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martes, 22 de mayo de 2012

El amor barroco


Sortilegios

A Angélica

Susurra a mi oído la noche. En arpegio
sonámbulo vago en tus pechos dormidos.
En toda tu piel se entretejen mis nidos.
En cada fragancia flameas florilegio.

Perfumes de Francia reencienden las velas
de cada rincón del terreno acucioso.
Remonta los montes tu canto harmonioso,
y miro que flotas entre las candelas.

Angélica casta bañada en las dalias,
Angélica pura torneada por Eros,
Angélica clara formada de algalias,
Angélica amada de ojos hechiceros.

Cuanto despreciamos las cosas usuales
en tu libertad tan colmada de rosas;
parece que naces de un vientre de diosa,
pues das al ambiente notas musicales.




A la esperanza
de Pierre Puvis de Chavannes

El apagado muro desterrado,
las cruces esparcidas por la tierra,
lo muerto con su manto coronado
adopta cada línea de su estado.

Mas, ¡Ay, que flor tan bella y sin espinas!,
nenúfar en su piel, mármol desnudo,
la rosa suave brota entre las ruinas.
Coral es su cabello, lacio y mudo.

Erótico festín supremo a todo:
las cruces melancólicas y muertas,
el fondo del paisaje entre su lodo.
Mas toda la esperanza en mí despiertas.

Insuperable niña, mar de helechos,
revivo en tus caderas rozagantes,
me quedo entre el consuelo de tus pechos
más tibios que el calor de los amantes.

Los labios en flor, ocultos, discretos,
tu suave esbeltez domando tus metas.
Revélate con todos tus secretos
y presta nueva vida a los poetas.



Psique animada por el beso del Amor

Ya tu certera flecha,
que nunca tú creíste a ti te hiriera,
prendió la frágil mecha
de amor de la alta esfera
trocando los olimpos por pantera.

Pantera caprichosa
que al hombre los transforma y humaniza
roda en tu piel undosa
y todo lo matiza
de amor terrestre, suave y ágil brisa.

Y tú, Psique animada,
misterio, sobrehumano colorido,
quedaste ensimismada
con miedo sin sentido
que en tu curiosidad fue concebido.

Un día, ya decidida
a desenmascarar el sospechoso
lucero de tu vida,
tomaste vela ardida.
Quedaste con sus rizos sorprendida.

Carcaj, arco y fortuna,
confirman que es el dios de los amantes
que cuentan a la luna
zafiros y diamantes
de lágrimas y risas declarantes.



Un español en América

¡Ay, España mía,
cuán lejos te dejé en esta carrera!...

El ponto inmenso tañe sus limpias voces,
las playas extensísimas, tan ajenas
de las tempranas arenas, tantos roces
con la brisa de mi patria de azucenas.
No se compara su miel a estas cadenas,
mi hogar ausente que llora en mi memoria,
el camino de Santiago, azules venas
de un santo apóstol, grande entre la historia.

La añoranza mortal de mi bandera,
de sol amarilla y de sangre tan roja,
sangre de Hispania fecunda que espera
mi retorno triunfal de sangre que moja.



Verdadero motivo

¿Por qué me enamoré de ti muchacha?
no fueron tus facciones ni alegrías,
tampoco tu mirar: fulgente hacha
que corta de raíz mis cobardías.

Tampoco concha nácar de tus dientes,
tus ojos que son más clarividentes,
tu voz que a ruiseñores aventaja,
tus manos que recogen mi migaja.

Vamos a ser sinceros, niña mía,
me enamoré de ti tan simplemente
porque creí que mi dolor te hería,

porque olvidé mi soledad patente,
al pensar que mi dolor lo comprendía
tu alma de bondad pura y silente.



Por petición: A Silvia

¡Qué dolor tan infausto me lacera!,
un mar que, embravecido, me atropella;
es opio de brutal adormidera,
amor que mortifica y descabella.

Volcanes son metáfora de todo.
Mi llorar ha enternecido hasta una roca
En lodo me revuelvo. En triste modo
el golpe de Cupido me disloca.

Agonizo, ¿Siquiera no lo notas?,
te abrevo en río de sangre destructiva.
¿Será que en tu belleza me derrotas
y dejas que me asfixie en tu evasiva?

¡Oh Silvia, me descarno en esta pena!
Respeta, cuando menos, mi agonía,
que yazgo desviviendo en tu cadena
al meditar mi amor de anomalía.

No tengas ya clemencia de mi plagio,
que no soporto más mi cruz pesada,
al enterarte de este, mi naufragio,
mi alma morirá decapitada.



Supterposiciones ininteligibles

Mitigo mis cuitadas transgresiones
en pugnas nebulosas e insondables.
Trampeo en incircunscriptos aluviones.
Fallecen cenobitas inmutables.

Las dilecciones de párvulos, de vetustos;
flébiles hachones sempiternos;
antiquísimos corpúsculos adustos
en cuanto más risibles y estafermos.

Acónito, beleño y belladona.
Verberan subrepticios paloteados.
El odio, atemperado en su poltrona.
Albórtola, empellón, descabezados.

In albis cimbraremos lo intangible,
camándu la sciva, arcana, factible
del láudano calmoso, irremisible;
superlativa indistinción voquible.



Al presidente del saqueo

Baste de PAN y circo al pueblo nuestro;
villano, mal Felipe, cruel cerbero;
curare venenoso, carcelero;
del verso vomitivo eres estro.

Asesino y ladrón de democracias,
atmósfera barrida y borrascosa,
plástico gusano, sierpe asquerosa,
cristal que cruje cruel en tus desgracias.

No dejaré te ostentes en colores,
en verde y blanco y rojo de bandera
pues no compete a ti tales primores,
te doy color a ti de calavera.

Y si en fraude electoral se mueve el mundo:
¡vuélvete, lombriz, de donde vienes!,
que el pueblo rehusará tu fraude inmundo
y el crimen miserable en que nos tienes.



La amada móvil

Tus labios entreabiertos querían llorar mi pena,
mujer, tanto que el llanto mecía tu voz cordial,
y te miraba toda: frescura de agua serena
en mármol blanco y leve, tristeza de cristal.

Ondeante velo albeado y solícitos contornos
tenían los embelesos de tarde equinoccial,
tus cejas delineadas fraguaban los retornos
de Eros, Venus, ¡sin la tregua de la flor belial!

Amor, ¡oh llama móvil!, Decíanme tus ojos
tan húmedos e incrédulos; bellos, que opacos no.
Lloraban silenciosos al ver mi amor de abrojos.

Sintiendo cada rastro de la flor de ámbar rojo,
me viste tan doliente: herido petirrojo
buscando algún consuelo que nunca en ti encontró.



A Shermie de Beauharnais

En nido de susurros y de esferas
nadabas limpiamente silenciosa,
en nubes, en encajes,
en humeantes praderas,
en tronco que resiste a los ultrajes.

Tú, fémina afiliada a las fecundas
flores flameantes, flauta de fenicia,
caminabas en lirios,
caminabas en fundas
que envuelven la galaxia en luz de cirios.

Rubia encantadora, rubia francesa,
tus ojos son laguna frecuentada
por ninfas seductoras.
Por boca tienes fresa
que juega en conjunción con las auroras.

Iría corriendo a ti si yo no fuera
muy mal versista, alga de Nativitas;
y no te escaparías
con auras tan benditas,
a rumbo incierto, ambiguo, ¡no te irías!

II

Te vi.
  en la biblioteca
    eras color violeta
      eras azul cometa
        eras…
       
          Preludio prodigioso
            sentí tan solo al verte

  Brisa, aire impetuoso
un mar de aceite brioso
un…
       Adiós, ardilla,
             adiós



A Rubén Darío

Un gamo saltador eres; yo, un grillo
que llega a lo azul de tu ensueño a beber…

Tu numen es un numen más que humano;
es son supremo, es lis enternecida
que canta la alborada del arcano
de tanta vida ignota incomprendida.

Celeste lira rítmica y augusta
que timbra en los efluvios nocturnales;
que danza en el naranjo y sus azahares;
que, en vena deleitosa, se me incrusta.

Rubén Darío, tú eres arpa argentina,
el hijo celeste de Apolo y su canto;
el nieto de España, país golondrina
que brinda a la América herencia de encanto.



A una ninfa

Sílfide, cálida, pálida, dótame todos tus íntimos
dones colmados de rítmica vívida, dáctila y plácida.
Musa adorada y erótica: muéstrame versos dulcísimos.
Dame tus manos de cándida ninfa no clásica, no ácida.

Bríllate, ahondada crisálida; nido de trópicos fáciles;
pide prestada la homérica, helénica, época de Hélades.
Lívida escarcha tu níveö cutis de nácares gráciles.
Doma el espíritu lírico con tus hermanas las náyades.

Sílfide amante; proyéctame al fondo del lago tan límpido.
Húndeme lento, ¿tan rápido?, ¡más!, en el verso y la métrica;
dame tus últimos júbilos, llévame adentro a tu líquido
mátame rápido, lánzame a Thanatos tétrica.



La flor rasgada
(versos ilusos)

Como una flor rasgada al microscopio
te viste en la primera noche a solas,
como un jazmín flotando entre las olas,
como Venus mirada al telescopio.

II

-Vous… vous voulez faire l’amour avec moi?- me decías
¡Oh sí ardorosa Shermie!, ¡contigo no hay pretexto!
Tan pronto como gustes, dame coqueterías.
No quiero el quinto cielo, quiero tu cielo sexto.

Deja siempre al colibrí libar la flor rosada,
vaina en lengua de Roma, la regia soberana
que habita en la caverna de ríos y de hondonada,
que da placer inmenso cual sápida manzana.

Oh Shermie, oh Shermie, oh Shermie, ¡cuanto vuelas!,
¿De dónde sacaste las alas, lumbre amada?
Comprendo que tus muslos son ánimas gemelas.
Comprendo cada sueño que duerme entre tu almohada.

¿Cual color de algarabía suministra a tu beldad?





Sentimientos

A Angélica

Compañera ¿cómo vuelves ardiente lo austral?
dulce amiga ¿cómo puedes tu sombra elevar?
damisela erigida con el ámbito astral.

II

Luciente joya del azul perfecto,
ensueño inagotable y opulento,
templo guardián de mi mayor defecto:
darle pasión a un imposible aliento.

¿Abrirás cascarones de ilusiones?
Blanca sirena de la voz cadente:
para hallar el amor que me alimente
quiero encontrarte siempre con canciones.

Mas, flotarás lejana a mis deseos,
y te alejas de mí con tu adorado
que te toma la mano en mil paseos,

que prohibida me tienes, sin cuidado,
todo diera por tener mis mausoleos
acercados tan siquiera al beso amado.



Odas a Shermie



I

Estaba en la parada del pesero.
Sin novedad estaba mi conciencia,
hasta que abordo el microbús que espero.
Casualmente, encontré la tuya esencia.

Volteo, ¡eres tú Shermie adorada!
la reina en su carroza de una perla,
la que tiene mejillas de granada,
la que yo tuve miedo en conocerla.

Pensé ese día jamás volver a verte.
Cuando íbamos a ver las ecuaciones
aburridas, absurdas, de alma inerte,
desataste blancos lazos de pasiones.
Mas tú volviste a unirlos con tu magia,
por fin ya se ha cumplido tu regreso
que antes yo ya no esperaba. Contagia
tu alegría con algún mirar travieso.

Eres hermana y gemela de Helena.
Tus ojos son color de la victoria.
Tu tienes piel de blanca y tierna avena.
Tu cuerpo imitación de sacra gloria

¡sí!, tú eras el pretexto de mis rimas
soneto en soledad de soledades,
ora pro nobis que ya no lastima,
la redención de todas mis maldades.

Ya no eres el pretexto de mis rimas;
te tornaste en vital fuego primero,
transportaste tu dulzor a las cimas
del Olimpo y a Hermes mensajero

Tu eres con quien yo me imaginaba.
Doy cuenta que eras tú la de mi sueño,
aquella del dulzor tan halagüeño.
¡Sí!, tú eres esa niña que esperaba.



II

Tú que eres Reina Rubia, más que el cielo
el sol se opaca asimilado contigo
también la que opacaba antes la luna.
Tú eres el más limpio terciopelo
Jesús es de tus ángulos testigo.
Que extinga tu belleza no hay ninguna.

¿Será que ya murió la espera ignota?
quiero beber de ti la limpia gota
que sana las heridas de mi lance
de amor: principio alegre que prospera
y a cálidas caricias tu cadera
me muestre un paraíso y un romance.




III

A ti niña tan rubia y de otra patria,
a ti que todo sabes de mi idioma,
te besa con su pico ésta paloma.

Vayamos a la playa del estero.
Yo quiero disfrutar frugales frutas,
sentirme con “espirtu” aventurero,
que mates tantas penas “diminutas”.

Amor, amor, amor, amor, completo nirvana,
me dice tu mirar de verde prado.
Quizá, tal vez, acaso, tu piel de porcelana
guarde un gran secreto por mí ignorado.



IV

Diosa olímpica, hasta Zeus se postra a tus plantas.
Sostienes cetro de oro con tu mano prodigiosa.
Omnipotente dueña de Cupido, tú lo suplantas
con más potente flecha, tan suave y casta diosa.

Ven, reina ilusionada, pesebre del dios niño.
Eres la alfa y la omega, gran imperio divino.
Eres tierno cariño. Eres celeste armiño,
manantial de fresco vino, gran diamante genuino.



V

“síguele, dijeron alma y cuerpo a la par”

Cobardía, Amado Nervo

Es Roma tu calzado más modesto.
Sé que dios mismo te besó en la frente
el día de la creación. Quedó repuesto.
El mismo dios te amaba ciegamente.

Aun si fueses mala, te quisiera;
aun si me mataras, te adorara.
Dadora de mi vida en primavera:
majestad imperial yo te llamara.

En el hierro caminante, te dije
en hondo silencio mi amor intenso;
el amor que por tu flecha se rige,
que está mi alma en hilo de suspenso.

Bajamos de ese hierro peregrino.
Observo, desde lejos, tu figura.
Te sigo por tu hechizo femenino.
Te sigo por tu mística ventura.



VI

Pero también la vida guarda agudos puñales,
en brazos de otro entregas tu cuerpo en fuego y nieve,
en brazos de otro matas mis auroras boreales,
¡Así es la vida, amarga, y la alegría tan breve!
Así es la vida, aleve,
un llano sin relieve.
Tal vez me equivoqué.



VII

Van esa paloma hermosa
y ese pichón tan simpático,
ella, de esencia de rosa;
el, mi dolor emblemático.



Quimeras

“A Angélica”

Forjaste un pedernal de sangre-piedra,
anzástelo a mi mente confundida
que no sabe si está en clavel o hiedra,
si Shermie en serio es la más querida.


Amada muchacha de arcángel divino,
nacida del cielo y del fuego precioso
galopas por campo celeste y marino.
Entregas tu gracia en tu canto harmonioso.

Loada muchacha, tus ojos de Diana
impregnan mi espíritu de hálito nuevo.
Cambiante es el mundo por ésta ventana...
Amarte y contarte mi amor no me atrevo.

Bonanzas risueñas se notan distantes.
Me quedo soñando en ingenuas quimeras.
En mi alma navegan los cisnes galantes

gozando en tus labios, sensuales laderas.
Tus besos se entregan en lauros triunfantes
matando un abismo y tan amplias barreras.



Soneto de quince versos

A Shermie

Es tu rostro tan suave y delicado,
que enternece mi más profunda esencia,
que emblanquece mi no limpia conciencia
de haber amado más de lo acordado.

¿Le robaste los labios a Minerva?
¿acaso del Olimpo tú has llegado?
¿serás dulce perfume que me enerva?
¿viniste de leyendas del pasado?

No sé. Lo más probable que suceda
es que Hera te parió en tu tierna infancia,
que Zeus te cubrió de blanca seda

y Eros te dotó de su fragancia.
Por eso es tan suntuosa la arboleda
que tiene en tus pupilas una estancia.
(da miedo que algo malo te suceda)






El sacrificio de Il cordero

A Shermie

La vida vuela,
el ave vuela,
la vida es ave.

Te llevo ante tu altar este cordero.
Yo mismo hundí en cuchillo en su garganta.
Corté su yugular con este acero
que cruento y sangriento a tus pies se planta.

¡Qué importa, Reina Shermie, que destile
su sangre en los peldaños del olvido!
¡Que importa que tu séquito desfile
con el trofeo sangrante del fluido!

¿Qué pájaro selvático murió en todo este tiempo?
Shermie brillante, umbría;
en tantas puñaladas se ha secado tu ambrosía
y en un silbar de ofidio se ha mutado tu eufonía.





Elegías mortales
Nunca sucedió, pero lo escribo.

A la muerte de una niña


Un mutuo amor de niños abrazamos
Y por mi miedo no lo disfrutamos.

¿Te acuerdas cuando tú querías besarme
y yo rehuía, cobarde ante tus mimos,
y tú querías sin miedo idolatrarme
y yo apartaba todos tus racimos
de uva cariñosa y fascinante?
recuérdalo por mí, difunta amante.

Nadaba en timidez nuestro cariño.
La flecha de Eros no estaba madura
Turbaba mi emoción tu piel de armiño.
Pensar que convertimos en tristura
amor que pudo ser de mano franca,
amor que pudo ser paloma blanca.
Ahora que te veo tras los cristales
del lecho del descanso interminable,
entierro mis hirientes pedernales,
hallándome a mi mismo deleznable
de culpa que hallas muerto ensangrentada
en las de un trailer llantas destrozada.



Calaverita

Estaba el “buen” Feli-pillo
soñando en fraudes perfectos,
maquinando perversiones
y entretejiendo “proyectos”.

“toc, toc” que se oye a la puerta.
-    ¿Quién es? - Feli-pillo pregunta
-    Te vengo a exponer una oferta –
dijo la calaca difunta.

-    Preciso un leal asistente,
como tú, mi buen Felipe,
que me ayude noblemente;
que conmigo participe.

-    Claro que si que te ayudo –
dijo Felipe el Tramposo
-    Mas, ¿quién eres tú, greñudo?,
¿por qué se te ve tan  mugroso?

Muestra su rostro la parca,
tira la peluca al viento.
El Felipe se acobarda
y se le escapa el aliento.

Te llevaré pa’ que suplas
a mi ya viejo caballo;
pues con limpias manos duras,
podrás cargarme sin fallo.

Se dice que, al otro día,
al panista lo encontraron
difunto en una herrería.
De la alfalfa lo sacaron,
y en una mano tenía
su fraude ya confesado
y en esa carta decía,
“mi timo está terminado”.



Sensualidades



Salpicada por un sensual espasmo

la arena era una luna triturada...



El mar era un velo de verdes y azules metales,

tu cuerpo de ninfa se erguía entre las aguas sensuales.

Cada gota de tu piel era un orgasmo.



Hilaba la seda que dabas al aire en tus giros,

tejía mis carnales quimeras,

mataba castos unicornios,

mordía mis suspiros,

sentía las veloces carreras

de potros de fuego en mi carne.



Niña recién nacida:

yo decidí amarte a voluntad, virgen morena,

para ver en tu cuerpo de sirena el hálito sexual de tu figura,

erótica mujer, mi mente te desviste, y mi verso se oculta en tu cintura.



Salpicada por un sensual espasmo

la luna era una arena compactada...



Primero sueño raro

Lo has logrado de nuevo, Stephanie
no falló tu estrategia sagaz de trocarte
en los tres amores más grandes del hombre.

Regreso al pasado brumoso del tiempo inaudito.
La niña cantada en mis versos esfinge parece;
es mi hija que corre, sonriente, en el patio infinito,
que juega al jazmín y en columpio de rosas se mece.

La bruma oscurece el paisaje, la oculta en herbáceos
vapores.  Renace en la núbil mujer consentida.
Se dice mi amante y me ofrece sus labios rosáceos.
Me siembra en el alma la hierba que cura mi herida.

Palpita su pecho, suspira su aliento embriagante.
Del mármol que nace en Carrara su rostro parece,
mas goza blandura de armiño de olor excitante.

Y vuelvo mis ojos de niño a su seno calmante.
Degusto su leche al tiempo que, suave, me mece.
Es tal su poder, que es mi hija, mi madre y mi amante.



A “Enigmática”

¡En verdad lo quisiste!, coronada princesa,
mucho más que a tus sueños de tus años pueriles;
y besaban su nombre tus ensueños febriles.
Aspirabas honrarlo con sagrada turquesa.

¿Conocí con certeza los amores silentes
del ausente, cobarde, ruiseñor deprimido,
que ocultaba el rubor de sus mejillas candentes
bajo el hielo fingido de ignorar a Cupido?

Me arrepiento tan tarde que la nácar del cielo
recrimina mi errata, me presenta su anzuelo,
con paciencia se acerca, me conduce al señuelo,
y me saca del agua del fingido riachuelo.



A Juana de Asbaje

Boadicea te heredó su sexo fuerte
y tu mente prodigiosa y sin cadenas.

Nepantla fue tu cuna de laureles,
en que naciste, Oh, magna entendedora,
de complicadas ciencias sabedora,
poetisa de preciosos cascabeles.

Naciste un canto a Apolo declamando,
y, éste, te apadrinó y dotó de gracia.
Una musa te estuvo amamantando
con leche de soberbia perspicacia.

Cuarenta lanchas sabias derrotaste
y la lengua de Lacio conociste.
Al hombre fácilmente superaste.

La ignorancia encadenada disolviste.
El lujo y el dinero despreciaste.
Lo más humano y almo conseguiste.

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