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martes, 22 de mayo de 2012

Antipoemas


Antipoesía castrante

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Un pez azul lloró en el humo de un cigarrillo.

Un blanco pez danzó en la cumbre de sus agudos de gorrión cegado.

Yo convoqué a las anguilas a danzar al ritmo de las sopranos muertas
y los infantes más delicados.

Soy miserable, terriblemente ambiguo.

La trampa de zorros viene con defectos de fábrica.
Habrá que reclamar un producto estúpidamente funcional.
Reclamo las garantías
y Dios me exige una factura que sé que se comió mi perro
que es un ángel con alas de navaja.

Como un jaguar con inyecciones en las almohadillas,
aúllo a la niña rubia por su peca nostálgica.
Boleo la calva del Señor con mis lágrimas y mi médula,
mientras maquilla en su faz máscara de horror para fornicar al cielo.

Cristo de plastilina soba sus heridas y resana con cera fresca los pecados más placenteros. Troto el mundo en un caballo grave,
en un glifo de fauces dislocadas,
en una araña triplemente coja.

Rocío el cielo con perfumes pútridos de los cuerpos de los veinticuatro castrados.

Carlo Broschi canta virtuosamente a mis oídos mientras las sedas se rasgan en los pechos de las niñas y en los acantilados ruedan los soles negruzcos.

Dios hace campaña política,
se pone la camiseta conservadora
y no escucha las rechiflas del coro de todos los jodidos con la luna en las rodillas
y un pan a migajas encarecido.

Pronto le echaré leche a mi coche, en vez de gasolina,
y viajaré a un mundo donde Cristo pida limosna en las esquinas, agobiado por el paro.

1

Un Acis despeinado alza la vista y rombos en sus ojos en aceite me miran extrañados. Voy en la cuerda floja por un acantilado. Siento se me doblan las rodillas por un hilo que un colibrí de oro jala con su pico. El colibrí descansa en su mirada. Los mismos colibríes que se posan en los rubios cabellos del tiernísimo muchacho. Sonríe de nuevo. Rubios sus cabellos. Himen de diosa rompe en sus mejillas en olas que arrastran calamares. Él está sentado contra una pared apenas material, como de un aerogel purificado con el halo de vírgenes nonatas. Sus codos descansan en sus rodillas. Acis que le sonríe a Polifemo la música que el bella le diera a sus oídos de caracola en hielo sepultada. Yo, Polifemo, antes de Galatea enamorado, ninfa la más bella, ruedo en cristales por aquel que un jueves, sentado en una jardinera, superara en un cuerpo de muchacho toda delicadeza más perfecta que en las mujeres hallar mi ser pudiese. Una barcaza, lento, me transporta por laberinto acuático. En cada esclusa está Acis repitiéndose como en serie de espejos. Alza siempre los ojos y mira al galgo roto que devoró el eclipse. En el fondo del agua las jeringuillas lanzan un vapor de mercurio que me hace saber que, como Tántalo, no podré alcanzar el fondo, en donde yace, en humaredas submarinas, siempre lejano, el niño rubio que me sonrió hace tanto tiempo, que todavía canta dulcemente un aria barroca que fue escrita para las voces bellas ahora extintas.

I

En un cuarto, con un cachorro por escudo, lanzo el humo al centro de la mesa y me responde un renacuajo cálido. Todos estamos rondando en la feria tentando los muslos más firmes y fríos. Sudan un poco al tocarlos. Veo las luces girar con su epilepsia acostumbrada en el carrousel. Un potro se escapa del circo y al doblar la esquina es un niño cantor de pesadillas. Me acurruco en la almohada y las lagartijas quedan expuestas al sol como un cardumen cenizo: es cuando recuerdo al niño que se reía de mí en el asiento del coche y echaba para atrás su cabecita. Su hermana con rostro de interrogación. (Cor ingrato de Haendel de fondo. Lo encuentran en YouTube)

II

Yo sé que mi país no les importa a los políticos y me pregunto quién es el menos dañino. Un chaneque va a fumar mota a la peña para poder obrar con raciocinio. En el Quadri- láterose atacan las mofetas con sus propios orines y sólo dicen verdades a medias cuando atacan al contrario. Un pelón presume el estado de derecho y la supuesta fortaleza de la democracia. Mas yo sé que dentro de cada elefante blanco los votos se multiplicarán como los panes y todos quedaremos de pronto al despertar con las manos llenas de intestinos blandos al paladar y agrios a la lengua (aunque cada quien tiene sus gustos culinarios) Yo me rompí la boca y sé lo que se siente, compañeros, Voten por mí y acabaré con la perra inseguridad “Voy a fortalecer el lavado de dinero” Te lo firmo con mis copetes. Le cuadri a quien le cuadri.

III

La Biblia (Nicanor Parra estaría de acuerdo) Tiene una pendejada en cada párrafo. Busco las tonteras, las recorto y las meto en una bolsa amigable con el ambiente, como la de ese castrante comercial de Ziploc, y las saco por sorteo, les doy su galardón, las escribo en la pared de los lunáticos para que los visitantes lean a través de sus gafas enormes cosas tenidas por ciertas (para beneficio de la polilla) Me divierto con las caras de los visitantes. Dibujo sus caras ridículas en un cuaderno viejo, ese cuaderno todo roto que según yo en mis años de adolescencia regalaría a la mujer que me amase. Pendejadas que se crea uno, no menores que las de la Biblia.

IV

Remo dentro de un ánfora ennegrecida por los cinco soles que miraron mi alumbramiento. Sé que dentro de esa ánfora nunca llegaré al mar. Trepo en las espaldas de las esculturas griegas y miro la línea imposible de sus espaldas, la exageración de la forma y su heroicidad inalcanzable para mí. Quisiera ser un accidente llamado Mozart y adentrarme en lo más profundo del espíritu con una vibración densa, íntima, poderosa y tan profundamente cuajada de humanidad.

Voglio andare alla tomba dei grandi castrati y resucitarlos para que acompañasen la música que las oscuras palomas robaron a los cuervos antes del tiempo del vellocino, y que no consigo recordar. Lloro ante las estatuas de aquellos accidentes de la naturaleza. Esos monstruos de tanta belleza que dieron al mundo cosas más humanas que lo humano mismo.

Imagino aquellas voces imposibles con tesitura de niño, con potencia de cañón, y acrobacias dolorosas de libélula que se sabe mortal.

Yo remo en un ánfora a la deriva, emblanquecida por las blancas voces de la más siniestra de las ternuras, campana de cristal, de aquellos niños por siempre condenados a ser niños. Senesino me toma de los pies mientras Ferri me toma de los brazos y están dispuestos a echarme por la borda, a lo que Carlo Broschi se niega pretextando que bien podría yo hacer de Polifemo en el teatro de las alucinaciones, en el manicomio de mi interior, laberinto de espejos en el que no hallo mi rostro ni reconozco el sonido de mis pasos.

Cielo, mi chiedo sempre? Porqué las aguas siguen creciendo. La luna debería seguir su curso, y no detenerse y burlarse en mis narices con su conejo pálido que se dice conejo, pero no se digna a brincar el cobarde.

Entre los prestos vientos, alzo mi velamen roto y busco mi ancla por doquier, desesperadoCaigo en la cuenta que fue recortada del presupuesto y fue destinada a campañas peñanietistas.

“Venti, turbiniprestate, le vostreali a questo pie” y una espada de arcángel para vengarme virtualmente de la misma vida y de las generaciones macabras que nos orillaron a todos a padecer esta situación de desigualdad, esta vergüenza a la que le cortamos la cabeza y resurge con el doble de fauces.

Quiero que la ola más blanca lleve mi cerebro congestionado a las honduras marinas, donde los sulfuros puedan diluir mi memoria acerca de este mundo que me ha decepcionado y por el que yo ya no siento ganas de luchar. Que los castrati me acompañen en mis veinte mil leguas de viaje intrauterino en el corazón de la tierra, (si es que tiene corazón este mundo cínico), para rodear con nuestros brazos el orondo núcleo y bailar como infantes en torno a las grandes masas de calor que rigen los flujos de las placas.

Quiero remontarme a las nubes de Júpiter y arder en no se cuantos millones de amperios para que no vean mis mejillas ensangrentadas que desgarró una niña con sus espuelas de concha nácar. Un muchachito rubio, que nunca olvidaré por su sonrisa traviesa, me acompañe al fondo, me cuente un cuento, y las hojas del papel se vuelvan sus mismos rubios cabellos que me entrelacen y me digan que este es un mal poema, que soy un tonto al creerme poeta, pero que de todos modos me quiere mucho y no me va a dejar a merced de las sirenas del fondo, que son buenas críticas literarias pero insensibles a mi larga miseria. Y el beso de las buenas noches. Las sirenas entonan arias de Haendel y pretenden seducirme con sus pechos enormes y sus enormes caderas de revista. ¿Es que no escuchan lo que estoy diciendo? Gustan de ser inoportunas. Yo les digo que ya bebí mi lechita en la noche y que ya me quiero ir a dormir, que no preciso de sus grandes pechos. Que sus caderas zumben en el canal de las estrellas, porque yo estoy harto de sus ritos siempre predecibles y de lo artificial de sus cuerpos que esconden bajo esa pátina de oro unas mujeres de ceniza húmeda.

Y me amortajo en una especie de frazada que hiló un gusano Mandarín. Tomo una caracola y la hago sonar para anunciarle al mundo que no pretendo estar más tiempo despierto, que me cansé de estar remando, impasible, por estos descensos más lentos que una muela de juicio en las encías de un niño, más mentirosos que Justin Bieber en el papel de Rinaldo, más inacabables que la crisis de este país; más insostenible que el discurso de Peña Nieto, aquel de rostro de telenovela, que no sabe hilar tres ideas consecutivas. Que vaya practicando con chambritas.

IV

Soy un insolente y maldigo al sol porque se posa entreabierto como una mandarina seca en el fondo de mi corazón. Apenas lo he descubierto esta mañana y me pregunto desde hace cuanto tiempo yace allí canturreando improperios, arremedando mis gestos y haciendo muecas burlonas, como niño sacándose los mocos frente al espejo para sentir un placer que yo a estas alturas de mi vida no comprendo.

Es inaudito ver al sol columpiarse sobre las fibras de mis pulmones.

Veo salir una tormentita solar de mis pulmones, que en vano trata de hacer vibrar mi laringe y resonar en mi cavidad bucal. Un sonido nasal y agrio llena la estancia. Los contratenores ríen debajo de sus pupitres y beben agua como posesos para aclarar sus bellas voces y humillarme.

Mi amiguito solía cantar como contralto y era muy simpático. Pero descubrió un cachorro tímido asomándose apenas por mis pupilas, un cachorro suplicante, y tuvo miedo a que saltara del techo a sus brazos y lamiera su carita como lo haría un buen perro. Conste que yo no ladro.

He quedado ciego desde el día en que he descubierto un malogrado viento solar fluyendo de mi corazón a mi carótida, sin pasar por mi mente, que ha quedado prácticamente asfixiada y seca como ese mismo sol al que tanto maldigo.

V

Escuchó bien. La poesía está a sólo a 15 pagos de $999. (mas gastos de envío) Pero si llama en los próximos minutos se la llevará en 10 cómodos pagos. Sí, escuchó bien, 10 cómodas mensualidades. ¿Su estante esta lleno de poemas viejos que dan pena o sus libros están llenos de poesía anticuada? ¿sus poemas son obsoletos y no conmueven a las visitas? Este producto arrancará lágrimas de pañuelo a sus invitados y hará de usted un bohemio al instante. El pedido incluye un poeta contemporáneo con un repertorio de versos libres. Pero eso no es todo. También se llevará, sin cargo adicional, una pieza de la osamenta del poeta maldito de su preferencia, cuyo valor es de $5000. No pague su precio comercial. Llame en los próximos minutos, ya que esta oferta es sólo por hoy. Si su llamada es una de las primeras cincuenta, no sólo la poesía llegará a su casa, sino que le regalaremos una filosofía con la que pueda enfrentar las contrariedades de su existencia y, si usted lo requiere, le obsequiaremos una musa de buen cuerpo para que lo inspire por las noches.

Se aceptan tarjetas de crédito Master Card, Visa, American Express, Banamex..

VI

Tengo a la luna mirándome de reojo con una sonrisa rubia a las espaldas y un popote de hielo azulado en el que veo abortos de la naturaleza transparentes como camarones marinos ser absorbidos para mezclarse con los escasos aciertos de la naturaleza. (Si es que existan los aciertos o sólo sean errores que a nuestro parecer lo son)

Veo el palpitar de sus corazones mohosos y el fluir de su sangre apestada por sus venas encallecidas por las exhalaciones de Jesucristo. A veces pienso que así deben verme los demás. Incluso ese niño rubio.

Una overtura patética se repite infinitas veces en torno a mi mente. No logro conciliar el sueño de esta vida. Conforme buceo en un mar turbado voy tentando las simas de mi ignorancia y comprendo que no me bastará la vida para llenarlas, mucho menos para contar sus cangrejos que me miran burlones. En el fondo del abismo encuentro a veinticuatro niños cubiertos de ojos ciegos, ¡Qué inútiles organos!. Yo creía firmemente en lo que me decían mis mayores, mas el mundo es una serie de mitologías hechas a pedido de sastre y por las cuales muchas veces nos asentamos sólo por inercia.

No tuve una materia para aprender a exprimir una jerga.

VII

Los cíclopes, en tiempos remotos. solían vender caldos de vísceras y tacos de seso y moronga fuera de los estadios. En esos tiempos no se aceptaban tarjetas de crédito; no había, por tanto, quien llamase por teléfono molestando con voz monocorde. Aunque las sirenas no hubiesen hecho un mal papel al ejercer de telefonistas o grabar comerciales con los que vender mercancías a los desafortunados que cayesen bajo el influjo de sus poderosas voces.
Los políticos se gastaban los impuestos de los ciudadanos de la polis en sus campañas. Maquillaban sus caras y se ponían en pose para ser retratados por sátiros expertos en la materia.
Se dice que Nerón alargó la mano hacia el futuro e importó un violín que tocó mientras se incendiaba Roma. Los cristianos fueron culpabilizados y se ganó el voto de los que pedían PAN y circo.

Narcisos afeminados bebían de sus charcas individuales bajo la creencia de que al hacerlo bebían la hermosura. Y la hermosura era una flor que flotaba en medio del mediterráneo y era devorada cada noche por un pez abisal, los cuales solían abundar en las peceras de los cíclopes, quienes las alimentaban con uno que otro dedito de niño que no se quiere ir a dormir.

Alejandro Magno gustaba de beber la leche que Diana derramaba en sus cacerías. Se dice que un pastor la vio desnuda en una fuente y se enfrentó a la cólera de la diosa. Los faunos me dijeron que, contrario a lo que se piensa, el hombre fue castigado con un cuerpo de mujer, igual que el de Diana, mas con barbas de chivo añejo en la cara y con voz de bajo profundo. Y fue cantando por las calles, rechazado por todas las criaturas. Las arpías se burlaron de su monstruosidad. Pero un ciego muy leído, que decía llamarse Homero, y subsistía vendiendo pepitas en las calzadas, encontró en esa criatura el complemento ideal para hacer coro con el castrado Bagoas y juntos hacer descender el cielo al mismo nivel de la tierra. Los astrólogos ya lo habían vaticinado y habían dictado un memorándum que se conservaba en el oráculo de Delfos.

La loba que amamantó a Remo tomaba suplementos vitamínicos y mucho atole para poder alimentar debidamente a los padres fundadores. Ellos fueron a pedir un reparto agrario a Júpiter, el cual consideraron injusto. Los indígenas de las siete colinas no fueron tomados en cuenta y pasaron a ser mera fauna del lugar. Se envenenaron las aguas y se entregaron mantas con viruela a los nativos. Remo, en un nieto de Bucéfalo, pretendió que todo aquello fuese suyo y escupió al dios castrador del padre. Pero Rómulo trazó la línea con un gis que le robó a la maestra de Historia. Se armó el mitote y Remo terminó muerto por la inyección letal que le propinó un mosquito gulliveriano.

VIII

Las últimas sirenas, deberían saber, fueron vistas por Ulises. Pero jóvenes transexuales se han vestido de sirenas y las han imitado casi a la perfección. Tanto que, apenas ayer,  el mismo Rinaldo, en la voz de Nicolino, fue seducido por sus penetrantes voces sin darse cuenta de su sexo, a pesar de ser el mismo un castrado.
El rey de España quedó afónico al querer imitar a Farinelli y se postró entre lágrimas en un colchón de terciopelo, sabiéndose un perro que intenta trinar como un gorrión.

Napoleón escuchó la voz de Giovanni Velluti y creyó oír en sus cañones la misma voz del capón; y en los lamentos de los heridos, la orquesta que acompañaba su fraseo.

IX

Como una hembra agitada ante los constantes trinos, a pesar de mi rostro ingrato ardo en la flama de una imposible nube que sé no es mía, pero viaja al centro de luz donde pacen corderos de petróleo. Calmo mis ansias y muerdo la brida de aquel potro con senos que se escapa por el lomo del tigre sembrando niños de leche y apacentando bueyes rojos en mi laringe lastimada. Sopor de un sueño postergado.
Una hembra con bigote canta en las avenidas y se asoma a los burdeles. Ve transexuales con el maquillaje corrido, hembras marchitas, sofocadas, un toro yacente.
Un Matador fatigado venda sus ojos y se enfrenta a un toro con una espada de fieltro. Mientras lo corona un gran penacho,el toro canta como mujer en la plaza,“Que feo señor toro”dice mi hermana y frunce el ceño. Pero la multitud se extasía ante sus agudos. El bovino salta sobre las espaldas de las cretenses. Palmas aplauden, fumarolas en derredor se agitan anunciando a los potros.
Los machos soplan sobre la arena y desnudan sus cuerpos acuáticos, que giran como manecillas en la redonda plaza. Las hembras gritan, rapan sus cráneos, y muestran su aflicción en una danza frenética: pechos al movimiento del arenque, pies que al polvo no en reposo dejan, ojos hiriendo el cielo. Los niños tienden redes de araña sobre los machos y circuncidan al sol, el cual vierte la culpa sobre el gallo. La plaza se exaspera y muge. Los toros cantan cual Diana en el baño.
Un toro muestra su cintura femenina y su sexo blanquísimo al un torero cegado por la sangre del sol circuncidado.
¡Ole!, y los machos se levantan del suelo y golpean sus pechos lampiños de cera.
Una musaraña negra en medio de la plaza custodiada por elefantes blancos. Un grillo negro en mi alma custodiado por voces de niños ancianos.
X
Niña hermosa, amante cara, retorna a mis lágrimas, pero de espaldas y con los ojos vendados por un lienzo en el que he vertido mis lágrimas por causa ajena a tu ausencia. Mi pudor no veas ni mis mejillas, pues llevan la marca de un adolescente con rostro de Minerva y rubios cabellos de Eros. El que llevaba en la cara una salpicadura de la sangre del sacrificio, el que subió por las escaleras del templo de la sabiduría y se detuvo un instante a contemplarme. No supe leer lo que decían de mí sus labios. Como que quería acercárseme. Después yo estaba envuelto en el otoño y un beso de mi mano a su mejilla saltó como entumecida pulga de peste. Su cuerpo se descompuso en un extraño gesto de regurgitación, y su espalda se contorsionó como iguana de las Galápagos.

Fui, carta de amor en mano, por última vez a contemplarlo. Quise decírselo, pero un gesto de reprobación, sus manos tensas en las tiras de la mochila, su cuello en respiración agitada... Se gira. No me mira. Aprieta el paso para perderme pronto.

Lloro.                                                La carta a la basura.

Voy tarareando algo de Mozart.        Como que no pasó nada.                                                                                                      Hierbas olorosas en mis manos.

Sé que la hermosura ha muerto.

He acudido, sin saberlo, a mi propio réquiem inconcluso.

El niño de la sonrisa
Yo no sé si contarte un cuento o dejarte dormir como un niño. Sé que tu rostro seguirá riendo como ese día afuera de la tienda de muebles. Se descompuso el microbús y yo contaba los tres pesos. Pero como tienes tantas ganas de que te cuente una historia… Había una vez un muchacho que era yo, que tomó tres pesos para pagar su pasaje y se subió al pesero que decía CU. Todo transcurría con normalidad. Cuando llegó a Insurgentes, el microbús comenzó a echar humo y el conductor nos bajó a todos porque el pesero no podía seguir la ruta. Yo me fastidié un poco, pues llevaba algo de retraso y llegaría tarde a la clase de biología. Fue entonces cuando pasaste tú, niño, como una ráfaga de palomas silvestres, como el llanto de la naturaleza, como la criatura más amada de los dioses, con tu rostro de agua y tus ojos silvestres y juguetones, tu risa a todas luces infantil. Y mi infinito pudor por ver en ti una felicidad de la que yo no formo parte, y de la que sólo tú me haces partícipe con tu sonrisa que más bien me sabe a una burla macabra del destino, que se ríe de mi a través de quien tanto amo. Llevo un daguerrotipo antiguo cosido dentro del iris, con tu imagen que todo lo abarca y por la cual veo desde hoy la existencia. Hubieras sido mi hijo. Sonreías con la intensidad de mi llanto. Tenías los mismos ojos pero alegres. Los mismos labios pero sonrientes, no rotos por la marca de la infamia. Yo era hecho a tu semejanza, pero con el barro carcomido de las largas miserias de las que ni Satanás se apiada.

Sueño

Oí un graznar de cuervo en el fondo de un agujero y observé un pavorreal al fondo que subía las escalinatas de oro de una casa en medio de un paraje selvático. Una cacatúa de pecho blanco y cabeza estrafalaria arrastraba un cochecito por la espalda de una muchacha que reía. Un gorila azul comió mis teorías sobre la luz y la materia cuando yo descuidé mi mochila en el salón de antropología. Busqué en el ropero de la abuelita y en mi correo electrónico y encontré una efigie de bronce con la nariz rota y con la humedad de los años. Estuve en las ruinas buscando mi ensayo y encontré la sangre de los crucificados.

Volé a través de la ventana, traspasando los barrotes y me dije que aquello era mejor que Google maps, pero que la resaca aérea no me venía del todo bien. Que aquella frialdad me recordaba las miradas de Stephanie, niña de la secundaria que amamantó a las palomas ciegas de nacimiento. Esa niña reía y me mostraba un librito en blanco en el que según ella estaba escrita una historia sobre el mar, cabañas y guacamayas de color que yo no podía contemplar en mi glaucoma.

Vuelo sobre los bosques y me poso en un quieto riachuelo. Asciendo tranquilamente y veo una presa natural en donde mana agua como una fuente. Me dispongo a entrar al agua, mas hay un niño ahogado bajo un grueso leño, cubierto de moscas y apestando el agua. Recuerdo que allí jugaban otros niños. Grito con voz aguda. Pero vienen las hembras a avisarme que él fue la primera víctima de las langostas, que vienen más en camino, y que debo cooperar con ellas si quiero sobrevivir a las criaturas. Millones de seres sordos vienen en el aire como elefantes en busca de una fuente. Eclipsa al sol el batir de las alas. Y de pronto dos ojos compuestos de mil ojos, grandes como mi ignorancia me miran fijamente frente a frente. Una libélula titánica saca una lengua de serpiente y lame mis labios y me introduce su lengua en la boca. Me sujeta la cabeza con sus enormes patas. Evito respirar para no percibir su aroma salado y ácido. Siento un piquete en el costado. La libélula comienza a batir sus alas. De pronto estoy en medio de un páramo desolado, y los esqueletos roídos y deslavados por el sol no llaman a los pocos zopilotes. Me voy desecando poco a poco y voy cayendo pedazo a pedazo como un vulgar rompecabezas de carne deshidratada. Voy a la sombra de un nopal y encuentro un corazón de piedra y sangre que habla y me dice: Nunca hallaras la sombra. Me doy cuenta que el nopal estaba en mi imaginación y que todo ello es un infinito océano de sal que se pierde en el horizonte y muestra la curva macabra del mundo por la que sé es imposible escapar.

En las marismas un cangrejo voltea para ver un algodón de azúcar quemarse al borde del sol. Este cae como caramelo al borde de los labios de una barracuda dorada que se sumerge en las profundidades y resurge con otro sol similar. A simple vista el sol podría parecer la misma cosa, pero yo les aseguro que está hecho de la miel que las más antiguas abejas libaron antes que existiera el tiempo. Yo tuve oportunidad de mirarlas a través del Hubble que vio nacer el universo: ellas estaban al fondo del cuadro y se sentaron en un gran pétalo en el que derramaron el néctar. El Pétalo perduró hasta nuestros días y fue hallado por una criatura deforme que lo atesoró para sí por un espacio de cincuenta años. Su hijo no le dio la suficiente importancia y lo dejó en testamento al sobrino.

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