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jueves, 24 de mayo de 2012

El teporingo. El Cangrejo.

El teporingo

Minu era un príncipe que poseía un teporingo que no tenía nombre. Un día convocó a los ministros y les dijo: "Digan a mi pueblo que ofreceré una recompensa a quien le dé el nombre más bello a este animalito, puesto que él presidirá la colocación de la primera piedra del templo al sol.

Los ministros dieron la orden de divulgar el mensaje a los emisarios.

Pasadas unas semanas, todo el país estaba enterado de la proclama. Hombres de largas barbas y extrañas artes acudían ante el estrado del príncipe a proponerle nombres de sonoridades de miel, o de fuerza de ola, o de estremecimiento de tierra. Pero al príncipe ningún nombre se le hacía propicio para su mascota.

Un astrólogo de oriente, incluso, recomendó a Minu que el nombre del teporingo fuera aquel sonido que una piedra hiciese al caer al estanque real. Así se hizo. Pero después de muchos intentos, entre los que habían obtenido sonidos como plushk o como croac (este último debido a que la rana del estanque se asustó con la piedra) el príncipe no quedó satisfecho con los resultados y sintió dentro de sí que la esperanza de hallar un nombre propicio se desvanecía con el tiempo.

Minu, como última esperanza, abandonó su palacio de mármol, fue vestido como un hombre común y fue en busca del nombre ideal. Viajó a través de la tierra, cruzó el mar sin que le satisficiera nombre alguno. Cansado, pues, de viajar, se sentó a la sombra de una ceiba frondosa y se quedó dormido. En eso fue cuando escuchó una dulce voz parecida al trinar de un ruiseñor pero de voz humana que entonaba una canción que mecía rítmicamente, como por un hechizo, las ramas de la ceiba. El príncipe supo que aquella voz era la indicada para bautizar al teporingo. Despertó con un brinco y miró a su alrededor. Nada. Buscó por doquier al autor de la melodía. No lo encontró. Fue hasta que trepó a la ceiba cuando descubrió a un muchachito transparente encerrado dentro de un capullo.

Me dijeron que ese niño tú lo has visto en sueños, y sé que te ha confiado el nombre del teporingo. Haz memoria y lo recordarás. Avísale pronto al príncipe, pues el templo del sol no podrá ser inaugurado si el conejo no tiene nombre.

El cangrejo

Juan López estaba maravillado por haber encontrado al Cangrejo. Yo había intentado pescarlo desde hace mucho tiempo, pero fracasé, pues era tan enorme que siempre rompía mis redes y escapaba al fondo del lago. Pero antes se burlaba de mí diciendo: “yo soy el rey de los cangrejos, y nadie podrá nunca servirme en un caldo

López, que se creía muy guapo y varonil por su voz de capo tenoril, pasaba regularmente los fines de semana con su abuela, que solía cocinar mole poblano con pollo los domingos.

Últimamente su abuela había estado muy enferma y no podía levantarse a cocinar. López, entonces, conocedor de su poco talento culinario, se cocinaba una sopa instantánea en el microondas y se conformaba con eso. Una de esas sopas era de camarón, pero venían en ella pedazos tan pequeños que no tenían mucho que ver con los comerciales de la televisión, en la que aparecían cangrejos de buen tamaño en la cima de una exquisita sopa. La realidad era bien distinta, y los camaroncitos más bien parecían comida deshidratada para tortugas.

“Lo que daría por comer mariscos de verdad” dijo López en voz alta. Eso escuchó su abuela, que fue de las pocas en conocer al Cangrejo en persona: recordó  lo que para otros era una leyenda: El Cangrejo era un ser colosal como sólo lo era la exquisitez de su carne, y no había placer humano más alto que tener en la lengua a este marisco divino.

La abuela, en su lecho de muerte, llamó a su nieto, que se encontraba en la sala y le contó la historia del Cangrejo con todos sus pormenores. Miró a su nieto a los ojos, y su carita enflaquecida le hizo prometer con sus manos huesudas que él, su nieto más querido, atraparía de una vez por todas al fugitivo Cangrejo. “Sólo hay una forma de atraparlo: debes pescarlo con una red hecha con el cabello de doncellas, pues de lo contrario el cangrejo escapará. No podrá ser cocinado mientras esté vivo. Deberás sacrificar un cordero y verterás su sangre sobre él, de esta forma morirá. Como ya sé que tú no sabes guisar, dile a la vecina Gloria que lo cocine siguiendo mi receta. El libro de mis recetas está en mi ropero. La llave está debajo de esta almohada. Tal dijo la abuela y expiró.

López juró ante el cadáver macilento, que ya era rondado por las moscas, que el cangrejo estaría servido en aquella mesa donde los primos solían sentarse los días de pasteles y gelatinas de la tía Esperanza.  

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