me lleves.- decía una mujer vestida de novia y cubierta de sangre
-          ¡Pero qué le pasó señora! – dijo Violeta con gran susto al ver tanta sangre
-          Unos pillos bandoleros me han asaltado y me han quitado la honra que correspondía a mi marido en la noche de nupcias.
-          Oh malhadados bribones- dijo un señor con traje de etiqueta, guante de seda y bastón de empuñadura de oro – iré a buscar socorro para ésta mi amada que ha sido tan injustamente mancillada.

Índira y Violeta ayudaron a “Lucinda” a incorporarse, “Lucinda” lloraba cubriéndose el rostro con las manos y el velo de novia.
-          no se preocupe, la ayudaremos en lo que podamos – dijo Índira
-          mejor siéntese en la banqueta. Estoy segura de que esos sinvergüenzas hallarán su merecido, pero por ahora debe descansar y esperar a que su marido venga con la ayuda – menciono Violeta tratando de tranquilizar a la traumatizada mujer
-          oh, dios las guarde, amables señoritas.

En eso el esposo bajaba de un carruaje cuatro perros. Los llevó hacia donde estaba “Lucinda” y las amantes. “Lucinda” se incorporó rápidamente, dejó de llorar y a una seña de ella los cuatro fieros mastines se lanzaron en contra de Violeta e Índira.

Índira lanzó un grito de horror al ver que uno de los perros sacudía sin piedad a Violeta tomándola del cuello. Con una fuerza más heroica que la de Aquiles, Índira se enfrentó con las furiosas bestias. Usó un espejo roto que llevaba en su bolsa, como un cuchillo. Logró librar a Violeta del perro que la sujetaba, el can aullaba de dolor, su cuello había sido atravesado por el improvisado cuchillo.

Fue una victoria breve, pues los otros tres perros emprendieron de nuevo la lucha, hasta dejar a Índira inmóvil y bañada en sangre. Los mastines a una seña de “Lucinda” cesaron el ataque y volvieron al carruaje dirigidos por “su esposo” a una orden, que era Manuel Omar disfrazado.
-          Perras lesbianas, ahora sí se pudrirán en el infierno – dijo Manuel Omar sacando un revólver que llevaba oculto debajo del vestido.

En tanto Índira ayudada por un espíritu, tal vez el de la ninfa del lago o el de Gabriel, milagrosamente con un salto derribó a Manuel Omar. Forcejaron. Índira le mordió el brazo con tal fuerza que Omar se sacudió de dolor.

Dos sólidos disparos se escucharon.

El arriero, arrepentido de su complicidad había disparado contra Manuel. Índira, viendo que ya podía morir en paz abrazó a Violeta, giró y cayó al río de La Piedad cuyo curso terminaba en el lago. Segundos después el arriero cayó muerto, víctima de un ataque al miocardio.
En tanto en el cielo claramente se oía: “has ganado”. Era Cupido vencido de nuevo por la muerte.












Cuentos del CCH

El nacimiento de Venus


Era un niño ingenuo cuando la conocí. Nunca había visto cosa semejante: deliciosa, inocente, rebosante de belleza, una niña apenas, a pesar de tener dos meses más que yo. La acompañaban compañeritas de la escuela. Platicaban de puerilidades. ¡No lo puedo creer! Nunca conjeturé que esa dama tan refinada pudiera estar ante mi presencia. Todavía era muy joven. Todavía una completa niña de primaria.

El primer día que conversamos Alicia y yo fue cuando acababan mis prematuros enamoramientos de una chiquilla que no me correspondía.

Hablamos muy poco, solamente de cosas triviales. Con el tiempo nos hicimos amigos, y un día decidió invitarme a su casa. Se sentía muy sola. Sus padres trabajaban todo el día y traían montones de cosas bonitas: juguetes caros, ropa de Liverpool, de Palacio; recuerdos de los viajes a París, Estocolmo, Montecarlo, Venecia y Nueva York. Sólo algunas vacaciones y algunos fines de semana estaban con ella.

Desde esa vez empecé a notar en mi amiga algo extraño: era aún más servicial que de costumbre. Me sonreía frecuentemente. Lo más inaudito fue cuando yo la esperaba en el sillón viendo un programa de concursos, dejó la puerta de su cuarto semiabierta y ahí como si no supiera que de afuera se veía casi todo, se despojó de sus ropas. No la alcancé a ver bien. Casi puedo aseverar que lo hizo a propósito, pues volvió a vestirse con las mismas prendas. Esa misma tarde la descubrí hojeando una publicación quincenal. La ocultó debajo de la cama de su hermano, el que marchó a estudiar una licenciatura a Madrid.

Alicia me dijo que no era nada. Cuando tuve la oportunidad me di cuenta que era una revista en la que se explicaba algo de posiciones del Kamasutra. ¿Quién sabe que será eso?, me indiqué.

En esa tardecita me confesó que su hermano escondía en su cuarto unas películas medio paradójicas. Insistí en que no quería verlas, pues eran impúdicas. Ella me dijo que no tenía nada de malo, que todos los adultos hacían lo que se veía en las cintas. Fue entonces que decidimos ver la menos subida de color.

Asombrados, impávidos, sorprendidos, quedamos al ver las escenas eróticas, que aunque apenas se lograba comprender cómo se hacía el amor, a nosotros nos pareció la octava maravilla del mundo. Nos pareció complejísimo analizarla. No sabíamos que así tenían relaciones las personas, (bueno, tal vez ella había visto ya alguna de esas películas). Siempre pensé que sólo se quitaban la ropa y se daban besos por todas partes, pues la película más apasionada que había visto era la de La Laguna Azul. No expresamos nada. Cada uno en cada esquina del sillón, ruborizados, apenados, ni nos mirábamos. Estábamos avergonzados al descubrir la naturaleza del sexo opuesto. Al principio cuando me imaginé haciendo esas cosas con alguien, me desagradó rotundamente el hecho.

Nos despedimos en un temblor medroso. Fui a mi casa apresurado. De noche el asunto cambia. De pronto me dan deseos de hacer eso con mi compañera, pero digo: ¡Ay no, qué tonterías, son cosas malas, por algo su hermano puso esas representaciones fuera de su alcance! Pero mi vehemencia se incrementaba en un pensamiento irracional, hasta que ambicioné con desenfreno absoluto labrar amor junto a la extraordinaria Alicia al igual que en la película.

Pasaron las vacaciones de verano, y con ello nuestra primaria. Por suerte nuestra escuela contaba también con secundaria. Frecuente descubría a mi pensamiento navegando en el video. Al regresar a clases, pasamos todo el santo día sin dirigirnos la palabra. A la mañana siguiente fue ella la que me dijo con un hilo de voz.

-         ¿Hiciste la tarea de español?
-         Sí, la hice- contesté tratando de no ver sus pupilas.

Poco a poco emprendimos a despejar nuestros prejuicios. Me invitó de nuevo a su casa, no acertaba ni qué pensar. No sobrellevaría otra película de ésas que me moviera a meditar en tales carnalidades.

Le hice concebir a mi mamá que nos habían dejado un trabajo en equipo, (vil quimera). Para convencerla compré en la papelería un papel cascarón y unas barras de plastilina.

Mi madre me dio muchas recomendaciones: “si cruzas una calle fíjate de ambos lados porque ayer en las noticias un niño…”, me dio la bendición y dinero para el pasaje.

Tomé el primer pesero y me encaminé a la casa de mi amor secreto. El microbús aceleraba y desaceleraba con feroz brusquedad. Igual que él mi alma entera se sacudía exaltada. Al llegar a su puerta toqué cortésmente el timbre. Salió esta vez maquillada, perfumada y bien arreglada. Por mi parte sentí la necesidad de arrancar una rosa de mi jardín para dársela en agradecimiento por nuestra amistad. Ambos sentíamos un no sé qué que nos obligaba a ser extremadamente cursis.

Improvisamos un juego de ajedrez. Me ganó pero le vencí en las carreras. Subimos a un peñasco pequeño de su ancho patio. La ayudé a remontar tomándola de su mano. Perdimos el equilibrio, cayó encima de mí y permaneció inmóvil.

Observé su recta nariz, sus perfectos ojos, su cabello negro y atrevido; su sonrisa prolongada, sus mejillas rosas, sus rasgos finos, su esbeltez, su blusa azul cielo, su suéter de mezclilla con imágenes de Rosita Fresita, su corta falda. Me di cuenta de que sin querer había puesto mi mano debajo de su falda. Le pedí mil y un disculpas. Ella pareció no darse cuenta. No se ofendió por lo sucedido. Por mi parte me decidí a pedirle que fuera mi novia.

Ahí fue donde con mano trémula rocé su rostro y todos los contornos de su semblante. No pude resistir el impulso de decirle que la quería, que antes de ella mi vida era un aversión, que era ama y dueña de mis sueños, que era más que mi amiga, que su mirar consumía mi alma al igual que una sustancia milagrosa y que su imagen impecable se quedaba plasmada en mis ojos, como si éstos fueran el lienzo de Velásquez.

Lo más sorprendente fue oírla decir que ella también me quería, que había acabado con su mezquina soledad, que le había dado nueva luz a su existencia. Ahí, sin decirnos nada, en el silencio más total nos dimos nuestro primer beso. Vibrábamos hiperbólicamente, ni uno ni otro rompió el infinito silencio que surgía de la nada.

En el hogar ella fue inmediatamente al baño. Yo, intenté componerle un poema de amor que en un inicio dificultosamente salía de mi lápiz. Poco a poco una emoción enorme se apoderó de mí y escribí y escribí las más hermosas palabras del alma. Ella se demoraba para bajar. De improviso vociferó que acudiera a donde se hallaba y acudí a su llamado. La busqué en todos lados y cuando entré al baño estaba ahí, departiéndome sin vestido alguno.

Era tan emocionante y conmovedor contemplar sus senos diminutos, su cabellera alborotada, su sonrisa tímida e ingenua; sus ojos claros, espontáneos. Me formuló arrepentida al ver que la observaba, que dejara de mirarla, pero no perdía de vista sus encantos. Le incomodaba un poco. Cubrió su delicada desnudez detrás de las cortinas. Me acerqué cautelosamente. Le hable con insondable cariño sobre cuanto la quería. Ella también me deseaba pero, como éramos muy retraídos e inocentes, nos daba miedo y placer todo aquello.

Al fin cedió. En la bañera se lavaba su cuerpo con abundante jabón. Su piel húmeda respiraba en mística profundidad. En un éxtasis incomprensible sus miembros frágiles incitaban a la concupiscencia. A pesar de tener doce años, su figura representaba mórbidos contornos apetecibles para cualquiera que pudiera gozarlos. Su pequeña y traviesa cintura fue acariciada suavemente por mis manos sedientas de placer. Recorrí sus suaves piernas, abracé su cuerpo infantil, besé sus labios, toqué sus pequeños brotes, accedí a sus partes más íntimas con su pleno consentimiento. Al hacerlo una especie de experiencias nuevas la invadieron, nunca había sentido el placer sexual de ese modo. Me permitió acceder al centro de su feminidad. De vez en cuando un suspiro de gozo se asomaba por su boca mientras acariciaba sus pétalos rosados.

Entretanto ella me desvestía con rápidos movimientos, al principio trate de oponer resistencia pues jamás en mi vida me mimaron  tan sensualmente.

Me estremecí cuando me dijo que quería hacer conmigo lo que vimos en el filme de la otra tarde. Me hizo una señal de que me aproximara.

Descubrió mi desnudez. Nos vimos el uno al otro tal y como Dios nos trajo al mundo. Estábamos muy cómodos. No hubo más secretos entre nosotros dos, cada uno sabía ya las intimidades del otro y las aceptaba tal cual.

Su saliva esquiaba en mis labios. Su lengua, era saboreada por la mía; sus dientes, parecían brillar aún más; su paladar suculento me deleitaba con su sabor a chiquilla. Su aroma purificante navegaba por todos los rincones de la casa.

Sus glúteos redondeados eran templadas tardes irlandesas: lisos como una escultura de plata, suaves como piel de gamuza; eran el refugio de mis tristezas, el pozo de mis alegrías el verdugo de mis penas, el milagro bendito, el día en que vi la luz primera, el numen de mis versos, mi lira de poeta, mi escudo, mi arma, mi defensa.

Los dedos de sus pies se recreaban bailando y coqueteando. Empezaba a moverse de una manera acompasada. Era un baile lleno de gracia y encanto. Galanteaba ante mí y exhibía la verdad corporal que me entregaba sin reserva.

Innovamos un amor incandescente. Se mecía con apacibilidad, de atrás hacia delante. La hice mía y me hizo suyo en ese instante. Derramó su virginidad, su primera contracción orgásmica de su vida.

Su clítoris entusiasta se dilataba y palpitaba.  Perdió el himen. Ambos dejamos atrás la inocencia y la castidad. Ahora contemplaba sus labios gimiendo, su cuerpo reventando de satisfacción. Entre sus piernas sentía el cielo. La poseía por fin. Todo su cuerpo era mío y todo lo mío de ella. Su cuerpecito, sus palabras, sus gestos, ademanes, lágrimas y risas; enojos y reconciliaciones eran mías por vez primera. Sus curvas delicadas me obligaban a seguir poseyéndola. Sus muslos tiernos titiritaban de miedo y confianza cuando los amaba.

-         oh, ¡que rico se siente, hmm! – me decía otorgándome su sexo entero.

Con asombroso ritmo y cadencia,  danzaba, y despeinaba sus cabellos que iban flotando en el aire, y eran miles de alas de cuervo que se desplegaban en una interminable fiesta de pasión, eran los jardines colgantes de Babilonia que verdecían en diluvio de astros.

Sus muslos se me abrían como las puertas de Troya. Descubría su simpleza y su complejidad debutando en esta escena de la vida. Su espalda era un mar agitado al amanecer, era un acertijo indescifrable, era el elixir de la geometría. Un palacio de mármol, una torre sin ventanas, un arco romano, un campo de trigo, una pradera vívida.

Su flor era el camino a la verdad, a los cielos, a la iluminación, al nirvana. Era un dulce fruto del árbol prohibido. Era serpiente que me ofrecía la manzana roja y apetitosa de la inmortalidad.  Sus pechos me decían: “sígueme soy tu pastor y tu redentor. Soy la única cosa que has de tener por verdadera. Yo soy el que soy, el Dios de Abraham y de Jacob. Has de hacer mi voluntad sin vacilar”.

En la bañera quedó nuestro secreto, que al final, ni fue tan oculto. Me estimulaba para alcanzar mis fantasías sexuales, consumadas por fin en sus misteriosas partes íntimas. La besaba con desenvoltura, ahora fuera del baño. En la sala y sobre el lujoso tapete, su vulva, (un carnaval brasileño en esplendor), me absorbió por completo. Sus pezones imperceptibles me miraban. Sus piernas se estremecían durante el acto sexual. Por un momento olvidamos nuestra individualidad. Amábala al sentir sus cálidos brazos, su blanco cuello, sus hospitalarios pechos, su cándido pubis que voluptuosamente me enloquecía.

Sus aretes de oro brillaban de manera solar en sus oídos excelentemente delineados por el mejor artista de este planeta. Su cuello el de un cisne, una columna griega, un castillo de nobles caballeros.

Su voz era un canto de aves, un instrumento melodioso que sabiamente domaba mi ser rebelde, un canto de sirena que esclavizaba mi alma y redimía mis pecados.
Su boca el cofre del tesoro, el fin de mis tragedias.

Sus ojos fijos: un par de perlas negras, inmóviles. Gacelas precavidas, en las que buscaba mi alimento y la cura de mi angustia. Sus cejas eran góndolas venecianas, resistían al naufragio y la zozobra. Sus párpados eran un aleteo de polluelos intentando el vuelo.

No sabía si me gustaba, me apetecía, la deseaba, la quería, amaba o adoraba. Todo aquello se confundía. Sólo conciente estaba de que la daga amatoria, o algo que se le parecía, traspasaba mi alma de dentro hacia fuera y del exterior al centro.

Mi necesidad de protegerla creció como la marea, pues tenía la gran bondad de una temerosa ardilla comiendo su nuez, la de un cordero joven pastando en el rebaño.

Tan cerca el uno del otro sacudiéndonos para entregarnos a lo que todos algún día se entregan. Flotábamos en el aire copulando y llenándonos de blandas caricias el organismo.

Casi el cuarto clímax alcanzamos, hasta que llegó alguien a tocar a nuestra puerta. Casi nos sentíamos marido y mujer. Me escondí en el clóset, e hice lo propio. Ella fue a abrir. Era nada más y nada menos que su mejor amiga que venía a hacer la tarea de matemáticas con ella, y para ser precisos, esa amiga era mi ex–amada.

Lógicamente calculaban la raíz cuadrada de tres mil quinientos diez. Ella y su amiga platicaban.

¡Por favor!, hace poco tiempo mi novia había los muñequitos de peluche. Su cuarto seguía todavía pintado de rosa, con corazoncitos de papel pegado en las paredes. Sus espejitos y sus labiales seguían en la repisa, vestigio de una niñez sobrepasada hace muy escaso tiempo. Todavía tenía la maña de cepillar a sus monas, acomodarlas y de limpiar con esmero su casa de muñecas.

La amiga de mi novia notaba a Alicia algo inquieta. La amiga observaba que Alicia estaba abstraída en mí y no me quitaba un ojo de encima. Mi novia se levantó mágicamente, se acercó a mí, me tomó de la mano y me besó con ardor.

La joven se sobresaltó, quedó perpleja, impactada. Cuando me acerqué para despedirme, se alejó inventando que tenía mucha tarea, que debía llegar antes de las seis a su casa.

Mi amante y yo nos permanecimos en el hogar.

Nos bañamos juntos para limpiar nuestros cuerpos. Tallaba su espalda lisa con la esponja, ella enjuaga mi cabello, lavábamos nuestros rostros, nos abrazamos en un suspiro pacífico. Jugamos a echarnos agua. Reíamos. Alicia salió corriendo a la sala. Nos perseguíamos. Inocentes sonrisas se dibujaban en nuestros labios. Éramos todavía unos niños que “apenas descubrían la vida”.

Fuimos felices y nos regocijábamos al beneficiarnos uno al otro. Nos relajábamos al ir a los lugares exclusivos de los que ella se podía dar lujo. También de los sitios sencillos: el bosque, el lago de mi casa, a lo que estaba acostumbrado. Disfrutábamos los días en los que estábamos juntos en la escuela. Nos ayudábamos en las tareas. Era un sueño hecho realidad, una nostalgia alegre, un campo florido, una cosecha exuberante.

Ahora me entristezco al pensar que ya no está a mi lado. La última vez que nos vimos fue cuando la invité a salir al cine. Su niñez se la llevó la pálida muerte, ese día en que tropezó en el periférico con una coca cola. No pude salvarla y evitar que el microbús la comprimiera. Ahora, después de cinco años de todo eso, me siento culpable, insulso y criminal al pensar que pudimos evitarlo, si hubiésemos cruzado por el puente.

Los limones 

Jaloneos a rayaduras de limón: imposible. Cada limón en la licuadora implora una última oración: “Aspa bendita que estáis en el cielo”. Bah, todo se lo traga la superaspa, como inspirada en los colmillos de un perro citadino, como esperando que el limón sea como un San Esteban, o un San Sebastián. A veces yo aspa. A veces yo limón. Y que más da, víctima, victimario, o hasta el mismo líquido, o hasta la tapa, o hasta el motor que hace girar las aspas, o el cable, o la luz, o nada. Todas las existencias pueden ser. Todo seamos. Podemos conjugarnos en cualquier  cosa por difícil que pueda parecer. Ningún bagazo ni semilla nos lo impedirán.

Danza con unas luciérnagas
Danza con unas luciérnagas enormes. Danza con unos perros ditiritámbicos y flacos, casi para la barbacoa de fines de semana. Pero los perros también tienen sus infiernos interiores, sus lugares sin límites, y no lo dice Goethe, quién sabe quién lo diga, pero yo lo recuerdo, y por tal lo tengo. Igual los marranos.

Qué años añejos añoro, añil cielo apiñonado.

Púrpura, rojo cielo, carne y soplo y bruma y Maelstrom, pero enmudecido. Tal era el amanecer de hoy. Ese cielo donde pueden volar las brujas que presagiaron la coronación de Macbeth. A veces cielo como un cáncer de sangre, o como la hemorragia que mató a la madre de aquel pintor autor de El Grito

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