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martes, 22 de mayo de 2012

Fragmentos de la Minueida

EL REY DEL MAYAB

“Yo, Hats’uts-Sak chíik Na’at-kaan, (anteriormente denominado Minuestīs Centzontli) por gracia de los dioses, Rey del Mayab, Sumopontífice del Templo del Colibrí, Príncipe de Tayasal, Gobernador de las islas Arawak, Señor del Istmo Guaymi, estoy presente.
Opto por hablarte como a un amigo, pues tal lo eres; en trances dificultosos de tí pude estrechar la fraterna mano.
Por cuanto por parte de tí, considerado amigo, Cycni, me he enterado que habíades compuesto un libro intitulado Primera Parte de LA MINUEIDA, y juntándola con la segunda, en la que se describen los sucesos de mi nación, y en habiendo visto esta obra de tan fecunda imaginación, aunque de no pocas exageraciones y sensualismos, no pude sino conceder mi aprobación y mi bendición para con la obra ya mencionada. Aunque, aclaro, doy mi versión de los hechos en la misma, para que el lector pueda observar bajo otra perspectiva el presente libro.
Agradecido estoy con vos, amigo intimísimo, al darme el placer de contemplar este libro que habíais prometido escribir hace ya tiempo para gloria de mi raza y de mis antepasados. Ha quedado ensalzada mi patria en este canto solícito, Cycni; y para agradecer esto, doy una grata bendición a tu persona y quedo en deuda contigo. Fecha en Sak Taak’in a tantos días de”

YO EL REY

Para ti, Manuel Omar Vergara Vargas,
envuelto en cánticos

... y un colibrí escapó a la mirada del Dios:
a la mirada de la ecuación que define al universo.
Y así es mi Dios: sin luz ni purgatorio
tan solo una igualdad que representa
la suma de cuantiosas realidades.
¿Y mi pecado? ¿Mi crimen?
Helo aquí.

Cycni

Prólogo del autor

Era, supongo, la reina Boadicea una de esas mujeres serias, airosas y, ciertamente, de un cierto aplomo femenino que le daba la apariencia de un severo adonis de larga cabellera. Constituían sus rasgos una nariz recta y proporcionada; boca mediana y exquisita; ojos azules, grandes, estoicos y aguerridos; cejas definidas (las más de las veces, levemente arqueadas); piel limpia; mejillas ruborosas; cabello rubio recogido en una larga trenza; cuello ni frágil como de mujer, ni tan ancho y robusto como el de un guerrero; cuerpo mas bien atlético; brazos que guardan el equilibrio entre agilidad y fuerza; cuerpo atemperado a la batalla. La reina era, según informaban los romanos misóginos, inteligente para ser mujer. Habiendo sido sus hijas violadas por los romanos, juró, con maternal deseo de venganza, que no descansaría hasta asesinar a todos los latinos de Britania. Muerto el rey de Iceni, su marido, se rebeló contra el romano opresor; congregó a numerosos pueblos para que, junto con el de Iceni, lograran echar al invasor. Boadicea no temía a las hostilidades. Se dice que, con fiereza de varón, tomaba su lanza y la arrojaba al campo de batalla al iniciarse las gestas. Logró derrotar a los romanos en numerosas ocasiones. Arrasó con Londinium y Camulodunum. Mas, por falta de experiencia bélica dada al natural pacifismo de su pueblo, a su inexperiencia militar, enfrentándose al colosal imperio, fue vencida. Dicen algunas fuentes que, como Antonio, prefirió suicidarse antes que entregarse al enemigo.

Y en rumiando yo la historia de esta triste mujer, a la que los pasados siglos tanto revés dieron, no pude sino elucubrar muy dentro de mi seso inmaturo y pueril, una ficción de proporciones semejantes, aunque nada que ver con ninguna historia de las naciones de las del mundo.Este cuentito no tiene mucha relación con hechos históricos. La historia de Minuestīs y la reina Nenfis, si bien se ven influidos por las gestas que describen los autores clásicos son, más que nada, espejo de mi propio ser interior, de mis cavilaciones y luchas, de las que extraigo, humildemente, para provecho del que gustare, la historia de La Minueida, a la que, desde hoy, me entrego por entero.

No pienses, lector mío, que encontrarás una obra aguda de ingenio, menos aun carente de yerros, cuando no de inconcordancias y otros pecados que enturbien un poco mi discurso del ideal. Considero una aberración entender a un texto como un mero artefacto retórico y ajeno a la vida del autor y su tiempo. Qué podría hacer yo, un muchachito más bailarín que poeta, marginado, solitario, depresivo, de poco genio, rostro desfigurado, más influenciado por mis desazones que por mis lecturas, aquejado de desemejantes desencantos y chifladuras, sino versar sobre una mujer comandante que rige a unas amazonas venidas de quién sabe Satán dónde y sueña con fundar una Ciudad Ebúrnea que rija los destinos del mundo; y un chico que se complace, como yo, en danzar entre las batallas y cantar loas a un dios colibrí. Mi mucha ignorancia de las cosas del mundo, mi corto seso y mi precaria erudición, me hará plantear las situaciones de una manera ingenua y, quiera la suerte que no, atropellada.

No es mi intención definir al hombre en su totalidad, ni pecar de vanidad al intentar criticar todos sus aspectos; me defino a mí, me burlo de mis propios menesteres, locuras y ambiciones; antes no, como hacen los poetas de kitch, crear desde la carencia y las obsesiones creyéndolas alimento de la inspiración del vate; menos atenerme a los dictados de la Musa Neoliberalista. Me burlo del hombre, pero antes de mí. Puedo decir, al menos, que lo único que en verdad conozco es a mí mismo y mis defectos; cada demonio ocupa un estrado junto con las virtudes. Y en la medida que mis propios defectos puedan ajustarse al molde del hombre moderno, estaré criticando su forma de ser. Desde los presentes tiempos, me dedicaré a la Minueida; hasta que ella misma, de su propia voz, se de por sentada y satisfecha. Procuraré, eso sí, hacer mofa de los libros escritos por novelistas del capitalismo que pecan de espiritualidades banales; osan llamar héroes a baladíes magos de capa y varita, que más que humanos, semejan semidioses; se aferran con fanatismo a alquímicas ensoñaciones de una supuesta Gran Obra; nutren fantasiosas obras de supuestas conspiraciones, e inventan demás cuento enajenado que no tiene ni pies ni cabeza, y que se acomoda al los estériles entendimientos y a las ambiciones del aplastante industrialismo. Vale.

Soneto a las musas y Apolo

No pretendo ofendellas, musas nueve,
con éste mi cantar tan turbio y tosco;
mas tampoco ajustar un himno hosco
al anodino gusto de la plebe.
De cuántos más, Febo, en mi nota breve
del lírico cantar que yo conozco,
tu trazo afable bien lo reconozco;
es fuego acristalándose en la nieve.
Al Parnaso transpórtame, Virgilio;
llegue yo a un paisaje de epopeya,
donde Ercilla y Calíope su idilio
viven muy lejos ya de la querella 
de este mundo: éste frágil domicilio
do Thánatos extiende su centella.

Loa al príncipe Minuestīs
Bese el ave tus sienes perfumadas,
¡Oh! Príncipe Cenzontle inmaculado.
Ciernan polvos de luz las tiernas hadas
en tu intelecto niño tan amado.
Por ti se han entonado las espadas
y singulares gestas se han fraguado.
En tu honor han sonado los tambores.
Los dioses te han brindado sus honores.
Príncipe metaestético: dedico
esta epopeya a ti, pues nombre toma
esta oda en que yo me fructifico
de Minuestīs, príncipe de aroma
y de miel. Mi plumífero abanico,
mi preciosa vasija policroma:
tu sublime cantar ennoblecido
al mismo Colibrí tiene abstraído.
Poema a Omar
¿Llorarás mucho, Omar, cuando me vaya
a la ebúrnea región que tanto anhelo?
 Ya no ambiciono el tártaro ni el cielo.
¿Razón que me detenga puede que haya?
Ni el amor que ignoraba la muralla
disparecer podría mi desconsuelo,
ni de tu tierno beso el terciopelo
bien sabría prometerme vida gaya.
Obelisco nutrido con tu sangre
mis labios regarían con savia densa
en un momento eterno sin momento.
Mas ya cuando la espina me desangre,
dardo amortiguará mi pena inmensa,
y Xochimilco oirá mi último acento.

Motivos de este crimen

Yo, que conjugo todos mis demonios
y arrastro los arcángeles caídos
al impúdico lecho de mi instinto,
arrancaré al laurel sus tiernas hojas,
ante el talante del género humano;
mas fruto habrá que recoger se sepa.

¿Sólo un demente vate como Cycni
esqui gestas zoides cantar podría
con lira enfebrecida y delirante?

No busco se me quiera, no es preciso.
Yo soy una medusa reculando
en el torbellino de la modernidad;
un ojo entre la mierda a carcajadas;
algo que pudo ser, horror, tan bello.
Soy el rey de Gomorra en un destierro.

Yo destruiría, de ser posible, el mundo,
lanzándolo a la boca de un gran fauno
para que regurgítelo Catarsis.

Y no refugio hallé en el Tezcucano:
 hallé mi voz en otro tiempo herida,
 mi voz entre la suya; y el arcano
velado en otro tiempo de mi vida,
 surgió de entre la tezcucana mano,
 no del eutlocpatl de sien fruncida
que ley impone en doctas vanidades
siendo de telaraña sus verdades.

Mas en vengarme empeño mis esfuerzos;
 y en el mismo cantar del europeo,
 me burlaré a su ritmo y en sus versos,
 pues es el mejor modo que yo creo
que no será banal mi ingente esfuerzo
de tener su desprecio por trofeo.

Alguno escuchará mis peroratas.
Se ofenderán mentes mojigatas.

Pues que de entre los hombres, Cycni Poeta
surgió, mas en proceso deficiente
se aculturó a su medio el loco asceta
celando en su interior su ser demente.
Con lunáticos aires de profeta
aves alcé que al sol de luz splendente
sumí en una profunda paradoja
y a los hombres causé rara congoja.

“No sentía contento al lado de los hombres”
Bien dijo el Rey Poeta, y lo comprendo:
de cuantos hombres vienen a la esfera,
de la especie yo fui el ave agorera
Es verdad que ser hombre me es adverso,
pues, casi siempre, en soledad rendido,
aspiro rosas de bálsamo introverso.
No sé quien es, no se por qué ha nacido
ese hombre donde vivo, y ese esfuerzo
en aferrarme a absurdas existencias
y a raras ilusiones y creencias.

I Introcucción

Aunque te parezca una chanza oscura, todos los días, a estas horas, un ave extraña cruza por la ventana. Tiene plumas plateadas. Dice que todos algún día iremos a hacerle compañía en su exótico nido lleno de esqueletos y cuerpos mutilados. Su imperecedera sed y su ansia insaciable provocan en ella la necesidad de sacrificios humanos.

Por las tardes llega a la puerta otra ave. Ésta está completamente desplumada, ciega e indefensa; situación que no evita que de su pico emerjan las más atroces palabras: noticias de muerte, injurias, planes perversos, asesinatos por cometer. Anuncia todo tipo de enfermedades y desastres.

Por la noche, llega la peor de todas: un pájaro grotesco, descomunal e infame; con plumas negras y gruesas, ojos enormes y depravados; patas descascaradas y viejas; uñas afiladas; pico torvo y punzante. Las hemos visto nosotros, los vates “dementes”, pero ellos, los de afuera, que creen estar en pleno juicio y uso de razón, no se toman la molestia de ver lo que sólo observan nuestras mentes alucinantes.

Una de esas aves el día de mi nacimiento. Me acompaña desde entonces, y no deja de atormentarme con discursos filosófico-deterministas. Este cóndor me hace sentir que todo es un absurdo, un sinsentido; me llena de avasalladora incertidumbre.


II

En mi juventud florida me puse a divagar sobre los andares de mi vida: el cóndor; los descarriados potros de locura; la violencia psicológica que ejercieron los que nunca me comprendieron; mi truncada y traumatizada sexualidad. Recordé nuestro peculiar afecto y el día en que nos “besamos” con la mirada, niño tan mío.

Desde ese día las tres aves me custodian. Me atormentan por las noches. Las aves me persiguen y me hunden sus picos en lo más hondo de la carne. Pugno con ellas. Intento alejarlas. Inclusive invitan a criaturas que intentan lidiar con mis ideas, pero no las dejo salirse con las suyas

No me gusta este lugar, pues hay gatos azules que se la pasan el día jugando bingo, cartas, ajedrez, apostando considerables sumas. He intentado sacarlos halándolos de las colas. Tratan de arañarme. Maúllan como degenerados. Se burlan de mí con sus risas altaneras. Todos se ponen de acuerdo para atormentarme. Para lograr su objetivo, arrojan litros de champaña por los aires. Beben y se devoran sin moderación. Tienen orgías prolongadas. De vez en cuando, un grito anuncia el sacrificio de los corderos inmaculados. Jovialmente, decapitan borregos y golpean con violencia sus cuerpos tiesos. Cuelgan sus cabezas en ganchos de metal que a su vez se balancean mecidos por un hilo invisible.
Un gato dice que es delicioso el crujir de los inútiles huesos. A los más afortunados les arrancan la lana de sus cuerpos grasientos. Chillan los engendros cuando los azotan contra los muros ¡Oh qué dolor verlos morir tan lentamente!

El ave que está ciega y desnuda dice que Satán es el encargado de copular en las noches con las mujeres para proveer al planeta de nuevas criaturas decrépitas, como yo, para entorpecer el avance y el progreso de la humanidad. Murmura que “Dios creó a la tierra y la humanidad sólo para satisfacer su narcisismo, para sentirse superior a todos los seres, para que le amen a la fuerza”
En la ventana, el ave nocturna se atragantaba de carne sebosa, cruda, olorosa, repleta de moscas de los excrementos. Comía asquerosamente, lamía sin discreción los restos de sabor cárnico. Hendía su pico en la madera, tratando de chupar hasta el último átomo de la pérfida carne humana.

II

Los monstruos son un espejo del alma humana, cuando aparecen no lo hacen con la intención de que nos horroricemos con su fealdad, o para que no podamos conciliar nuestros sueños y nos revolvamos en infames y depresivas noches de pesadillas. Son mensajeros que nos vienen a mostrar los misterios de la vida y de la muerte. En su desproporción bárbara nos ilustran nuestros propios vicios, nuestra propia corrupción y nuestros más hondos temores.

El monstruo se muestra monstruándose (sic) Ellos son los espejos de la sociedad humana. Algunos son horriblemente peludos y vives en las cañerías de las ciudades, otros son colosales y con enormes cabezas atestadas de protuberancias, otros tienen falos enormes, y otros más tienen fama de devorar asquerosamente criaturas inocentes. Aún así los monstruos se caracterizan por ser seres desproporcionados, terroríficos y muchas veces con una enorme fuerza, poderes sobrenaturales, o en su defecto por tener pactos con el demonio.

Los monstruos son nuestro subconsciente, lo que no queremos aceptar pero es verdadero, lo que no queremos ver de nosotros mismos por el miedo que sentimos a aceptar nuestros instintos y nuestros deseos reprimidos. Los monstruos son el lado que jamás mostramos al mundo, son nuestras aberraciones más íntimas y nuestros secretos más subrepticios.

III

Cuando era niño todo me daba asco: el mundo era una perra de protuberantes pezones escurriendo leche amarilla a la luz del sol; una veta de miserias; casa de sublimados sádicos que con la medicina te redimen; valle de ultrajes donde amenazan con castrarte si te portabas mal, los compañeros no querían jugar contigo, tu madre estaba ausente, decían que eras un loco y la vulgaridad del mundo constreñía al niño.

Me contaba cuentos a mí mismo, fantasías ostentosas, seguramente; hasta llegué a escuchar el clarín de las batallas, llegué a ver el ascenso de los armipotentes héroes a la cúspide de las montañas de niebla, a alturas como de gasa purísima.

No pude resistir a todos los embates del mundo. Un día me sorprendí imitando a los mártires, andando de rodillas por toda mi casa, flagelándome con un cinturón, pidiéndole a los cielos un gato como compañía, y creyéndome un pecador imperdonable, indigno de la piedad divina ¡Qué vulgaridad! En ese momento descubrí que el mundo me había ya, tristemente, coartado.

Nunca alegres dibuje paisajes. Siempre me autorretrataba sin sonrisa, una simple línea recta indicando la boca. Pintaba demonios envueltos en mareas escarlatas, a veces con la cara vuelta al cielo, burlándose de Dios obsesamente. Otras, bullían los canes rabiosos y fantasmas, o gatos con expresión de máscara africana. Veo a mi madre horrorizándose con mis dibujos.

Nunca me gustó comer, tenían que obligarme. ¿Asceta yo que renunciaba al mundo? Inclusive a los ocho años escribí un cuento intitulado: “Júpiter y las verduras” en el cual Júpiter convocaba a todas las verduras del mundo a congregarse en el Olimpo, cada una pediría una gracia al gran dios, pero en vez de esto Júpiter las destruyó (a petición mía, claro está).

Soñaba con una máquina de escribir, nunca dinero tuve. Mi sueño tuvo fruto en secundaria. Los oficios y las cartas comerciales hicieron que llegase a odiar el artilugio: Muy señor mío y amigo: Le manifiesto por medio de la presente que su orden número 456 está en… ¡la chingada! Me irritaba escribir esas mamarrachadas dignas de un hombre de corbata, camisa y gesto flemático.

Dejé de creer en Dios a los diez años, absurdo lo encontré e infantil. En cuanto a Cristo, siempre lo hallé demasiado distraído, como concentrado en un yoga agónico, gozando en la vanidad de su dolor: “yo sufro por el pecado de vosotros, y he de redimirlos”. ¿De qué sirvió su martirio? ¿Acaso alivia las penas del mundo? Yo creo que las magnifica en vez de redimirlas. Yo también soy muy vanidoso, no lo puedo negar, pero no llego a tal extremo.

La belleza se pudre, pero gracias a ella descubrí la poesía, a veces gasa tenue y agraciada, a veces daga sórdida y terrible; fue una niña quien me la mostró: Stephanie su nombre, y bello en ella un rostro cual hay pocos en el mundo (Ja, ni está tan bonita, me decías). Enloquecí por la muchacha hasta el colmo del llanto rebuscado y de la greña fácil. La cortejaba con llantos gestual y dramáticamente afeminados: ora me limpiaba delicadamente las lágrimas con la manga; ora daba quejidos de niña abrazando el pupitre; ora gritos de hembra violada cubriéndome el rostro; ora chillidos como de entre dolor y orgasmo, para después gritar: “No puede ser”. La seduje con róseas palabrerías, con desmayos de princesa durmiente y tragedias épicas. Sabía que no funcionaría, pero era mi modo, tan raro, de embelesarle en miedo. Y miedo por parte de ella conseguí: se sentía como asediada por una lesbiana convulsiva, excitada y a punto de perder los estribos. La última vez, la pobre no resistió y tuvo un colapso nervioso. ¿Quedó traumatizada? respóndetelo.

En la flor efímera me puse a divagar sobre los andares de mi vida: el cóndor; los descarriados potros de locura; los flagelos y las foscas lenguas; las vaginas histéricas e insaciables, tan inalcanzables como mórbidas; mi deseo por poseer un rostro de mujer para burlarme mejor del mundo.
Recordé nuestra amistad; cuando jugamos a los lacrimosos rubores temblorosos, a los ojitos de avispa y colibrí, niño tan mío. Tenías catorce años; yo, todos y ningunos; y tú te reías e iluminabas tus ojitos inocentes cuando me preguntabas mi edad y te decía eso.

A veces el de en medio me chupaba. Aunque fingías asco frente a nuestros compañeros, te encantaba. Sé que especialmente en la noche, recostado en tu cama, te acordabas de mí entre vahos y ríos de espuma ¿Por qué no me dijiste que me querías, si yo también sigo mirándote envuelto en esas auras róseas?

Ahora caigo en la cuenta de que soy el más pobre de entre los hombres: perdí al único amigo que tenía en el mundo y… puta madre, duele. Ahora yo soy el que pienso en ti envuelto en fiebre y olas. Y en fantasías de lazo y cuello.

Me he encomendado a lo menos engañoso de la existencia, y en ratos pinto y escribo un poco. Escribo, pinto, bailo y canto porque si no me suicido. El mundo me lastima; de poder abandonarlo, lo haría, pero el instinto de supervivencia es fuerte; lo puso natura para engañarnos y tratar de eternizar el drama humano, absurdo Castillo. Como me gustaría partir sin que nadie se doliese, sin que nadie se percatase; entonces partiría como una Ofelia en un río negro.

En balde toco las áureas puertas de un magno templo. Voy en redondos círculos. Vuelo como cóndor en torno al cadáver de mis propias tristezas.

El no enloquecer bien: lo que enloquece. Y es que algunos compañeros dicen que estoy medio dañado porque me pongo a bailar frenéticamente, ya sea en los salones antes de empezar lo clase, o en la explanada. A veces maldigo en voz alta. El mundo se burla, conspira. Tropiezo. Quiero llorar y río. Alzo las manos como un simio errante. Una angustia mortal de ser saciada se presenta, vibrante, ante mis ojos. Como el poeta, a veces “aspiro a ser un loco peligroso” y hasta llego a ladrar.



Con tersas lágrimas recordé mis desventuras. En esas divagaciones de espíritu, en esos escudriñamientos internos, viajes alucinantes de mi esquizoide espíritu; mi alma se cimbró violentamente para después arrojarse a un confín abismal, a un denso ambiente que no tardó en adormecerme lentamente. Cuando despertó mi razón, me di cuenta que me encontraba en una brumosa región, de caliginosa y densa atmósfera, de vapores sofocantes. Me sobrecogí al pensar que había llegado a alguna región subterránea donde los descarnados moran. Cuando se disipó un poco la niebla, aparecióseme un rugiente jaguar de raudos movimientos que amenazaba por lanzarse sobre mí. Desistió en su intento, pues un águila de potentes garras apareció de entre la atmósfera nebulosa. El águila me estuvo mirando fijamente por espacio de media hora. El terror y la angustia hacían mella en mí. Y así como un venado inmóvil se estremece ante la presencia del jaguar, que se envuelve en las cómplices tinieblas, así mi ánima se conmovía bajo esos hórreos infortunios.

Mientras no prorrumpía palabra de estos horrores, una incorpórea sombra se deslizó ante mí. Dijo:
- ¬Hombre fui. Mi padre fue muerto en guerra. Tuve por patria a Tezcoco. Yo, el rey poeta, el cantor del ave de las cuatrocientas voces, nací en los tiempos de los anchos plumajes de quetzal. Fui un papagayo de gran cabeza, y canté a aquel dios escondido: a Tloque Nahuaque. Te he llamado a mi presencia, a ti que aprendiendo estás a perforar las ajorcas y a fundir el oro.
- ¿Eres tú el rey Netzahualcóyotl, aquel manantial en donde abrevó este cervatillo las primeras letras poéticas?- le respondí con los ojos lacrimosos y el espíritu férvido-. Tú que de Tloque Nahuaque eres divino profeta: ¿acaso esta es la región en donde de algún modo se existe? ¿dónde el nahual que me proteja de estas alimañas que me acometen?
- No es esta la región; mas es contigua.- respondió al ver mi desesperación- ¿Por qué lloras tan desdichadamente? ¿acaso no sabes a lo que has venido? ¿acaso no?
- No lo sé. Sólo sé que soy desdichado y pésimo poeta. Nunca se es poeta, sólo un poco; yo, de los menos.
Netzahualcóyotl guardó silencio, y, con regia mano, disipó las rigurosas tinieblas que me envolvían. Ya no estaban ni el jaguar ni el águila. Habló con profunda voz:
- M te necesita, para eso he requerido tu presencia- dicho esto, tomó un collar y me lo colocó en el cuello.
- ¿M?, ¿Quién es y donde lo hallaré?, ¿Qué tipo de ayuda deberé prestarle?
- Te guiaré hacia un lugar forastero a mí, cuanto más ajeno a ti. Allí conocerás a un príncipe que tiene por nombre Minuestīs, Muchacho Sagrado del Templo, al que en México llaman Centzontli. Estarás a su servicio. No más decir te puedo. Mas, antes, deberás atravesar este espejo.
Me vi, pues, en dicho espejo: cabello oscuro, lacio corto y peinado conservadoramente; piel blanca y limpia; una cara de rasgos infantiles, delicados y tímidos; expresión melancólica, de niño quebrantado... Miré mis ojos negros grandes, tristes, (aun a pesar de las tinieblas bellos); la nariz delgada y algo desviada; labio leporino y paladar hendido (lo odio); cuello esbelto; la espalda más bien estrecha; brazos delgados, cuerpo de pocas carnes; una cicatriz en el costado, en el mismo que el de Cristo, (nunca te lo dije); manos delicadas; piernas corredoras; pies en otro tiempo planos. Yo, enamorado platónicamente de Rimbaud hasta convertirlo en el dios del onanismo, lamedor de Rubén Darío, discípulo de Ercilla, responsorio de poetas heroicos (y no creo en los héroes)
Sin saber de qué manera, mi piel empezó a caerse a pedazos, surgiendo una criatura casi igual a mí, sólo de una naturaleza más pura y revitalizada, más armónica, según mi engañosa tal vez percepción.
Después de estos eventos el Rey Poeta me dijo:
- Este es tu cuerpo, y ya que desollado ya, de nueva piel te revistes, tendrás nuevo nombre. Escógelo, pues
- Me llamaré Eques Cycni, el caballero del cisne, pues de tal naturaleza es mi alma.
- Ve pues a las fiestas que se celebran en honor al Colibrí. Sé que entre la multitud sabrás reconocer a Minuestīs: es el muchacho que se te aparece disfrazado de plumífera ave en tus sueños. Lo reconocerás también porque su perfume de dalias es inconfundible. Lo reconocerás por su voz; y aunque no puedas ver su rostro oculto bajo la máscara de la fiesta, sé que como el arroyo que sigue su corriente, así seguirás el rumbo que a él te conduzca. Cuando estés con él y haya concluido la fiesta, le darás ese collar que te he regalado, por cuyo espejo profético, el príncipe entenderá lo que debe hacer.

Dicho esto, el rey que fungió como un Virgilio, desapareció junto con mi atrevimiento de imitar a Dante; empero, tu, Omar, sigues siendo mi “Beatriz”.

Efectivamente, de pronto me encontré entre una multitud de nobles que, al parecer, no se percataban de mi intempestiva aparición. Como me había dicho ya el papagayo de gran cabeza, sentí el aura de Minuestīs; era la tuya. El niño despedía un levísimo aroma de dalias. Y como el cempasúchil conduce a los muertos hacia el altar donde reposan las ofrendas, así me conducía el aroma del niño hacia su pulida persona.

Nunca relegaré al olvido ese dulce momento en el que él me preguntó con ceremoniosa voz:
- ¿Quenin motoca, telpochtli?, ¿Por qué no estáis disfrazado para la danza en honor al dios?- dijo y me miró con una mirada más traviesa que intrigada.
- Soy Cycni …- dije casi sin aliento al contemplar los arrebatadores ojos del príncipe.
- ¿Cycni? Un raro nombre para una rara persona.
- No han sido vanas las exageraciones que cuentan sobre vuestra alteza.- dije

Un Rimbaud parecía en rostro maya,
tal vez más desterrado que ese arcángel.
Era como de barro y polvo de oro,
era como de arcilla misteriosa.
Sus acusados ojos orientales
a un soberano Tang le asemejaban.
Era raro y sublime y majestuoso
y de belleza un tanto afeminada.
Alteza de hieráticas cimeras
es al alzar la frente transparente.
Una minuente luna es su mirada…
mínimo dios en niño transformado.
Su divinal sonrisa es el estío.

Creo que me enamoré del príncipe. Conversamos por espacio de media hora. Estaba yo tan sumido en los ojos del personaje, que olvide por completo lo que había dicho Netzahualcóyotl. De pronto, en una pausa de nuestra conversación, recordé lo que el rey me había dicho; así que dí el collar al niño. Mudó de semblante, se puso lívido, temió profundamente en sus adentros. Luego se desató a llorar con suma consternación Mientras lloraba amargamente, arrodillado en el suelo, murmuraba unas palabras en una extraña lengua.

En tal situación nos encontrábamos, cuando, de improviso, el grupo calló, se congregó y esperó. Empezó a sonar una música lenta, majestuosa y embriagante. A diez metros de la muchedumbre, separada por una valla, una mujer de impresionante majestad, cubierta de joyas, con un churrigueresco tocado de plumas, surgió detrás de un biombo. La secundaban mujeres vestidas de velos tan finos que era cosa de lo ver. Su rostro estaba oculto bajo una máscara de platino. Los nobles se arrodillaron y comenzaron a cantar una letanía extraña, mientras la mujer esparcía lo que a mi parecer era polvo de oro contenido en un receptáculo en forma de almendra.

Minuestis se acercó discretamente a la mujer, movió el dedo índice en círculo, a lo que la mujer contestó abriendo la mano. El príncipe hizo un gesto con los labios a la reina y se tocó el lóbulo de la oreja. La reina confió el receptáculo a una de las mujeres que la secundaban e, inmediatamente, requirió al príncipe. La reina marchó detrás del biombo junto con el niño; él me pidió seguirlo, pero a la reina no le agradó mi presencia.

Una vez detrás del biombo y lejos de las miradas, la reina se sentó en una especie de diván al ras del suelo. Minuestis y yo permanecimos de pie. La reina exigió se le explicara el por qué de la urgencia por parte del príncipe de hablar con ella. Minuestis estiró el collar hacia la mano de la reina, que palideció. Úuntulis, como después supe que se llamaba, asintió con la cabeza al príncipe, llamó a una de sus mujeres y le susurró algo al oído. La sierva se extraño y volteó a ver a la reina, la cual ratificó su orden. Pasó una media hora. Nadie quería decirme que era lo que sucedía. El mismo príncipe me evadía con la mirada. ¿Es que era tan terrible el significado de un simple collar que hasta una Señora de la magnitud de Úntulis palideciera ante su presencia? Pronto supe que no era cualquier collar, pues la reina lo arrojó al suelo. Para mi sorpresa, se convirtió en un ave zancuda de extraño aspecto: tenía un espejo en la frente.

La sierva trajo ante nosotros unas cajas, una especie de cofre y una espada brillante como el cristal. La reina, sin mirarme a los ojos, me entregó las dos primeras a mí; la espada y el ave zancuda le correspondieron al príncipe. Luego nos condujo dentro del palacio. Ni en mis sueños más esplendorosos vi cosa semejante. Al principio estaba un largo pasillo custodiado por centenares de guardas, luego pasamos a una habitación pequeña, con paredes cubiertas de encajes, salimos de ella y entramos a un jardín tan fragante, que creí estar en el paraíso. Atravesamos el edén y llegamos a un palacio de rara grandeza. Una gran puerta se abrió, con lo que ingresamos al palacio. Era tal recinto blanco como el marfil, adornado de estatuas de oro que más parecían criaturas vivas, muros engalanados con pedrería, un estanque amurallado de cristal donde jugueteaban dos delfines, y en medio del estanque una isla cuadrada y adoquinada. Había una barca cerca de la isla.
La reina tomo una llave larga que tenía en el cuello, la introdujo en un orificio del muro de cristal y, como por obra de dioses, se levantó una porción del muro, y la barca comenzó a navegar hacia nosotros.

Ascendimos al bote y nos dirigimos a la isla. El suelo de la “isla” se abrió. Vimos unas escalinatas. Descendimos las escaleras. Qué magnífico lugar era aquel sitio tan custodiado. A diestra y siniestra se veían innumerables riquezas, semejantes a las del Preste Juan; demasiadas, inclusive, para un rey. Creo que sólo todos los tesoros de la Europa medieval podían competir con tan fastuoso tesoro. Había una puerta al final del salón. Entramos y caminamos por un largo pasillo, blanco y monótono. Al final encontramos un recinto circular en donde reposaba un enorme aparato con dos extremos en forma de aros.

La reina, por fin, habló con voz clara: deben encontrar a Nenfis cuanto antes, pues ella sellará la ruina. Y yo me preguntaba de qué ruina hablaba.

Minuestis se cambió y se puso ropas muy humildes. La Majestad nos dijo que nos quedáramos quietos en medio de los dos aros y encendió en mecanismo. Comenzó a zumbar cada vez más agudo. De pronto, una luz azul y cegadora lo cubrió todo. No recuerdo lo que sucedió después, pero Minuestis y yo nos encontramos entre una densa arboleda. Minu sólo me indicó que lo siguiera.
Allí comenzó nuestra epopeya, entre el desconcierto que me causaba el raro comportamiento de aquellas gentes para conmigo y mí acendrado temor para con el porvenir.

 Mi voz entone el postrimero canto,
antes que desfallezca frío y exangüe.

Preludio invocatorio

Canto las armas mexícatl, glorias de tiempos pasados,
ínfimamente narradas por mi talento tan corto.
Canto la célebre áurica entre los Andes incrustada.
Narro amazonas impávidas en la ciudad entre juncos;
líder a Nenfis tuvieron, la hija de la Reina Califia.
No ante blasón cortesiano fue adjudicada la tierra;

Nenfis, la reina terrífica, la de crecida locura
(tanta, que a quien amontona las nubes en cielo sombrío
túvole a poca su cúspide, casa de dioses y diosas)
yugo instaló a las naciones; doblegáronse a su fuerza.
Venía para ruina de Europa; así el Colibrí lo ordenaba.

Vestigio de cósmica estirpe fundó la Metrópoli Ebúrnea
a orillas de un istmo ceñido, en el voluble Caribe.
Cetro absoluto en las ínsulas tiene la Reina Guerrera;
un mare nostrum gobierna con poderío sin ejemplo.

Fue Minuestitzin de lúcida casta de aquellas deidades,
bello cual no hay en el orbe criatura ninguna;
no hubo en los tiempos pretéritos ente de tanta hermosura
ni aun la de dioses miríficos brilla más prócer que Minu.

Canta, de Nenfis la Reina, muchacho, la bárbara espada.
Canta la patria tenochca y la su eterna belleza;
y de la Ebúrnea Región las blancuras innatas;
y del Príncipe Cenzontle el límpido canto.

Las causas recuérdame, Niño, que a aquel principito precioso,
a exilio orillaron forzoso; aclara mi mente difusa.
De Nenfis, el triunfo copioso; de Minu, belleza profusa;
recuérdame, pues, blando amigo, su devenir asombroso.

Canto I

HUIDA DEL PRÍNCIPE MINUESTĪS. CAPTURA DE MINUESTIS POR PARTE DE LA REINA NENFIS.

Dejando atrás palacios y placeres,
Minuestīs de sólo años catorce,
acostumbrado a jades exquisitos
y a plumas tornasol y a blancas telas,
tramonta los caminos extranjeros,
los lindes del imperio otrora suyo.

A sus espaldas, en la lontananza, el mar dotaba lágrimas de sangre.
Lejos de su patria, musita al viento el Príncipe Cenzontle, dolorido:
“Yo, Minuestīs, hijo de Úuntulis reina, soberana de esta esfera,
mi desventura lloro; pues ha llegado el tiempo de la sangre derramada
de la que autor seré.
Las pérdidas tan grandes de los unos,
las ganancias tan grandes de los otros
invertidas serán. ”

Resistiendo los embates de esa procaz espina,
se adentró en la selva fría, madre de la lechuza
en busca de la señora de las ciudades siete.
Seis días, con dos alpacas y con un triste poeta,
siguiendo al ave guía, a la Huul k’iin bella,
vagó entre las veredas de esa región de tristura.
Entona un canto el príncipe al dios Xiuh, ave de las alturas:

“Notlalli, Ipalnemohua:
Tú que forjaste la aurora
y que en el viento de tu ala
hiciste crecer al Cemtlalticpac:
escucha mis pesares,
hálito de esperanza,
mano del dios piadoso,
agua restauradora,
llama del héspero claro.
Sálvame de la muerte.
plumas de paz envía.
Dame tu augusta pluma;
tú, Colibrí Divino.”

De pronto, se escuchan los trotes ligeros
de cascos veloces rozando el terreno.
Se sienten las voces de bravos guerreros
que cimbran el suelo cual hórrido trueno.

Y llega un tropel de jinetes montados en bestias extrañas.
El príncipe mira asombrado a la turba feroz y altanera;
a Xiuh se encomienda, le salve de tantas criaturas hurañas;
y gélido queda ante agreste mirar de la hueste guerrera.

De entre ellos, resalta un Jinete que bárbaramente le expresa:
- Inoportuna criatura del fango:
no estorbes el trote de recios caballos.
Esta noche a morir yo te condeno.
Tu cabeza rodará por el campo.
- Señor, que tan regio te mostráis:
piadosamente, ruego compasión.
Príncipe soy en mi sagrada tierra,
fama tengo de hermoso en mi nación;
y he venido a ver a la gran señora
que una alianza nos de consoladora.

- Tu llanto desoiré, protervo niño.
No pareces noble, menos príncipe;
y, aunque lo fueses, no me atemoriza
sesgar a un principal del enemigo.

Esto “el Jinete” apenas hubo dicho,
que vislumbrando, el príncipe, su muerte,
entonó el triste canto que, en el nicho
funeral, se canta al esqueleto inerte.
Brotaba este canto susodicho
intentando mudar su aciaga suerte
por lágrimas piadosas e indulgentes
de arrepentidas fieras penitentes.

“El Jinete” avanzó muy ofendido
en dirección del príncipe turbado;
desenvainó la espada y, atrevido,
interrumpió su canto acompasado:
“ridículo muchacho alicaído:
no me conmueve tu llanto afeminado
ni tus lerdos cantares me han tocado,
pues Reina soy que vidas he sesgado.”

La reina sin el yelmo ya se muestra:
bella mujer en rostro cariñosa,
mas es feroz guerrera tan siniestra,
delgada, pujante, recia y airosa;
en guerreras artes es su mano diestra;
su mente es brillante, mas es maliciosa;
fijo es su mirar, bizarra su imagen;
no hay hombres en valor que le aventajen.

Del signífero escudo el misticismo
de un órgano cordial ceñido en dardos;
y del oscuro arcano el simbolismo
de dos fieros bicéfalos leopardos
cuyo exaltado y rudo paroxismo
no logran entender ni vates bardos.
Me horripilan, y, tímido, la observo,
y, pálido, de hablar yo me reservo.

La arrogante mujer a nos nos dijo:
“Soy de Califia la hija esplendente.
Por la espada a cien estados rijo.
Generalísima soy y combatiente
en el guerrear laborioso y prolijo.
Humíllense ante mí, pues no consiente
mi espíritu su vano atrevimiento
de quererme causar afligimiento.

“Mal día – dijo el príncipe- en que muero
a manos de una Reina tan extraña
que me arroja a un cruel despeñadero
como se arroja a rústica alimaña.
Antepasados: a ustedes confiero
mi espíritu, mi ser, mi amor, mi entraña,
lo que resta de mi vida dolorosa;
mas parece que olvido alguna cosa.

No lloraste, ¡oh dios!, Nenfis impía,
al escuchar mi canto condoliente;
vibró mi dolorida melodía
en pos de un alma dura e indolente.
No conmoví tu ánima sombría
ni con mi llanto amargo e impotente.
Lloraron corindones y diamantes,
las piedras más severas y cortantes”

A esto dijo Nenfis, enfadada,
con voz intimidante e imperiosa,
tomando firmemente la su espada
y en alto alzando el arma rigurosa
(por furores malsanos afilada),
con alma dura, férrea y belicosa:
¡De coaliciones yo no entiendo nada!
No me han de conmover sensiblerías.
Prepárate a sentir las agonías.”

Y yo le contesté a la Reina airada
“Reina infame, de salvajismo ejemplo,
si sesgar quieres un ánima ajada,
matarme a mí puedes, mientras contemplo
a mi señor indemne de tu espada.
No toques a Minuestīs, que es el templo
donde vive el amor más alto y puro.
Déjalo a salvo. Yo a morir me apuro.

Brotó en tanto una dama de entre aquella
multitud que al proceso estaba atenta,
ella era una finísima doncella
que en opinión no tiene impedimenta,
de Cíbola ella es princesa bella,
amiga de Nenfis, que descontenta
con la resolución de La Siniestra
dió a Nenfis de inteligencia muestra:

“Nenfis: legal permiso a ti te pido
de estos niños refutar la injusta pena.
Sea, por santa piedad, manumitido
el príncipe de lóbrega cadena.
Pues puede este príncipe abatido
servir a nuestros fines; su condena
no serviría de mucho, pues su muerte
sólo nuestros ánimos divierte.”

Ya la Reina sanguinaria atemperada
por la niña y sus lúcidas sentencias,
dio muestra de su esencia mesurada
y nos habló con más suaves cadencias
y la espada abandona, apaciguada,
y renuncia a sus míseras violencias
y me mira con ojos perspicaces
escrutando del mirar sus antifaces.

Al príncipe miró Nenfis, serena,
de arriba a abajo. Estas palabras dijo:
 "Tu fama en vano no es, mas es gran pena
que resolver no logre el acertijo
de tu belleza lúcida y amena.
Perdona este afán que no acobijo,
que comprender no puedo, pues mis ojos
sólo admiran del cadáver los despojos.

El príncipe calló, tomó mi mano,
y al lado de Auris nos acomodamos.
Ya venciendo de Auris juicio sano
nos dio ya más confianza resguardarnos
bajo su protección y amor liviano.
Y ya en tranquilo goce comenzamos
a descansar al lado de la dama
y a contar nuestra hégira y su fama.

Nos dimos cuenta de algo sorprendente:
eran todas mujeres “los jinetes”
Hombres había de ánimo rugiente,
eran de limpio acero sus almetes;
pero la comandante y combatiente
los relegó a términos deficientes:
solo en la infantería los tristes hombres
tenían lugar, y ya no más renombres. 

La niña me invitó a tomar asiento,
ella, la que mudó nuestras fortunas,
y nos brindó del ya ansiado alimento
que menester era después de lunas
de caminar en duro molimiento
tomando agua, mendrugos, agrias tunas,
y apresurando un hado que ignoraba
y tal vez Minuestitzin me ocultaba.

Mas Fortuna nos brinda grande ayuda
bajo la protección de la amazona
que es Nenfis: fuerte, indómita y membruda;
aunque un tanto insolente y fanfarrona;
mujer estoica, cruel y sagaz guerrera;
adusta, delirante y altanera.

La niña era de penas enemiga.
Muy simpática era y muy risueña;
adversa de sembrar umbrosa intriga;
muy blanca, de piel suave y marfileña.
La niña era de Nenfis muy amiga;
en conservarse célibe se empeña;
mas, por mi fino olfato, yo sospecho
que era la compañera de su lecho.

La única mujer europeizada
que vi en mi largo viaje esperanzado,
era Auris, era la aria princesa respetada,
que dicen que de oriente, había llegado
un día a las tierras árticas, ajadas,
desérticas, y de hálito secado.
Era de cabellera, Auris, dorada,
lustrosa, candorosa y arrobada.

Era de cabellera, Auris, undosa;
la de áureos rizos, de perfil albeado.
En Cíbola era joya muy valiosa,
en Quiriva su rostro es alabado;
y en la Callida forniax, más hermosa
mujer no hay como ella, ni han hallado.
Ni la reina le iguala en su terneza
Sólo Minu supérala en belleza.

De Cíbola era Auris la princesa,
y de la gran Quiviria el cetro ingente
rige con donaire y con destreza.
Seguro de un vikingo es descendiente,
pues del Valhala tiene la certeza
y se encomienda a Odín y es de él creyente.
Su credo está influenciado por usanzas
de Cíbola, que en él hizo mudanzas.

Es general segunda Auris en guerra,
gobierna a los varones esforzados (...)

Anochecimos con Morfeo en los brazos.
La del cabello áureo contemplaba
a mi niño. Veíanse los ocasos:
celajes que en cielo bosquejaba
Xiuh, que de la vida ata los lazos.
De nuevo Auris a Minu contemplaba;
empero, intuyo yo, disimulaba
algo que, silenciosa, me ocultaba.

Una tristeza a mi niño conmovía,
y yo lo consolé lo más que pude;
le dije que el destino cambiaría,
que los hados son cosa que se elude,
que el dios del vasto edén nos cuidaría,
que Dermen, con llameante flama acude.
Para al niño otorgar mayor consuelo
musito yo al dios que alberga el cielo:

“Ya vienen las ocasos coronando
tus albas sienes, Ave inmaculada;
y el húmido sereno alimentando
de Ceres, la campiña encomendada.
Salve, dios, que en lo alto vas volando
y ungiendo vas, con noche sonrosada,
la argéntea frente de mi niño santo.
De mi risueño niño enjuga el llanto.

Vive tu luz, Ave tan vigorosa,
del nutrimento primus poseedora.
Ave regia, solemne, ponderosa,
del anima pristinus sabia autora:
da a mi niño tu gracia portentosa,
consiéntelo con bálsamos, enflora
su belleza, celebra sus primores;
de su sueño sean los astros veladores.”

Por fin durmió mi niño, el dios viviente,
más que una Kumari reverenciado;
pues es hijo del sol resplandeciente,
dios doméstico al orbe encomendado.
Al mundo y al hombre reverente
y al animal hermano está confiado.
El sol y luna en níveos connubios
partían, desposándose, en efluvios.

De Citlalcueye lúcida campiña
mostrando está el arcano paralelo,
celeste, que el astrólogo escudriña
cuando Xiuhpilli ya en el fresco cielo
ya no con rayos la creación armiña;
mientras que los quécholes su vuelo
consagran al sureño chuparrosa:
el de la mente audaz y belicosa.

Cuando el cosmos diuturno
en cascadas de éter lo rociäba,
y en éxtasis nocturno,
su sosegada frente penetraba,
el cuervo taciturno,
su bondadosa faz abandonaba,
al tiempo que su sien se iluminaba.

Y a un tiempo que vibraba,
su tierno microcosmos agraciado,
a un mismo paso andaba
el macrocosmos vasto, dilatado.
Un astro acompasaba,
ese astro que por dentro del amado
era brillante espíritu irisado.

Aquí os dejo, lector, que has soportado
mi canto débil, rústico y prolijo,
pues de reposo estoy necesitado,
y aun no he descifrado el acertijo
que Auris me oculta en ánimo velado.
En el mundo no habrá regocijo
cuando a Nenfis conozcan: belicosa
mujer, severa, rígida, impiadosa.

Esta prisión de cadenas asfixiantes,

(Y tinieblas sonriendo)

a un castrati de arcilla me reducen

en rubor de la noche.

Retorna, oh libertad,

Retorna, al menos, paz.

Regresa a consolar esta voz abrasada,

con una nueva aurora,

con un sol de esplendor…


En la quietud del bosque

Las frágiles hojas mecen

Un secreto entre sueños.

Y crujen al saber mi cautiverio

suspendidas gacelas.

Cuchillo que capó

A un niño ruiseñor…

Oh, Carlo Broschi, ruega,

por un nueva aurora,

por una nueva aurora.


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