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miércoles, 30 de mayo de 2012

Cuentito diabólico


Eso dijo Jehová, y nadie osó contradecirlo, casi nadie. Sólo Luzbel, al filosofar sentado en la cumbre del monte Sinaí, llegó a la conclusión de que el sistema de gobierno celestial del “divino”, era completamente absolutista, en contra de los principios de la libertad y de la voluntad de todos sus integrantes. “No nos pidió nuestra opinión cuando creó la tierra y nos creó a nosotros los ángeles”, se repetía Luzbel, “esto es antidemocrático”



Luzbel subió a las alturas para sugerirle a Dios que así le gustaría que se tomaran las cosas de ese día en adelante. “quiero ser como tú, tener tu sabiduría y tu poder. Quiero que todos seamos iguales aquí en el cielo y vivamos en eterna paz. Mas Dios sólo atinó a escuchar la primera frase y contesto con potente voz: “¿os atrevéis a querer ser como yo?”, a lo que Luzbel contestó “simple y llanamente quiero que seas igual a mí, yo igual a ti, y los ángeles iguales a nosotros. Dios enfureció y dijo: “yo soy todopoderoso, yo dicto las reglas que rigen las leyes de la materia, yo mando sobre lo visible y lo invisible. Has cometido el peor de los pecados: ambicionar mi poder”



Luzbel se reunió con ángeles valientes allegados a su causa, los que no se unieron lo hicieron por cobardía, pues temían un castigo del señor. Pero dios los arrojó a los infiernos. Ahí Luzbel cambió su nombre a Satanás; meditó un plan para desafiar al Señor. escapó de las abruptas oscuridades de la tierra con sus seguidores.



Mientras tanto en el Edén, Adán y Eva gozaban de una vida holgada y carente de dificultades. Bastaba estirar la mano para deleitarse con las más suculentas frutas del Paraíso Terrenal. Mas el represor de Jehová a sabiendas que cometerían lo que el prohibía, dijo: “no comáis de aquel árbol que se encuentra en medio del jardín”. Un día una serpiente indujo a Eva a comer el fruto del árbol de la ciencia. Ella mordió la fruta y se la ofreció a Adán. Abrieron los ojos y se dieron cuenta de su desnudez. Tejieron taparrabos con hojas de higuera. Cuando dios vino a buscarlos se dio cuenta de lo que habían cometido. Al hombre lo condenó a ganarse el pan con el sudor de su frente y a la mujer le multiplicó sus dolores en el parto; en cuanto a la serpiente la condenó a arrastrarse sobre la tierra y a comer polvo por toda la eternidad. Un ángel guardián con una espada de fuego fue colocado en la entrada del paraíso para que evitara que entraran Eva y Adán de nuevo en él. Como si no fuera suficiente toda la torpeza de parte del Señor, prometió enviarles un Salvador.



Satanás, muy agraviado por ese acto de autoritarismo y provocación por parte del Altísimo,

se declaró acérrimo enemigo de Dios y sus ideas ególatras. Dios, por su parte, inició una intensísima campaña de desprestigio en contra de su opositor, lo culpó de todo lo malo que sucedía en la tierra y se mostró ante los hombres como un modelo de virtud impecable.



“Dios creó a la tierra y la humanidad sólo para satisfacer su narcisismo, para sentirse superior a todos los seres, para que le amen a la fuerza” se decía Satán, el ser más libre que ha existido en todas las épocas y los espacios, el del espíritu del verdadero cambio, el revolucionario incansable, el único ser que es superior a su superior.



Satanás llamó a todos sus demonios para sublevarse contra la represión del Señor. Su ejército, el primero que comandaba, en ese entonces se contaba por 666 regimientos dispuestos a derrocar al Padre.



Jehová, a pesar de su inmenso poder, no pudo derrotar a las fuerzas comandadas por el General y Príncipe de las Tinieblas. Con muchas dificultades apenas logró detener su avance cuando las tropas se aproximaban al cielo.



Al sentir su orgullo herido disimuló lo mejor que pudo su derrota comentando que el podría vencer al demonio cuando quisiese, pero por cosas que sólo el sabía no debía hacerlo en ese momento. Quedó claro que su mentira fue un argumento para encubrir su torpeza.

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